jueves, 5 de octubre de 2017

DIARIO DE MARTES (2018)





LA CARICATURA ME LA HIZO PERIDIS EN UN INSTANTE, A VUELAPLUMA, DURANTE UNA FERIA DEL LIBRO DE MADRID.

ASÍ QUE DEBO ADMITIR QUE ME PAREZCO BASTANTE A ESTE CARICATO DE PERFIL AGUILEÑO Y UN TANTO MEFO, EFECTO SOLO ATENUADO POR EL PEQUEÑO TOQUE INTELECTUAL DE LAS GAFAS.

EN FIN, AMIGOS, QUE ESTE TÍO SOY YO Y NO ENCUENTRO OTRA FOTO MEJOR PARA UN DIARIO PERSONAL, ÍNTIMO A RATOS, RADICAL EN SU VOZ; PORQUE EN DEFINITIVA Y EN ESENCIA ESTE RETRATO ES LO MÁS CERCANO A MÍ QUE CONOZCO...








02/01/18
Aquí hay algo que chirría. No encaja lo del consabido vestido de Nochevieja de C.P. Por mucho mensaje feminista que se le quiera añadir, este no es el modo. Es como si no existiera correspondencia entre fondo y forma. Como si un famoso apelase a la solidaridad con los que carecen de un mínimo recurso económico y apareciese en pantalla con un pelucón marca Rolex de oro, una americana de diseño exclusivo y unos zapatos italianos personalizados. ¡Como que no! O una actriz popular pero ya viejísima denunciase el acoso sexual… No sé cómo decirlo… Se produce un desenfoque... Todo muy razonable, sí, pero no. ¿Por? Porque no.
Porque la cuestión de fondo, mi querida C.P., es la manera de formular la cuestión. No es lo mismo reclamar respeto mostrando la persona por encima del objeto, que a la inversa.
***
Diez días muy fructíferos de lecturas, sí señor. El último de J.M. me ha parecido magistral, con el pequeñísimo pero de algunas páginas de más. Sin apenas argumento, sin embargo resulta hipnótico en cuanto al interés que despierta (imposible soltarlo; he madrugado a las seis de la mañana algunos días para continuar la lectura…); y el despliegue de temas característicos del autor es completo: desde la identidad hasta la soledad. Merecidísimo lo de mejor libro del año, junto con el de mi admirada M.S., que ya había leído nada más salir: una metáfora poderosísima del desgaste de vivir, pero con mucha mayor depuración de lenguaje.
Otra cosa ha sido el de J.M.C. De entrada parece plantear una distopía que poco a poco se va transformando en una especie de novela de aprendizaje. Excesivamente ambigua, seca de lenguaje, sin vuelo; a dos pasos de ser un ensayo fallido. Me estoy refiriendo a la penúltima sobre la infancia de Jesús; la última ya no me he sentido estimulado a leerla, claro. No importa, también un premio Nobel marra de vez en cuando.

03/01/18
En la comida surge de nuevo lo del vestidito de marras de C.P. Me mantengo en mis trece: para mirar a alguien como persona se tiene que mostrar como tal; no puedo ver a una persona cuando se me muestra un objeto. Es lo mismo que si un robot me plantease la cuestión.
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Me preocupa algún rato lo de la jodida vasculitis de R. ¡A ver si va remitiendo poco a poco, sin mayores consecuencias!
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Desde luego, el penúltimo personaje protagonista es el característico y ya demasiado previsible de las novelas de A.P.R. Me da que carece de profundidad, demasiado sujeto a un perfil previo: el sicario de ética individual, amoral. Quizá es un tipo de novela lastrada por un argumento de aventuras; o quizá algunos personajes son poco verosímiles porque su referente es más bien cinematográfico.
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Este incorregible carácter despistado que siempre me ha hecho llegar tarde al descubrimiento de lo esencial. En fin, últimamente escucho con frecuencia a Beth Hart y a Amy Winehouse.

04/01/18
Ya estoy harto de repetir que mover el cuerpo es fundamental. Una hora y media cada día de paseo como mínimo; y cuando haga bueno, la burra. Tonificar el cuerpo al punto en que después me ayude a continuar el trabajo en condiciones óptimas; nunca cansarme y adormilarme y abandonar por aburrimiento. Además, se libera bilis.
Esta tarde me he encontrado, de vuelta del circuito, con un excompañero de trabajo ya jubilado. Es curioso que un buen lector como él me hable de lecturas que considero ínfimas (no citaré ninguna por respeto). Pero lo que más llama mi atención es que comente que son objeto de puesta en común y debate en un club de lectura; de ciudad, para más inri.
En este aspecto tengo comprobado que da exactamente igual que se trate de un grupo poco o muy numeroso, de pueblo o ciudad: invariablemente está promovido y dirigido por un bibliotecario de una inmejorable voluntad, pero de muy poca preparación literaria, por lo general. Y aquí es donde estriba el problema. O bien el director de grupo propone la lectura para la semana (o el mes), o lo eligen democráticamente entre todos los miembros, lo cual es todavía peor. La lectura final termina decidiéndose por un criterio comercial, lo tengo visto, en el mejor de los casos.
De donde puede deducirse qué provecho puede tener lo que allí se cuece. Gominolas o gusanitos se hacen pasar por alimento serio, como sucede con los niños, o con mis alumnos de primero de la ESO: se procede por gusto o gustirrinín, diría alguno más pícaro. Porque el objetivo final parece ser el entretenimiento para jubilados, marcar vitola de cultura o el lucimiento personal de algún fatuo. Pero de literatura, nada de nada.
Y de ahí también mi perplejidad cuando en alguna ocasión se me ha sugerido que vaya a presentar alguna novela de mi elección o de mi propia minerva (esto me produciría un miedo pánico). No me quedaría más remedio que declinar la invitación, porque no se puede acudir a un foro de ponente principal y faltarle el respeto al respetable. Que es lo que sucedería en cuanto me soltase a hablar con intención de ser sincero. Contra mi voluntad inicial, pues no sería capaz de dominarme.
Y es que la mayor parte de estas actividades que tanto satisfacen a la municipalidad están plagadas de absolutos ignaros de la literatura. Hablan de novelas quienes no tienen ni remota idea del fundamento técnico de un artefacto semejante, ni están al día de lo que se ventila en este campo de la creación artística. Ni por supuesto tienen preparación en las disciplinas auxiliares de la literatura, ni han leído más que cuatro cosas dispersas… Y me temo que tendría que tirar de lista de las novelas más sobresalientes del año y comenzar demostrando que la mayor parte de la concurrencia está in albis. Y, claro, eso crearía una incomodidad poco aconsejable. Y finalmente tendría que condescender con las memeces de los que consideran la literatura una rama de la didáctica… En fin, que mejor no comprobarlo.
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Respecto al de A.P.R. que he concluido ayer tarde, lo que me temía: “El cine de gánsters de Hollywood daba buenas ideas”, dice el protagonista hacia el final de la novela.
O como leo en un periódico regional que reseña un libro sobre las peores escenas eróticas en las mejores novelas clásicas: al final se puede marrar por lo que parece más fácil. Pero ya dije más arriba que esto sucede por mimetizar el discurso del cine.
A pesar de todo, el interés siempre le salva a este escritor, la dosificación de la intriga y un punto de vista original en este caso. Además de ser un gran trabajador, virtud que denota su amor por la literatura. Cuando él ya no lo necesita por razones materiales. Eso es lo cierto.
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Ha sido maravilloso descubrir esta mañana dos cosas nuevas del móvil: la grabación directa de una idea, sobre la marcha, de viva voz y sin pulir, en basto para llevarla después a la escritura; y en segundo lugar, una canción sorprendida por azar de los “Módulos”, de cuando yo era prácticamente un niño todavía. “Todo tiene su fin”, se titula. Y la he sentido como hace casi cincuenta años.

05/01/18
Era una de esas películas que siempre quise ver y por circunstancias se van quedando atrás. “El filandón”, del 85. Ya estaba yo en Cantabria y sé que desde entonces se me quedó pegado el título que seguramente leería en algún periódico. Por aquel entonces fue cuando conocí en un seminario en Laredo a L.M.D. y cuando comencé a leerlo (“Las horas completas” fue el primero, creo recordar). De J.L. también me había impresionado e influido el de “Memoria de la nieve”. Luego vendrían el resto de los de León.
La vi anoche. Era un buen guion el de la película, los ambientes bien recreados y las historias interesantes; pero la estructura inequívocamente narrativa estaba muy por encima de todo lo demás. La verdad es que lo que fallaba lamentablemente eran los actores, aficionadísimos, comenzando por el grupo de los escritores. Pero me prestó.

06/01/18
La de “Sicario” no tiene nada que envidiar a las de Tarantino; más sobria, desde luego, y muy poderosa visualmente; y bastante más sólida en cuanto a personajes, que es su baza más fuerte. Sobre todo, el que protagoniza el tema central de la venganza, un prodigio de actor: Benicio del Toro. Muy bueno también el coprotagonista, que no sé cómo se llama.
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¡Acojonantes, los Reyes (Magos)! ¡Lo que a mí más ilusión me hacía! ¡Cómo se nota que me conocen bien! ¡Un móvil nuevo!
En realidad, han sido tres regalos, de los cuales me ha hecho gracia una novela hacia la que me mantenía a la expectativa: la de Cartarescu, el escritor rumano. Barrunto que va a ser un texto complejo, además de extensísimo. Pero necesito abrir el campo a propuestas más novedosas y lenguajes más arriesgados. Quizá esta se pase de frenada, por lo que tengo oído…
En cuanto a la botella de coñac, pase, porque es una costumbre mía con los amigos que me visitan en casa; y nunca está de más un coñac magnífico.
Pero ¿un móvil? ¿Y qué quieres que te diga, chica? A lo mejor es que lo necesito de verdad porque el que tengo desde hace tres o cuatro años ya está hecho una auténtica patata… A mí me funciona. O sea, vale, pues bien, agradecido.  ¿Qué quieres que te diga?
Pues lo que yo digo es que con la cantidad gastada daría para doce o quince novelas… o veinte, teniendo además en cuenta que mi señora lleva entre otros menesteres la librería de la Fundación en la que trabaja y puede conseguirlas hasta con un veinticinco por ciento de descuento. Digo.
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Cada vez voy teniendo más claro que el envite de los separatistas catalanes (la plana mayor) no calculó la intensidad de su apuesta. Minusvaloraron el poder judicial y mucho me temo que puedan perder la mayoría en su parlamento y la libertad personal.
De todos modos, recuerdo las palabras leídas hace nada extraídas de un informe de José Patiño, Superintendente de Felipe V: “Son apasionados a su patria con tal exceso que les hace perder el uso de la razón…”


09/01/18
Son curiosas y reveladoras las analogías, y no superficiales precisamente, que me descubro con este escritor rumano, M.C. Son temas pero también técnicas comunes descubiertas espontáneamente en el curso de la escritura. Una escritura que no tiene más que un tenue hilo argumental (en lo que he leído hasta el momento) porque no lo necesita, pues el tema es totalizador y el género algo parecido a un diario. ¡Mucho estoy disfrutando con esta escritura por el mero placer de leer!
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En realidad, el lector perfecto (la lectura ideal) es una regresión al comienzo del lenguaje escuchado nada más nacer: puro sonido, ritmo de ronroneo, masa de sonidos informes cuyo significado es la fuente materna, como la leche, de donde proceden.
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Todos los días, vigila, husmea, rebusca y roba en los buzones del inmueble donde vive. El escritor es ladrón que se apropia de la intimidad para torcer el rumbo desgraciado de unas vidas y repararlo en lo posible. Por eso él se informa y después actúa. Se parece mucho al protagonista de “El móvil”, de J.C., cuya versión cinematográfica tengo pendiente.

11/01/18
Seguramente lo aprendiste de tu padre, que lo consideró siempre un negocio redondo. La costumbre de mantenerse a la expectativa respecto a la propiedad inmobiliaria, pero con atención especial a lo contiguo o paredaño, a lo que hace tabique, a la linde, a la casa vecina.
En él se trataba de un principio básico de sana economía; en ti no, en ti se convierte en codicia de la casa y de la vecina. Más allá de todo negocio, se trata de poseer. Aunque no te haga falta y te busques la ruina. Porque normalmente lo más cercano es lo más prohibido (por eso quieres atacarlo) y lo más prohibitivo (por eso quieres conquistarlo).
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A ratos tengo la impresión de que determinados hechos de la política actual podrían estudiarse desde el punto de vista de una patología social (milenarismo, redentorismo, histeria colectiva), de la ciencia-ficción (ovnis, mátrix, distopías) o de la fábula literaria (superhombres, robots). Es decir, existen ciertos perfiles ciudadanos que podrían identificarse con un zombi, un avatar o un Frankenstein.
Me inclino más por esta última posibilidad. Lo malo es que ya está escrito. Pero me resulta estimulante especular con alguna derivación moderna que recree estos fenómenos. Naturalmente, no tendría nada que ver con las memeces de los “hombres de hielo” de Juegos de Tronos. No. Es más bien una versión realista, mostrenca, incluso paleta. Una comunidad de vecinos muy grande que entra en conflicto por dos frentes: un sector que quiere pintar una parte de la fachada de un color particular, y otro sector que quiere segregar una parte del garaje general. Algo así.
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En la crítica literaria última percibo un cabreado hartazgo frente al realismo abierto de los últimos años, o hacia la autoficción. No me parece justo viniendo de próceres académicos que saben mejor que nadie que no hay literatura que pueda despegarse del yo. No nos engañemos. La función crítica auténtica consistiría en establecer el cuánto y el cómo (despegarse del yo). Y la función editorial, publicar solo lo valioso, no lo venal. La del escritor es escribirse bien, ni más ni menos.
Por lo tanto, en mis circunstancias y a estas alturas de la vida, nadie me distraerá de escribir lo que me dé la gana. Y lo que me peta es leer mis fracasos en los otros y escribir los fracasos de los otros. O sea, literatura autobiográfica. El caso es que suene con honestidad.
Por lo demás, a mi edad lo que ya no me atrae es vivir a expensas de nadie ni a disposición de intereses ajenos, de aquí para allá, como un zarandillo, o peor, como un correveidile. Para eso me he estado preparando durante casi cuarenta años. No habré sido tan espabilado como otros para meter baza en el mundillo miserable de la edición, pero he terminado conformándome con autopublicaciones dignas en el mercadillo mundial de la red. A fin de cuentas, tan desconocido es quien vende doscientos libros como el que vende dos mil. En mi caso, ya digo, el precio que no cobro es menor que el que no pago: la independencia para guisármelo y comérmelo yo solito. Ya lo dijo aquel filósofo de la Esgueva: para no joder o joderme a la más fea, mejor me la pelo y me jodo a cualquiera.
En cuanto a la solvencia económica, en esto he sido más listo que muchos. Palabra. Pues estos cuarenta años de feliz profesión desasnando, como acabo de adelantar más arriba, me van a permitir en breve dedicarme a lo que en mis mejores sueños bauticé como “el plan seis mil” (lo digo como objetivo a conseguir). Es una denominación burda basada en la famosa tarjeta bancaria que ya no sé si existe. Solo que para mí, este plan consistirá en levantarme desde el día que cumpla los sesenta con varios miles mensuales del ala. Entre sueldos y algunas rentas del capital y otras rústicas y urbanas. Y salga el sol por la Esgueva. Un ideal.

13/01/18
Tal vez, a fin de cuentas, no se necesite mucho más que esto. Nievan estas ocho de la tarde de invierno. Que la nieve mansa no lo deje. Ni siquiera cuando durmamos en la alta noche y no sepamos que nieva sobre nuestra casa y nuestro sueño. Tranquilos como si conociéramos que alguien nos vela.
Y la luz suave en la retirada buharda. Nada altera, tan solo vibra algo. Es cálido el interior porque afuera es crudo. Como nosotros. Ninguna otra inquietud que la sucesión de unas palabras (esta sí, es decir, éxtasis). No enojarse porque la tormenta ralentiza el teclado, lo clava, juega con nuestra paciencia… esperar que aparezca una palabra ya escrita. Ni siquiera ceder a la ira fácil por la canción de fondo que se corta (no responde youtube) llevándose la voz también de Nina Simone. ¿Por qué lamentarnos? Ya lo dice la letra traducida de su canción: “Pero yo tengo un alma cuyas intenciones son buenas”.
No, pocas cosas más allá de esto. Porque ya está aquí el invierno. Esto es la vida. Apaga el ordenador con paciencia. Mientras escuchas “May way”, en la voz de Elvis. Deja el resto para mañana.

15/01/18
Dejé pasar un comentario sobre “Caniche”, la peli de B.L. La repusieron hace varios días y, por supuesto, volví a verla. De este director he visto bastantes, algunas varias veces. Esta que digo, a pesar de ser una de sus primeras obras, conserva su potencia intacta. Es un maestro utilizando el cuerpo como metáfora para saltar a otro plano. Me interesa mucho.
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Se habrá observado que cito mediante siglas a los nombres propios, no vaya a ser que en algún momento alguien se sienta molesto. Hoy resulta casi ofensivo decir el nombre de alguien completo. Si no es para insultarlo.
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Mañana, si no se tuerce la cosa, asistiré en Palencia al homenaje a M.G.V., más por respeto al venerable poeta que por interés de su poesía. También porque me encanta reencontrarme con algunos de mis amigos de la literatura palentina, como J.A. y C.A.A.
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Hace tiempo que vengo notando que los comentarios ocasionales que pueda escuchar sobre sexo (en bromas casi todos), los asocio de inmediato con el arte culinario. Como si se refiriesen menos al mango que a la manga pastelera. Y lo malo de todo es que esto mismo me sucede cuando pienso en el sexo a solas.


31/01/18
Se murió mi madre. A las 12,15 h. del día 26, viernes. Creo que sin sentirlo. Estábamos allí los dos hermanos. Pude besarla muchas veces la frente y acariciarle la mano. No hay más. Estaba como un roble de salud, pero con ochenta y cinco años (le faltaba menos de un mes para los ochenta y seis). Se le reventó una vena en la cabeza y el derrame resultó fulminante. Los ocho días siguientes los aguantó por su naturaleza fuerte. Hice un par de fotos con mi mano enlazando la suya. La enterramos el sábado de una mañana fría e indiferente. Me he traído a mi tío Lázaro conmigo a Aguilar. Tengo una tristeza pequeña, más bien un ligero decaimiento.  No hay más.

01/02/18
Intento leer y se me caen los ojos. No sé si es que estos días estoy algo decaído y descanso peor sin ser consciente de ello. De todas formas, tengo la sensación de que he perdido un poco el ritmo. Con Lázaro en casa he sentido extrañeza los dos primero días, pero ahora ya no me parece esa presencia de paso, como un invitado, que enseguida tendrá que marcharse.
Es increíble: en menos de una semana se ha hecho tan familiar que ya no lo noto mientras estoy a mis cosas. Ni siquiera cuando compartimos las comidas o un rato delante de la tele. Esto tiene que ver con su carácter, que se presta inmejorablemente a la convivencia fácil. Es discreto, silencioso, casi estático, parece que no está. Y además obedece y se adapta con rapidez, como si sus carencias se compensaran con un enorme sentido de la supervivencia. Supera su torpeza innata con una voluntad muy fuerte. Así que he tenido que enseñarle desde cómo se abre una puerta de casa y se utiliza el ascensor, hasta cómo funciona la cocina de inducción, que para él suponía un misterio infranqueable; pero irrenunciable porque cena sin variación unas sopas de ajo y no está dispuesto a modificar dicha costumbre. Y lo consigue con paciencia. “Poco a poco”, me recuerda él mismo con pulso temblón.
Lo cierto es que no hemos tenido que incluir grandes variaciones o renuncias en nuestra vida diaria. Y en la casa, apenas. Hemos habilitado mi estudio con la cama baja de la habitación de Andrés, y santas pascuas… Puedo seguir trabajando aquí sin ninguna alteración. Como en estos momentos, en que él se queda abajo, en la sala, y mira cómo amaga la nieve, o ve la tele, o bien hojea los periódicos.

03/02/18
También este cambio de ritmo me ha obligado a interrumpir la transcripción y desarrollo de las ideas que previamente había grabado en el móvil. Algunas me parecen ahora un tanto simples. Y también he dejado pendientes en el cuaderno de notas unos cuantos relatos más o menos bosquejados. Zorrilla, por si no fuera poco, aplazado hasta que consiga por lo menos los Recuerdos en una edición de viejo. La concejala de Valladolid se olvidó (¡cómo no!) del libro de NAC.
***
El esmero con que Lázaro se prepara todas las noches sus sopas de ajo es machacón, automático y enternecedor.
Durante el día hojea periódicos con muchísimo interés, observa por la ventana, ¡lee! (ya va por la mitad de un Manolito Gafotas que aconsejo en primero de la Eso…). Ahora está viendo una peli de sus favoritas: Manolo Escobar. Hoy le voy a perdonar la ducha.
Sobre él se me ocurren diferentes tipos de textos: Sinfonía con Nazario; o todavía mejor, Diario con Nazario. Sería el género adecuado, porque no he conocido un tío más regular. A las tres de la tarde, puedes jurar por Dios que se va a encaminar, escaleras arriba, al servicio.
***
Apenas algunas imágenes pasajeras sobre mi madre. No me atrevo de momento a pararme demasiado a pensar que se ha muerto. Para siempre. No hablaré más con ella ni la veré más ni oleré su piel renegridilla de madre. Nunca. El cuervo de Poe pronunció nevermore.
***
Algunos conatos de poemas surgieron durante los días de su agonía, pero no tengo paciencia, voluntad, ni quizá talento para trabajarlos. Los dejaré, pues, en basto, como salpicaron al cuaderno de notas. Ahí van.

CORRAL (19/01/18)
Es un tordo seco, tieso,
La teja es un pájaro muerto.
Vencida del alero que cuelga voladizo sobre el corral,
La teja ha quedado de canto como un pico.
Y se mira con la higuera,
Se miran extrañas.
Desprendida ya,
Definitivamente suelta,
Caída ya,
La teja anuncia a la higuera la primera ruina de esta casa.

AMBIENTE (19/01/18)
Los pies llevan batas verdes,
Mueven telas blancas,
Telas azules,
Pasan aires revueltos
De arrugadas sábanas,
Cuerpos envueltos en velos,
Supersudados, claro,
¿Presudarios?
Y la luz lógicamente
Fluorescente,
Flúor y blanca o sabia,
Blanco de cristal de yeso,
Fría luz, sí,
La luz más que limpia aséptica
Pero sin misericordia
De los hospitales.
También, cómo no,
Los claros, los cremas de las puertas
Enmarcadas en azules intactos,
Y las sillas azules y pálidas.
Todo dolor se rodea de limpio color.

MADRES
Las madres del mundo
Van y vienen todas seguidas en camas alineadas, tumbadas,
Sus vanas ubres descolgadas a los lados,
Alas quizá mojadas para el vuelo,
Los bultos montañosos del vientre subiendo
Y bajando,
En todas las pobres madres colgadas de gomas.
Y de frascos,
Y de panzas plásticas,
Las viejas madres en camas o cintas transportadoras
Todavía no sacrificadas y despiezadas,
Pero con los ojos saltones a la espera, ávidas bocas,
Y sus sentidos alerta, afilados y sin dudas.
Las madres que ya piden solo
Botellas frigoríficas de aguas que no pueden darles a sus salivas pegajosas.
Solo una caritativa mano que enjugue, mojada, y que conforte.

UNA MADRE
No se medica la certeza
Que ya corroe podrida la caña de los huesos.
Se distrae. Se atenúa. Se palia.
Se oye lejos, en nuestro pueblo, un desliz
De piedra molar, cuadrangular, sobre la huesa.
Es cualquier madre. No es más por ser la mía,
Resumen de la parte que me corresponde,
Rasgo en mi cuaderno de notas,
Huella en mi experiencia.
Una carne más quemada por la constancia terca del sol.
Podrían caber y acabar todas las madres dentro de una sola.
Son una anécdota los termómetros erguidos y ridículos
Midiendo presuntuosos calores individuales.
Son todos los grados el mismo frío: hacia bajo cero.
Pero las batas necesitan sus registros.
Y se agradece.

ENTREACTO. CIUDAD
¿A qué viene extrañarse
De una cara ya irreconocible de madre?
Caras extenuadas de batracios
Dibuja la muerte.
Mejor es salir al aire de una ciudad,
Deambular sin pies,
Desplazar una hora la mente y su noria.
Nada. No es extraño. Pisas
La ciudad que no robaron las fotos. Otra.
No está tu sombra que deambulaba por la Antigua,
Esta Plaza Mayor es hoy Europa,
Se paró un reloj Seiko el mismo día que.
Te lo compró tu abuelo Melchor en Curieses.
El Largo Adiós no huele a grifa y a tu bobería progre.
El Mesón Hidalgo decrépito te devuelve la verdadera ruina,
La de detrás de aquellas fachadas remozadas
Y ocultas debajo de estas fachadas.
Tal vez el firme semejante de la calzada sigue obstinado,
Como entonces. Brea cierta.
Y regreso al Clínico, también repetido siempre, reconstruido, redistribuido,
recinto de la igualdad caduca de la reparación inútil de todas las heridas.
Este siempre abierto y a la espera y a la esperanza.

ECO
Este mundo es el camino
Hacia nada, que es morada
Sin pesar.
Mas cumple tener buen tino
De parada en la jornada
Sin errar.

OTRO ECO
Una mano es un ala de la muerte,
Que lo digo por Lorca, no por mí.
La mano que veo es de manchas moradas y piel reseca.
Mi mano que toma
La mano de mi madre, vieja, abandonada y descartada por los soles.

PUERTA (20/01/18)
Y abrió una puerta. Y otra
Puerta. Y otra. Supo
Que la siguiente
Estaría abierta. Ya.

TIERRA
Creo que será esta tarde
Cuando veré la última imagen
De tierra de mi madre
Desmoronándose.

HOSPITAL
Si te mueres hoy
Afortunadamente
Estaremos solos en esta habitación.

VERANO
Ya viene tranquila.
Hay un claro verano en su pueblo
Y se oye su risa otra vez niña.

DOLOR
Ningún otro dolor
Más que el que depende del pequeño frasco de cristal.
El resto de dolor es figurado.

QUINTOS DEL 32
Hay fotos y fotos. Esta es reciente, de agosto, y se va quedando dura.
Una foto también envidia al buen pan.
Pan añejo de arcón y celosía. Como los retratados.
Así son estos quintos de la foto. Decoloran. Tiran a sepia. Están
Empezando a difuminarse. Hasta semeja la foto
Raspada con alguna cuchillita en alguna parte. Casi
No se ve ya la cara de la Melcho. A los otros sí. Todavía.
¿Quién querría borrar una foto tan bonita?
Pero a la Melcho ya no se la conoce. Qué pena.
Ya ves tú. Compinches del 32. Y tan pinches.

MANO
La mano abandona el instinto prensil
Pues no se necesita para agarrar el aire.
La mano que no es activa,
Que renuncia
Y solo quiere hallar otra mano
Para cruzar detrás del aire.
La mano que pide, sin saberlo, caridad.
La mano, el ala,
Que se queda solo en mano.

DESEO
El gran caballo deseaba a la enfermera
De redondez joven e inalcanzable
Y se me desbocaba esa noche,
Mientras se moría mi madre.
Y si confesarlo es impiedad en un hombre,
Yo, sin embargo, no me avergüenzo.
Pues comprendí que el gran galope de la muerte
Formaba con el mío yunta.
Animales parejos.

05/02/18
Durante los días de hospitalización previos a la muerte de mi madre, observé con implacable objetividad que la mayor parte del personal sanitario del Clínico era gente joven o incluso muy joven. Y lo significativo es que caí en la cuenta por vez primera. Y comprendí.
También el flujo de semen que produzco es menos abundante desde hace tiempo. Y mi capacidad de enamorarme de la belleza física.

Solo el deseo en mis ojos sigue siendo igual que siempre. Y mi pasión por las palabras.


06/02/18
¿Y cuando no hay tiempo suficiente para leer y escribir? Escribir. Aunque solo sea una línea, como hoy. Nulla dies…
***
Ya voy promediando el tomaco de MC y creo poder asegurar que reconozco su propósito. Como la novela lo aguanta todo, hay algunos que pretenden incluir en ella la vida entera. Tal cual. Entiéndase: la vida vivida como anomalía, es decir, la literatura.
Por lo demás, no deja de ser una especie de biografía de docente que actúa como hilo conductor, una evocación del pasado, un catálogo de horrores y una panorámica social de un país del este que en muchos casos se parecía al nuestro por aquellos años. Una mezcla de géneros muy al gusto de la modernidad europea. Uno del telón de acero reconvertido. Pero con mucho detalle, a ratos de gran brillantez y otros muy pesado.
Sería de mal gusto, ya lo sé, o como mínimo de una inaguantable pretenciosidad, decir que mis “Gatos” constituyen un libro de semejante propósito pero de composición bastante más meditada. Y no de menor profundidad (creo). Y, en definitiva, con mayor entidad narrativa. Más novela. Pero no voy a ser yo quien afirme que la mía mentada es superior a la de alguien que se baraja con cierta frecuencia para Nobel.

Desde luego, en cuanto a mi novela, nadie se parará en el análisis de la relevancia del fragmentarismo que he adoptado y del sentido del humor del que la he dotado. Dos aspectos de los que carece la del rumano.


07/02/18
Me pasma contemplar el exiguo ropero de L. Parece mentira que un hombre pueda necesitar tan poco. Apenas una habitación mínima. Tal vez una pequeña mesa… Y lo más insólito de todo es que cualquiera podría crear allí una obra de arte imperecedera.
***
La blancura nevada de estos días me conduce a la tristeza, por mucho que intente no dejarme arrastrar. Es el pensamiento de mi madre, lo sé. Así me sucedía esta mañana en la biblioteca del Instituto, en la hora que he tenido libre porque los alumnos se han tomado vacaciones anticipadas de Carnaval con la disculpa de la nieve. Me he dedicado a revisitar por cuarta o quinta vez “Madame Bovary”. Ya veremos lo que me parece ahora, en las actuales circunstancias. Y todo el resto de GF que tengo en el ebook.
Y de igual manera, el desamparo extenso de la biblioteca y el recogimiento cálido con el radiador bajo la mesa, y la visión mansa a través de las varias ventanas de los copos cayendo sobre el jardín de la posada, me han evidenciado que soy un hombre solitario. En el fondo, muy solitario. ¡Quién lo diría si opinara la numerosa gente con quien me relaciono y a quien conozco de pasada! Porque me suponen un carácter muy sociable y facilidad en el trato. Y es posible que las dos cosas sean ciertas.

08/02/18
No entiendo por qué, pero desde que hemos transformado mi estudio en habitación para L., la encuentro más cálida, más íntima, y me apetece más recluirme aquí para dejar esta constancia de cuatro líneas.
Por otro lado, si una cosa caracteriza a L. es que no varía de opinión. Le digas lo que le digas. Acabo de ofrecerle un vino de JC (excelente) y se revuelca en su vieja idea de lo bueno que estaba el vino que se hacía en Piña. Si acaso, reconoce que la ribera del Duero es mejor tierra para ello; pero que lo de mi pueblo les sabía muy bien. Y le contesto que no todo el vino es igual porque no todo el vino se hace igual. El secreto está en eso. Me dice que en Piña todo el mundo lo hacía igual. Vale.
***
Trataré de analizar una vez más la orfebrería de GF en “Madame Bovary”. Pero reconozco que los primores del estilo que tanto encomian algunos deben de resultarme tan sutiles que no los pillo en muchas páginas. O es que mi precaria literatura está en las antípodas de la suya. Desde luego, la introducción que estoy leyendo a su obra no consigue hacerme verlo.
***
Por la mañana, en el instituto, una maravillosa sorpresa. Mi compañero y amigo JG me regala la edición canónica del estudio sobre Zorrilla de NAC. Un detalle que valoro mucho. Como a la persona de quien procede.

09/02/18
Lo de mi madre me pillará. A la larga, pero me pillará. También fue así cuando mi padre.
***
El capítulo 30 del de MC se me ha hecho muy tedioso. Todo el extensísimo desarrollo concedido a explicar otra mirada superior, la propia de una cuarta dimensión, con el cubo de Rubik de motivo y excusa inicial, me ha aburrido. Habría bastado algo más sencillo y, sobre todo, comprensible. En mis Gatos me serví del anillo de Moebius, o de la música dodecafónica, para expresar algo parecido a la existencia de otra realidad. Considero, pues, que es un pecado de lesa literatura someter al lector a un peñazo semejante; al final, lo que sucede es que se despista.

O sea, que quien se quiera poner en la onda de FK, JLB y MC, que sepa de entrada lo que muchos pensamos sin decirlo a voces: o por sus orígenes geográficos, o por su personal temperamento, o por el grado de intoxicación debido al oficio, algunos escritores rematan en perfectos pedantes. Y la clave es que les falta sentido del humor.

10/02/18
Me saluda la mujer de un compañero y me cuenta que está tirado en el sofá de casa con una gripe peliaguda. Y que esta mañana había decidido entretener el tiempo leyendo mis Gallos, que había comprado en formato físico (nos gusta leer en papel) por internet, recientemente. Malo, pienso yo. No sacará nada bueno en limpio, y menos en esas condiciones.
Por otra parte, como se trata de gente preparada (especialistas en Historia ambos), me temo que al cuarto de hora de hojear mi novela la haya dejado arrumbada en un hueco del sofá, entre el reposabrazos y el cojín derecho. A fin de cuentas, qué coños va a escribir Chuchi sobre la época de Goya en Burdeos que pueda resultarle interesante a un historiador. Lo constataré en el próximo encuentro, no me cabe duda.
Es un clásico. Son los que no distinguen la narrativa de la didáctica y, además, les justifica la soberbia del título universitario. El problema irresoluble de quien no sabe lo que es una novela. Pero es lector. Y no sabe que en realidad es un consumidor de libros que dicta el mercado. Nada que ver con la literatura. Aunque en el fondo también tiene que ver con otra clase de distorsión: considerar que JMG no da la imagen de un escritor. Su campechanía le pierde. Su sencillez sin disimulo ni falsa modestia le convierte en un aficionado. Su lucha a brazo partido con las palabras no puede ser otra cosa más que un puro entretenimiento. JMG no puede escribir nada que valga la pena. Bueno, no quedó por intentarlo. Y los Gallos terminarán en el montón previo a la caja previa al trastero definitivo. Hasta que la humedad se coma mis Gallos. Solo se rebuscaría en el improbable caso de que Alguien con Mayúsculas Alguna Vez reconociera que es una obra de arte. Tal vez le sobren palabras, pero a pesar de ello; y tal vez por ello.
Sábelo siempre. La literatura no puede permitirse ni el más mínimo trato con aficionados. Actúa en consecuencia.
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Cuando la política se encisca con cuestiones como la del momento (que si es no es apropiado decir “portavoza”) es que se ha perdido el rumbo o nuestros representantes están en la inopia intelectual. Y, efectivamente, cada vez pululan más estos mediocres personajes del tejemaneje de la cosa pública.
Pero lo que más duele es admitir que son los del propio bando.

Prefiero bajar ahora mismo a preparar las consuetudinarias sopas de ajo con mi tío L. Un prodigio de la humildad. Que es lo que falta en este país.

12/02/18
Desde por la mañana me siento griposo. El paseo de hace un par de días debió de resfriarme; si no ha sido la consecuencia de la calefacción estropeada en el instituto desde hace una semana. Los cambios de aula son mortales. O la fatiga acumulada desde los días del hospital con mi madre. Cuando me he relajado, la debilidad me ha expuesto.
Mi facilidad para el catarro tiene que ver con la rinitis que me enferma los cornetes desde que era un adolescente. Mi nariz siempre fue mi punto débil (y mi fuerza). Pero la compensación, en cambio, es que conozco muy bien el antídoto: la miel me produce un efecto milagroso nada más pasar por mi garganta. Cuando el proceso es leve, claro.
Mi abuelo Melchor decía que no hay nada mejor que lo que crían en la barriga las abejas. Así, literal. He leído que se trata de una creencia antigua. En mi casa hubo colmenas toda la vida (arriba, en el desván) hasta que crearon problemas donde Ramiro y la Chata y hubo que quitarlas. Los agujeros daban a la fachada principal y las cabronas terminaban metiéndose por las ventanas de los vecinos. Mi padre fue terminante. Las fumigaron en el acto. Aunque la soberbia de mi abuelo lo rumió sorda y despectivamente.
Este amago de gripe y el recuerdo de las abejas, junto con un deseo de cambiar el programa rutinario por no encontrarme en condiciones, me han llevado a otra evocación de un detalle en las Bucólicas de Virgilio al que me condujo la obra de la poetisa OGV, en una dedicatoria que me regaló con motivo de unas jornadas literarias en Palencia. “De lo podre nacen las abejas”, decía uno de sus versos. Y le pregunté la procedencia, claro. Virgilio.
Esta y su marido (también poeta) vivieron unos años en Villarmentero, un pueblecito de la Esgueva muy cercano al mío. Pero cuando yo lo supe no le presté atención y después fue ya tarde porque se habían marchado. Esta es otra constante en mi vida. Llego con retraso a lo que más me importa. Por esta circunstancia de mi despiste personal y por haber vivido geográficamente excéntrico debido a mi profesión, no he podido entablar amistad sólida con verdaderos maestros. Y así, todos mis ejercicios se quedaron en puro diletantismo. Lo que he producido ha sido (bueno o malo) exclusivamente mío genuino. Ni siquiera mis lecturas, también desnortadas, me ayudaron con un guía. Excepcionalmente, RG me iluminó un tiempo no muy largo.
Conste que lo de OGV me parece de una misteriosísima belleza, a pesar de que la considero una poesía difícil. No se por qué pero le encuentro afinidades con otro poeta leonés, AG, a quien también leí con ocasión de su obra completa en Círculo de Lectores y después me lo ponderó muchísimo MS en la última feria del libro de Madrid. Pero también muy oscuro. No tengo paciencia para este tipo de sutilezas.

Por último, es curioso la cantidad de buenas antologías sobre la poesía de los grandes que la editorial mentada ha publicado con una constancia encomiable. Yo compré muchos de estos libros en su momento y luego me retiré, cuando la derivación a la novela me interesó sobre lo demás. De este modo, junto a OGV también tenía en la misma balda a W.H. Auden, el poeta de York (de los muertos sí puede hablarse con nombres y apellidos, por supuesto). Me he empecinado el resto de la mañana y una parte de la tarde en leer o releer al azar algunas de sus composiciones más características, las seleccionadas por JD, que hace también el prólogo… ¡Ni por esas! ¡Nada! Que no me entero de nada y mucho menos traducido del inglés. Pasados los años, creo que aquellos buenos propósitos de divulgación no le sirven ni siquiera al especialista o al avezado en estas lides. Con los prólogos o presentaciones, desde luego, me ha ocurrido esto en muchas ocasiones: no encuentro correspondencia con los textos o no me dan las claves generales para su comprensión. Preferiría unos cuantos poemas con comentarios explicativos concretos de esos mismos especialistas. A veces incluso tengo la impresión de un fraude.


14/02/18

Desde hace años, en cuanto dan las doce que inauguran este día especial y mago, tengo la costumbre de regalarle a L. con un cuento de un libro de JMM. Se titula “Cuento de hadas”. Creo recordar que comencé a leérselo a partir de su enfermedad. Nos metemos los dos en la cama bien juntitos, me pongo las gafas y lo declamo despacio y entonado. Le fascina. A veces le arranca alguna lágrima. Para ella no hay mejor premio de los enamorados. No me perdonaría que se me olvidase algún año.

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La desaparición de mi madre late en un sitio oscuro dentro de mí. Pero lo mantengo a raya. Lo peor no es el sentimiento de orfandad sino el silencio de las cosas que fueron suyas, su vida… descolgar el delantal que quedó sobre el picaporte de la puerta de la cocina… Lo peor de todo es imaginar, cuando cierro los ojos antes de dormirme (un día y otro día y otro) el interior de la casa cerrada a cal y canto, con las persianas bajadas como ojos ciegos. Lo peor es imaginar el frío y la soledad de allá dentro, de aquel interior con el aire quieto y las cosas de la casa como flotando, inmóviles pero flotantes. Un día y otro día y otro día y la humedad y la quietud y la oscuridad. Y me traslado mentalmente allí para recorrer las habitaciones de una casa, de una familia, que ya está disolviéndose en el olvido.

Y lo peor de lo peor es que todo esto exigiría una lírica que se me escapa. Y tengo que cortar aquí para no herirme.


15/02/18
La convivencia con L. alcanza ya las tres semanas y continúa sin sobresaltos, con pequeños altibajos. Su voluntad de adaptación es inequívoca y, a estos efectos, creo que ya se ha producido la transferencia de sumisión a mi autoridad (como antes estaba sometido a la de mi madre, solo que la mía es más firme); la sumisión también lo es de los afectos. En algunos comentarios aislados comienza a mostrar su miedo a que yo pueda faltarle. “Joder, si tú te vas…”, dice. “Eso es imposible”, le tranquilizo. “Mi madre te sacaba a ti diez años, pero tú a mí me llevas casi veinte”.
Le observo a ratos sentado en el sofá, en silencio, amodorrado y manso, con los brazos cruzados en lo más alto del pecho y la cabeza un poco abatida sobre ellos, como dormitando… y se me asemeja a un pequeño mamífero indefenso, de esos que adolecen de una mala visión pero poseen un sexto sentido extraño… Me da la impresión de que se encuentra tranquilo y comienza a sentir confianza en este nuevo hogar y en su nueva vida. Aunque psicológicamente se ubica en ocasiones (no pocas) viviendo todavía “en el pueblo”, como le gusta decir a él mismo. Su gran término de comparación es el pueblo y esto de aquí que es “tipo capital”.
Pero no bajo la guardia y sé que tengo que permanecer férreo para que acepte el modo de vida de aquí, sobre todo con las normas de urbanidad que él no posee porque, sinceramente, nunca se las habían enseñado ni se las habían exigido. Y mi madre, menos; en cierto modo había perdido la batalla con él, por pena, por desgaste y por inercia.
Y entre los nuevos hábitos me refiero, más que nada, a la higiene. Es curioso que después de veinte días de reticencias (porque todos estos así abominan del agua) me haya recordado hace nada que hoy toca ducharse. Y no comer sorbiendo como un cochino, y lavarse bien las manos después de hacer sus necesidades, y etcétera, etcétera. Lo más sublime en él es que confiesa que está dispuesto a aprenderlo. Poco a poco. Y es sincero, porque se esfuerza varios días hasta que incorpora una nueva pauta de conducta. Y me he dado cuenta de que no hace las cosas por entender lo que está bien hecho o mal hecho (la razón de fondo), sino porque las cosas se tienen que hacer de esta manera y no de esta otra (porque lo digo yo). Lo que le conviene son instrucciones claras y acciones inmediatas muy repetitivas, hasta que se quede con ellas y las reproduzca automáticamente. Nada más. Y entiendo que vamos bien por este camino. Aunque cuando tengo que levantar la voz y reñirle no lo dudo ni por un momento. Porque, de lo contrario, perdería la batalla. Como mi madre. Yo no me rendiré a su reeducación. Por mucho que vaya hacia los ochenta años. Estoy persuadido de que puede aprender muchísimo. Y lo estoy comprobando a diario.
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No hay más tema que la propia vida, decía Montaigne, y que él se había sentado en su Torre vecina de Burdeos a escribir la suya. Así me lo parece ahora a mí. No hay asunto más urgente que mi propia autobiografía, pues siempre he considerado una verdad inconcusa que la literatura no es otra cosa. No hay más persona gramatical que el yo, y lo demás es encontrar la distancia adecuada. Cuando se lee a alguien de los grandes, se da uno cuenta perfecta. También me está ocurriendo con el nutritivo y estimulante libro de AC., candidato muy mentado para un próximo Nobel. Claro que, a mí, desde PM, no me ha vuelto a decir mucho ninguno de los últimos premiados.
Por cierto, sobre el asunto del “distanciamiento”, me llevaría un trecho largo aclarar y matizar mi opinión. Pero baste decir que incluso en escritores tan “desapegados” y “realistas” como el que estoy terminando ahora, IMP, habría mucho que comentar sobre sus recurrentes motivos literarios. Elegir el núcleo familiar en los años de la Transición, por ejemplo, como lo hace reiteradamente este último escritor mentado, me huele (y le sigo desde hace años) a reivindicación y revivificación de su Paraíso o su Arcadia perdidos. Sin caer por ello (soy consciente) en excesos de crítica psicologista. 
Escribirse, pues, a uno mismo, es la ética del escritor; escribirse bien, su gloria artística.


17/02/18
El cumpleaños no me ha dejado apenas tiempo para otra cosa. Pero en sí mismo no me ha significado gran cosa; más bien, algo anodino. Muchísimas felicitaciones sinceras y de compromiso por el wasa (es mi propuesta como filólogo y lo voy a utilizar así en adelante). Algunas llamadas por teléfono de mucha confianza. El único teléfono que no me llama es el de mi madre.

18/02/18
El invierno va en retirada. A las siete de este domingo se notaba todavía la prolongación de la luz un poco más, un tranco más. Sin embargo, hoy no he hablado por teléfono con mi madre. Como todos los domingos, prácticamente, desde hace tantísimos años. Y me gustaría que supiera que la besé muchas veces en la frente y en la cara y en las manos mientras se repetía rítmicamente su estertor (la boca en forma de una cóncava y profunda “o”) camino de la muerte sin remedio. Y que no pensé ni una sola vez en la eternidad junto a Dios, sino en el desamparo de L. En la solución para el desamparo de L.
Y ahora, en media hora, calculo que estaremos haciendo las sopas de ajo en la cocina, poco cargadas de pan porque se quedan secas. Porque “este pan empapa mucho, hostias”, dice L. 
A veces, no entiendo por qué, me salta a la boca el nombre de Nazario. Como si perteneciera a un título: Sinfonía con Nazario.

21/02/18
Desde que está L. en casa, a partir de las ocho ya no puedo hacer nada. O toca aseo o tenemos que preparar las consuetudinarias sopas de ajo. Total que, o me doy prisa para escribir o me quedo sin tiempo. Es como un reloj. A las ocho de la mañana abre los ojos y se despereza como un animal doméstico, comienza a moverse por la buharda y ya te hace estar pendiente. Esta mañana me ha recordado nada más bajar a desayunar que hoy estábamos de cumpleaños (de mi madre). Antes. No ha dicho que hoy estaríamos de cumpleaños. Él, por de pronto, unta el dulce de membrillo con fruición en el pan. Lo come como si estuviese mirando a mi madre sentada junto a él en la mesa. En la pequeña etiqueta sobre la tapa del táper pone (con la letra clara y grande de mi madre): Membrillo. Enero 18. No sospechaba cuando lo escribía que ese sería el mes de la verdad definitiva para ella.
Por la noche, sin embargo, L. me repite todos los días que deje la persiana a medio echar porque quiere ver luz; y que no cierre la puerta de la habitación más que entornándola. Debe de albergar sueños de terror infantiles. O más recientes. ¿Quién sabe? Mi madre me había contado en alguna ocasión no muy lejana que alguna vez le había oído gimotear a oscuras en la habitación que compartían. Sobre todo cuando ella se encontraba un poco indispuesta, en los últimos tiempos. Además, cuando estoy arriba escribiendo y me siente, L. dice de vez en cuando: ¡Eh! ¿Bajas? De puro simple, es insondable.
Este es el encargo que me dejó mi madre. Ya hace casi un mes que murió. Hoy habría cumplido ochenta y seis. No la he llamado, claro. Y vaga por mi cabeza durante el día, a ratos, como una presencia brumosa. En otros momentos, pienso que sigue en la casa de Piña, en el silencio polvoriento de aquella soledad cerrada, clausurada definitivamente. Es el fin de una estirpe. Una familia arrasada. Éramos siete y quedamos tres. Pero algo se ha llevado la casa. El aire detenido de la casa, la ausencia de tiempo, la humedad solitaria de sus estancias, de sus cosas… que tampoco tiene sentido sacar de allí. Se pudrirán dentro, en su quietud.
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Liado estos días de atrás con la corrección de exámenes, no he podido leer ni escribir. Para colmo ha regresado el mal tiempo. Hoy ha hecho de perros, con aguanieve, lo cual obliga a mantener todo el día la calefacción con la consiguiente sequedad del ambiente que me tapona la nariz y no me deja descansar bien. Ni el agua en los boles ni humidificador ni ventilación. Mi rinitis se me rebela como una pensión que también sobrellevo desde que era un crío. Siempre las napias. Para más inri, una rosácea que me pone a días la pipota como un borracho clásico. Vale, otros tendrán cosas peores. Y lo más nefasto de todo: no puedo dar el paseo tonificante de la tarde. Así son las cosas.
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Pienso que la jubilación me abrirá otra puerta. Al menos podré disponer del doble de tiempo. Y estaré disponible por si L. necesita de atención más constante. Por lo demás, no hay docente de primaria o secundaria que pueda rechazar la ocasión de retirarse a los sesenta. No sé en otras, pero en esta profesión docente no hay quien mire hacia atrás con arrepentimiento (y no sé si con nostalgia siquiera). De esta profesión tengo comprobado que se olvida uno al día siguiente. Ya veremos.
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Observo que L. ve por las tardes uno de esos programas de telerrealidad donde se exponen en carne viva y públicamente los sentimientos (bueno, o un sucedáneo de emociones que se asemeja a ello). Seguro que era una costumbre de las tardes de mi madre y L. lo mantiene. Sin ningún interés ni entender nada, por supuesto. Presto atención durante unos instantes y deduzco que un memo con título de periodista es arriado a la picota por sus deslices de bragueta. Sin ninguna misericordia, a pesar de que se trata de un colaborador habitual del programa. Otro imbécil de la plantilla lo somete a juicio sumarísimo, interrogándolo incluso con remedo de lenguaje forense. El acusado ha sido aplaudido en un paréntesis en el que ha solicitado al público que el himno nacional recientemente versionado por MS, famosa cantante pop, incluya una frase en gallego, catalán y euskera. Apoteósico.
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Antes de ponerme definitivamente a teclear, me bajo unos cuantos libros en abierto de TM y SZ. Este último me lo ha sugerido la visita a Austria de mi amito Tt, que ha pasado allí la semana en un curso. Desde luego, es un país que me intriga muchísimo. Conozco a media docena de escritores oriundos de allí que me fascinan porque reflejan el más hondo pesimismo del alma europea. Tratándose del corazón de Europa (y el ápex de su desarrollo), ¿cómo es posible que se escriba una literatura tan radicalmente nihilista? ¿Cuánto habrá de mala conciencia colectiva por su pasado de compadreo con la barbarie nacionalsocialista?
He oído hablar muy bien en ocasiones de SZ, que se suicidó junto con su mujer ante el miedo del avance nazi. Y eso que ya vivían en Brasil. Es una personalidad interesante y por esos las numerosas biografías que escribió también tienen que serlo. Pero en principio leeré sus ficciones. Para mí es más seguro el acercamiento de esta manera.
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Escribo estas futesas por el afán de compensar y consignar lo no dicho y cavilado en estos días atrás. Se me ocurre que no hay género más lábil que el diario para el escritor. En el se cuecen en crudo todos los demás géneros literarios; desde él se orienta cualquier creación posible. Al ser por derecho propio el espacio del yo, el diario se convierte en el útero de la literatura. La gracia está en adivinar cuándo se debe dar el salto a un texto unitario e independiente.
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Durante la cena, L. y yo a solas tenemos una de esas charlas de besugos tan surrealistas como divertidas. Hago un comentario sobre la cuestión catalana y L. dice: Yo creo que esos se han quedado sin nada por listos. Que se han ido los bancos, hostias. Lo que querían era ser ellos los amos. Ese AM yo creo que ha tenido la culpa. Eso me dice.
Por cierto, que ha bastado que AG cambie ligeramente el look (el peinado) y ya aparece con una expresión mucho más tierna; incluso se le ha puesto un punto que le despierta a uno el gusanillo… de la conciencia. Es curioso que esto les suceda también a varias políticas jóvenes más, como MR y a AC. La política no le sienta bien a su atractivo sexual. No se tome esto a mala baba machista. No es más que el síntoma de que bajo las ideas están las personas. A mí es que me da cierta pena que ahora precisamente AG se haya exiliado a Suiza.
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Nuevamente se cae en el error de confundir el culo con las témporas. Me refiero a la retirada en ARCO de un mural en el que se criticaba la existencia de presos políticos en España. Los catalanes, sin duda. Los directores de la exposición dicen que ellos no eran partidarios pero que son unos mandados.
El espacio del arte como metáfora es sagrado e intocable (porque, de lo contario, es cuando se convierte en invulnerable). Si no se entiende esto, no se puede seguir hablando. En la realidad alternativa del arte todo es posible y cuestionable. El arte no se debe censurar. No existe poder que deba ni que pueda impedir que el mural se exponga. Punto.
Otra cosa es que el artista sea un mediocre y haya convertido su obra en un alegato político. Porque el arte, por principio, no admite el aleccionamiento ni la moraleja. Sencillamente, es lo que sucede con el susodicho: es un panfleto. Su prohibición debería basarse en que resulta antiartístico no en que es inapropiado o ilegal. Un producto así no tiene lugar en una muestra de arte contemporáneo. Porque resulta gagá. Así estamos de verdes en este país nuestro.

22/02/18
Camino ya de las seiscientas páginas de uno de los libros que intuyo decisivo en mi formación como escritor —este de MC—, me detengo a preguntarme de vez en cuando cuáles son las claves de su poderosa seducción. Y no se me alcanzan sino cuatro citas que valen por todo un programa de vida y de escritura.
Parte el autor de una idea muy original de pura autoficción, como es el supuesto de que no triunfó como escritor porque fracasó en la presentación pública de su primer trabajo (un poema que en la realidad le abrió las puertas), y a partir de ahí se imagina como alguien que no es escritor y que, sin embargo, se entrega a su cuaderno de notas (anota sus anomalías, confiesa) como si se tratase de un destino sagrado. Y es precisamente dicha circunstancia la que le concede el don de retratar la vida esquivando lo que él llama la “gatera” de la literatura. De este modo, nos revela que “no he vivido en vano por no haberme convertido en escritor, por ser un pobre profesor de Lengua Rumana… Sino porque me hicieron una pregunta para la cual no he hallado respuesta, porque pedí y no se me concedió, llamé y no me abrieron, busqué y no encontré. He aquí el fracaso que me aterroriza”. Es decir, está hablando de mí. Yo me entiendo.
“Así tenía que ser la literatura para que pudiera significar algo: una levitación sobre la página…”, dirá. “Y que el más miserable destino sobre la tierra es el de aquel que utiliza su propia mente y su propia voz para pronunciar unas palabras que no le han sido dictadas y que no ha pronunciado jamás: los falsos profetas de todas las literaturas”. Sí, se refiere a mí.
A pesar de su nulo éxito, de su invisibilidad, se siente “un elegido… que no estoy solo, porque si eres un elegido, has de saber que en alguna parte existe al menos un único ser: ese que te elige”. Un lector, uno solo (añado yo) al que entrego estas letras lanzadas al vacío de la red. Uno solo que me lea y seré MC. Unos ojos únicos brillando en la oscuridad sobre la página (esa estrella ignota) de este diario mío, y seré Cervantes.
“Cuando pienso ahora que podría haber sido… uno más entre miles de escritores, un operario de la literatura… me estremezco como ante la idea de cometer un crimen o un incesto”. Es mi retrato, definitivamente.
Este es el programa, sí señor. Aislado en esta buharda, con el respaldo de mi silla en el estrecho margen que me acerca a la cama donde dentro de una hora subiré a dar las buenas noches a L., desato mi locura verbal. Desconocido y orgulloso. Febril y artista. Pues al fin y al cabo solo necesito retratar esa voz un poco dubitante y torpe de mi tío, cuando me dice mientras salgo del estudio (una noche más): Deja media persiana abierta que me gusta ver la luz. No cierres la puerta del todo… Porque sé que es reflejo de la mera vida.

23/02/18
Que me duelen las narices no es solo una expresión metafórica. Me duelen literalmente cuando me ataca la rosácea que me ha salido hace tiempo y que se enrabia con los cambios extremos de temperatura. No digamos estos días, esta misma noche que el termómetro ha tocado los once bajo cero. Se me pone una aleta de un rojo picante, como si tuviera un granazo pajero de esos.  Tendré que volver a la dermatóloga de Santander, que no me convenció en su día porque me prescribió dos meses de antibióticos y un mejunje imposible en farmacias ordinarias. (Además, tenía una falda corta y volandera bailándole sobre unas patas de alambre que me asustaron). Y tendré que tragar, claro.
Esta puta nariz no me ha traído más que sinsabores. Desde niño dormía con la boca abierta de pánfilo para no atragantarme (seco el paladar, no: socarrado como tiro de chimenea antigua y con mocos negros empedernidos e inmemoriales). Luego a los veinte me operaron de tabique, que mejor habría sido demolición, desescombra y levantar de obra nueva. De nada me sirvió que un tal Alarcos Llorach, Antonio, me embuchara varios metros de gasa durante siete días oníricos en la Cruz Roja de Pucela. A la semana, igual que antes. Mi rinitis, mis cornetes enfermos, mi sinusitis me llevaron de vuelta a las gárgaras nocturnas y a una milagrosa pócima (que he utilizado casi cuarenta años) cuyo nombre venerado es Utabon Adultos. Hasta que he tenido que dejarlo por prescripción facultativa de mi admirado amigo médico FFP, so riesgo de envenenarme y morir de una puta vez. Por la nariz, como muere el pez por la boca. Como otros mueren también por la barriga o la bragueta. Yo el más gilipollas de todos: ¿A quién se le ocurre? ¡Por la puta nariz!
Ya había descubierto con horror a los catorce años que mi napia no era precisamente la mejor tarjeta para seducir princesas (eso sí, la amistad la he tenido siempre asegurada con todas), y a los treinta me autoconvencí de que era la marca del genio: este pico de águila lo había gastado Julio César y mi más encumbrado héroe, Cyrano. La tipificaba incluso don Julio Caro Baroja en un célebre ensayo sobre fisiognómica que me compré, por supuesto, en el Círculo de Lectores. Esta mía se catalogaba como perfil de sabio. Me lo creí hasta los cuarenta en que mi conclusión implacable fue admitir que esto que yo tenía no era una enfermedad ni mucho menos; pero que yo no era ni más ni menos que un narizotas. Y que se fuera a tomar por el culo don Julio Caro.
La cosa es que con cierta frecuencia (hoy en la actualidad) se me reseca y no me deja descansar bien. Y aquí llega mi tragedia clásica. Porque lo que no soporto es que el sueño me haga cabecear sobre el teclado y no poder escribir. Eso sí que no. Y estoy por hacerme definitivamente la cirugía ética y estética. Con algunas críticas familiares, sibilinas, soterradas, inmisericordes, sobre la herencia transmitida con un impuesto de sucesiones muy oneroso.
***
Estaba claro. Desde el momento en que leí el artículo de JM en EPS me di cuenta de que tendría réplica por parte de los numerosos imbéciles de la corrección biempensante (palabra que existe y que no me he inventado). Y si no, mira el diccionario, ceneque. Y esta última también existe, compruébalo. Lo que sucede es que dejamos por indolencia que muchos vocablos se empolven y terminen haciéndose invisibles. Es importante soplar en el diccionario para que asomen los lomos de piezas deslumbrantes. Eso es el arcaísmo.
JM es novelista de mi devoción, cómo no. De prosa con tiros algo largos, a ratos un poco enmaromada, pero de calado, de coherencia, de ley. Con eso me sobra para lo que es de uso hoy en la actualidad. Y por si no fuera poco, se sincera todos los domingos con un artículo que algunos creen que es valentía y yo considero que es llanamente de libertad intelectual. A él me parece que se la trae al pairo lo que piensen unos y otros sobre los asuntos que aborda y cómo los enfoca. Es la opinión más neta del periodismo actual.
El caso es que revisó el otro día eso tan de moda del “Mi-Chu” y dijo lo que cualquiera avalaría: que no todas las mujeres son víctimas y no todas son sinceras. ¡Y a cascarla! Y le ha salido una legión de piojos a su cráneo despejado y privilegiado. Pues ha terminado en el rollo (el de piedra y el internauta) de las redes sociales. Por fin, sabemos que también es machista y sexista. Como tantos que poco a poco nos vamos destapando. Y parecíamos progres. Últimamente el pensamiento es que es muy sexista. Pensar es patriarcal.
Y en vez de rectificar noblemente, JM, el escritor que no está actualizado ni practica las NNTTIICC y todavía se sirve de una máquina de escribir mecánica, se ha descolgado con otro artículo aún más reciente en el que llama memos a quienes han manipulado y alterado el final de la “Carmen”, de Merimée y Bizet, porque es menos sexista que en vez de morir la cigarrera muera su celoso amante (que es el cambio que han introducido). Esto en la Ópera de Florencia. Todo ello es lo que critica el feminófobo de JM. Y se sospecha que es muy probable que esté también en contra de alterar el final de Otelo en aras de una discriminación positiva. Esto lo propone una asociación de profesoras de filosofía y madres, partidarias también de cambiar el final de los cuentos de tradición popular oral. Bueno, y Penélope Cruz como actriz y madre. Los finales violentos, solo.
Y yo, que estoy hasta el perineo de tanta estupidez, a punto me encuentro de solicitar un homenaje en el parlamento regional de mi comunidad autónoma para reponer el buen nombre de este mi celebrado y cerebrado escritor. Con una condición: que no asista al evento alguna articulista que participa en periódicos de provincias y betselera perdida. Esta que tenga prohibida la entrada. Su delito es aún mayor que el de quienes atacan a JM: su delito es defenderlo. Porque no hay peor cosa para la literatura que los aduladores muy premiados y mediocres, que se revuelcan en una prosa deplorable, atestada de topicazos como colgajos, de frases tan hechas que de puro hechas saben a pasadas y chamuscadas, de razones tan de orden que terminan por parecerse demasiado al pensamiento dominante de quienes combaten al escritor limpio de servidumbres. En fin, que no hay peor cosa que un mal escritor. Por muy betselero que sea.
***
Lo sabía. Ya han caído en la cuenta los especialistas que ha congregado Pucela en el Homenaje a Zorrilla. Lo chillan in extremis, en el mismo momento de la clausura del Bicente. Que hacía falta como agua en mayo una reedición de sus “Recuerdos del tiempo viejo”. Que no hay hijoputa que lo pille ni siquiera en librerías de viejo y muy de viejo. Ahora solo queda por resolver que la digitalización de los documentos en red resulte más o menos legible. Un defectillo que alguien podría corregir con buena voluntad…
Y también se ha percatado la municipalidad, que se ha decidido a poner la guita y ha encargado el prólogo a ADS. ¡Felicidades a todos! Lo que más agradecemos los aficionados es que se haya terminado por reconocer que el más grande Zorrilla está en esa prosa (él, que era tan chiquito de alzada). Y el más moderno de su tiempo (él, que pasó como una antigualla a la historia). Como si hubiese tenido que pedir perdón por vivir casi ochenta años. Para un romántico, digo. Se tenía que haber muerto pronto, al estilo de los románticos ingleses… Como es debido. Eso era lo guay. Solo que Zorrilla era más de Víctor Hugo, el hombre. Y este aguantó ochenta y tantos. Con un par.

25/02/18
En el estimulante paseo de esta mañana adivino por primera vez que el invierno retrocede y quiere emboscarse. Un sol y una luz que llaman ya a la primavera. Como la visión de una mujer con vestido floral a la que conocemos de antiguo y que nos reenamora en el acto y a la que le pediríamos si quiere casarse con nosotros. En el mundo de la imaginación y de los sueños, claro, donde todo es perfecto.
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Surge una estructura de novela, de pronto, en mi cabeza. Tiene dos partes. Se me antoja que la primera discurre con la facilidad insólita con que suceden los hechos en la realidad; la segunda, más laboriosa, regresando hacia atrás como quien deshace un camino recorriéndolo de espaldas. Quizás por eso le vendría bien en el título la imagen de “Guante suave”. También podría llamarse Ágata la protagonista, por el discurso analítico de su estilo que me recuerda al de AC. En un género híbrido entre lo policiaco y el terror.
Esta idea que hoy cultivan algunos escritores creo que procede en parte de mi viejo maestro RG. Éste recurría a la novela histórica. Simultanear narraciones muy biográficas con otras de ficción más libre, y otras de género prefijado. Sería una manera de atraer lectores. Dejo para más adelante el esbozo de argumento, cuando vaya fermentando en la interior bodega.
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Hoy mi tío L. ya se ha decidido a salir solo aprovechando una temperatura buenísima. Tiene que andar todos los días un poco o se quedará anquilosado si se apalanca hasta el día que le llamen para la operación de cadera. Ha venido contento después de una hora. El paseo le ha entretenido y le ha dado confianza. Espero que se hará pronto con este pueblo, que tampoco es Valladolid. Para mi sorpresa, una de sus capacidades más normales es la de orientación. Y si desatina, no es nada cobarde y sabrá dar referencias claras. Luego, su problema ha sido abrir la puerta de entrada al edificio, o la de casa, o el ascensor, o cualquier otra cosilla tan insignificante que a uno ni se le ocurriría pensarlo. Pero con eso hay que contar.
Como no tiene más término de referencia que nuestro pueblo, sus comentarios habituales sobre lo que aquí va descubriendo son por comparación con lo que había visto durante toda su vida. “Pues esto es como en Piña. ¡A ver! ¡Qué más dará!”, me repite machaconamente. Y no hace más que recordar gentes y hechos del pasado, el pobre. ¡Ah! Y no hay día de este mes que ya lleva viviendo con nosotros que no eche de menos alguna cosa (también un orinal) que tiene que traerse cuando volvamos de visita al pueblo.  De visita, me digo para mí percatándome del matiz.
Mi hermano se plantea si podremos regresar en adelante y pasar allí un fin de semana, un día de celebración siquiera, con normalidad. Y por esto se entiende que funcionen las cosas. Por ejemplo: ¿cuánto tardará en fallar una calefacción que no se usa a diario? Porque las cosas también terminan abandonándonos y yo sé que están agonizando en pos de mi madre. Cuando R. ha entrado por allí, de paso, la temperatura ya rondaba los ocho grados en el interior. Eso me dice.
Para mí no es una medida exacta sino un símbolo. Mientras mi madre cruzaba el Puente Viejo, hacia el panteón del que estaba más orgullosa que si hubiese comprado una mansión (más arriba la ladera de los pinos y la Senda del Pan), un invisible silencio entraba en nuestra casa. El silencio que termina haciéndose un frío sólido. Y eso es lo que hay ahora en el caserón. ¡Tan imponente, tan seguro, tan pintadito de amarillo albero! ¿Qué hebra de luz diurna se filtrará en un último gesto caritativo? ¿Qué hilo de farola vibrará en este momento de la noche en la esquina de un mueble, en una viga, en la cal de una pared?
¿Qué pensará mi amigo, casi mi hermano, mi parigual, JLC, cuando aparque junto al Ayuntamiento o pase calle abajo y vea las persianas totalmente abatidas, la fachada indiferente, la clausura y la claudicación de mi raza? ¡Él, que tantas veces llamó a esa puerta y entró a buscarme! ¡Él, que sabe como yo, que todo eso es ya polvo posándose con lentitud hasta tapar el eco apagado de sonoras palabras de otro tiempo y alegres risas…!
Por mi parte, una sola cosa nada más tengo clara cuando vuelva al caserón. La Melchorita, la muñeca de gomaespuma que le regalamos estas últimas navidades, confeccionada a imagen y semejanza de la que ya se fue, debe volver a Aguilar con nosotros. La pondré sobre la mesilla de noche de L. Para que vele por él. Y por todos los que quedamos dispersos. Sin nuestra casa.
Esta es la pensión o el cargo que me ha dejado mi madre. Y esta es la obligación que me ha impuesto la vida después de casi cuarenta años de docencia: tendré que aplicar toda mi sabiduría a enseñar lo básico a L., porque en cuestiones de convivencia está a cero, en pañales. No está mal el programa de futuro, ¿eh? Y, sin embargo, es lo que me ha tocado y estoy contento.
Desde el primer día en el hospital, cuando comprendí que mi madre se estaba muriendo, lo percibí con claridad. Esa misma noche, tumbado a los pies de la cama, incapaz de una sola lágrima, mi rabia me ayudó a resolver con rapidez inaudita la decisión correcta. Ya estaba hablado desde mucho antes con mi hermano, no había dudas. Pero lo que cuesta es la determinación final para llevarlo a cabo. Y así lo he hecho sin pensármelo un segundo más. Me las había prometido muy felices con mi jubilación (ya a menos de un año). Mi viejo sueño de hidalguillo castellano que vive de sus rentas estaba a punto de materializarse. Todo el tiempo para mi familia y mi literatura. Y, en efecto, así será más o menos; o sea, todo el tiempo para las tres eles: Lourdes (mis hijos), Lázaro y la Literatura. 
En todo caso, tampoco quiero dejar la impresión de que L. es una carga aunque mínima. En ningún caso. Su docilidad le salva. Hay que reeducar sus torpezas, pero es maleable como un animalillo doméstico. A veces, sentado en el sofá, dormita silencioso y se le ponen unos ojos vidriosos e insondables. Y enseguida entiendo que es la profundidad de la nada. Un gato cariñoso e inofensivo que intercambia su compañía. Pero de carga, nada. Es más, la generosidad de mi hermano no ha puesto tasa en lo material. Desde luego, L. no está aquí a carga cerrada. Y esto, que para mí no es decisivo porque se refiere a alguien mío, es importante señalarlo en compensación del resto de la familia. Ellos no han escatimado un solo esfuerzo, es cierto, en una acogida impuesta por mi parte. Sin embargo, L. no ha venido con nosotros a ahorrarse nada. Y justo es reconocerlo.

27/02/18
La novela como género inexistente. Ni estatuto clásico ni futuro. La novela, si acaso es un género, es artefacto para deconstruirlo, desmenuzarlo, despedazarlo, presentarlo fragmentariamente. Y si tiene sentido es como reelaboración por parte del lector, no como revivificación por parte del escritor.
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El diario, sin embargo, es trampolín para saltar a otros géneros. Admite todos con flexibilidad nada forzada. Es ese cochecito o utilitario familiar que se va convirtiendo poco a poco en bólido, hasta que despega y se transforma en avión, toma velocidad supersónica y finalmente desaparece en el espacio hacia otra realidad, pasada o futura.
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No sé qué pensar, hombre, sobre lo que me cuenta JI (un pariente mío de Valmedio, casado con una prima). Ciertamente, mantiene opiniones muy curiosas. A veces, expresa descarnadamente verdades como puños, y otras raya imprudentemente la ignorancia propia de quien adolece de falta de preparación. Bueno, la verdad es que es un poco a bulto y manta, como decía mi madre, quizás de oídas de boca de su abuela María la Montañesa. Es lógico que la procedencia de esta última la inclinase al arcaísmo y al uso conservador de la lengua.
Se van enfriando como las tardes que trae el invierno, dice JI de las mujeres. Sin ton ni son. Bah, lo tengo visto y comprobado. Están un poco altas hasta que las preñas y tienen los hijos. Y luego después se van haciendo perezosas y cumplen por tenerle a uno atendido. Nada más. Llega un momento en que ya no lo hacen nunca por gusto. Y estas nuestras menos, apostilla. ¿Y qué sabes tú?, le retruco. Y dice que se refiere a las de esta tierra, que son ásperas y frías como cantos (piedras) de madrugada.
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Me vuelvo a encontrar con él en el paseo. Es tan típico que en realidad podría confundirse con muchos de genuina ascendencia vilafriense. Nos cruzamos en el camino que continúa a la derecha de la depuradora hacia la autovía y la pasa por debajo hacia Villaescusa. Allí hay un solitario caserío o alquería ya tan decrépito que la ruina amenaza su pared de fábrica, que ya es decir.
Aquí seguramente hubo un monasterio, ¿tú que crees?, me dice el erúdito (tilde en la u). Es hombre de libros porque ha ejercido al menos un tiempo de comercial del ramo. Hace falta ser pelele para creer que estamos ante un vestigio arqueológico. Pero él pone cara de mucha perspicacia y penetración. Ya digo que es aquí un tipo corriente. Tiene el convencimiento de que aquí das una patada a una piedra y surge un eremitorio, una iglesia románica o un monasterio mostense. Es el síntoma en ciernes de todo nacionalismo: ombliguismo, palurdismo y localismo.
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No es que sea frecuente ni mucho menos, pero hoy me ha ocurrido una cosa curiosa en clase, con niños de primero. He interceptado uno de esos recaditos que se envían por el aire, escritos en un minúsculo trozo de papel rasgado. No lo he visto, por supuesto, en el instante de salida, pero deduzco que me he girado desde mi posición en la pizarra y el mensaje ha quedado en el suelo casi a punto de expirar, como un pajarito que aletea herido de muerte por congelación (hoy hemos alcanzado los menos diez bajo cero a las ocho de la mañana). Cuando he paseado momentos después entre las mesas observando cómo se realizaba la tarea encomendada, lo he descubierto. Desplegadas sus alas, decía: ¿Tú a qué cinco de la clase te follarías? Dime la verdad. Es obligatorio contestar.
No tenía ni una sola falta y la letra era inequívoca. Además, ya al comienzo de la sesión había observado a alguien haciéndole a distancia gestos de mamada de plátano a una compañera. Ella no se ha dado por aludida y ha cambiado la vista. Son alumnos de doce años, ¡por Dios bendito! Le he hecho saber que me parecía de un machismo monstruoso (así me ha salido) y que lo pondría en conocimiento de la autoridad competente. Más tarde, reflexionando, y como conozco el caso con exactitud, he decidido dejarlo correr. Tal vez no sea más que un preadolescente al que las hormonas le abultan la bragueta con el riesgo de que le salten los botones y le den a alguien en el cogote.
Y he reflexionado más. ¿Monstruo? ¿Qué clase de monstruo eres tú, mon semblable, mon frère, que no has pensado nunca en follarte a una alumna o a una prima o una a cuñada? Madurar también es controlar la fantasía. Y esto es lo único que hay que enseñarle al caballerete. Pero juzgar como un monstruo a un adolescente por algo así es desconocer que en el primate que ocultamos apenas se ha producido todavía la evolución suficiente para establecer un tabú con la madre y las hermanas. A todas las demás, sin un férreo control de los instintos embridados por la educación y la cultura, no las salvaría ni la caridad. Hace unos días he leído en el periódico a una especialista que señalaba que el machismo tiene origen biológico. Obvio. Pero traigo aquí el criterio de autoridad por si las moscas.
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Mañana tengo que bajar a Palencia a la reunión de coordinación de la Selectividad. Es insólito que nos convoquen, por vez primera, a la exposición de unas instrucciones por viodeoconferencia. En realidad, para no añadir nada a lo ya sabido. Me imagino. Este año tenía yo interés en preguntar por qué no pude localizar el curso pasado a los responsables para cobrar el desplazamiento. Asistí pero se me olvidó pedir certificación o tomar una foto con el móvil de la relación de asistentes, que me hubiera valido igual. Que no digo que tengan que pagarlo, pero son doscientos kilómetros y obligan a un esfuerzo. Y puesto que se paga, coño, pues a poner el cazo. Pues no conseguí que me dijeran dónde fue a parar la dichosa lista.
Bien es verdad, por otra parte, que voy porque aprovecho al mismo tiempo a visitar a algún amigo, tomar un par de cafés y tener un rato de buena charleta. Me encanta cambiar impresiones literarias con CA, por ejemplo. Después de la cita académica, hemos quedado en la bendita puerta de Santa María Estela. Me llama ese lugar. Y mientras paseo en espera de mi amigo, evoco la figurilla menuda de mi tío L., el cura que ya no está en aquel despacho parroquial ni en la iglesia, ni mi abuela y mi tía en el piso primero al lado de las escuelas… Nadie me espera allí, salvo en ese otro plano en el que el tiempo es cálido y sereno, y se oyen las voces amadas y suenan los besos de bienvenida, y no existe el tiempo ni la muerte… Porque ya solo en el largo manto de fantasía que despliega mi mente en derredor, a lo largo y ancho de mi vida, viven los Gabiluchos y los Melchores. Solo allí siento todavía la emoción verdadera y el sentido de la existencia. Si no fuera por eso, tendría que tomar una decisión… Solo este pequeño brote que podemos considerar del espíritu, me salva. Así le habría gustado llamarlo a mi tío el cura.

01/903/18
Bien, ahora ya puedo decirlo en voz alta y clarito: lo de antaño de los titiriteros en Madrid, el libro Fariña, lo de Carmen la de Merimée y lo último de ARCO es una radical equivocación. Pero a partir de la entrevista que he leído esta mañana, más cargado de razón me considero... Prohibir o censurar toda forma de arte es un error, como declara sin rebozos don MVL. Este lo hace extensivo a la cultura en general (yo tendría algún pero que ponerle a esta ampliación, pero pase). Sin embargo, lo significativo de las palabras del premio Nobel es que también le parezca antidemocrático. Aquí estamos plenamente de acuerdo. Y cuando da en la diana de lleno es al decir que la obra presentada en ARCO es una estupidez y un adefesio. En democracia, añade, “abramos las puertas al pseudoarte y a la pseudoliteratura”. ¡Qué tío más listo es este! ¡Qué bien la ha clavado!
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También sobre el asunto catalán vuelve una vez y otra MVL, sin remilgos. A mi entender (y a las estadísticas más recientes me remito) el apoyo colectivo está en retroceso, porque sus líderes han tenido que responder ante la ley. No hay que olvidar que detrás de todo el proceso está una manipulación de las elites autóctonas. Y no solo políticas. Se ha producido una intoxicación más o menos deliberada que ha derivado en psicosis colectiva, en patología social. Se ha consumado un fenómeno auténticamente narrativo de autoficción. Una realidad alternativa. Un mátrix.
También lo señala el perspicaz intelectual recién mentado refiriéndose a una de las características más peligrosas que ha entrado en juego y hemos sufrido en sus efectos, a punto del colapso. Me refiero a la violencia. Queda pendiente el estudio de futuro que analice la utilización sibilina de la fuerza de la calle que se ha proyectado contra el Sistema. No se recordaba ya la utilización de la masa visceral de millones (dos, dicen) de representados contra el Estado, por parte de sus representantes, que forman parte de ese mismo Estado. Parece una tautología o un juego de palabras un tanto enrevesado. Un círculo vicioso. Una pescadilla que se muerde la cola. Hic est draco devorans caudan suam. Ha sido así. La violencia colectiva en Cataluña, disfrazada de apoyo democrático, ha sido el argumento fundamental de la rebelión intentada.
Ya digo que percibo en lenta retirada a los inductores. Y, por tanto, a los inducidos. Otros han dicho “abducidos”. Como si allí una parte muy grande de la población estuviese despertando en este momento de un mal sueño. Pero ya conté más arriba, hace tiempo, que el Frankenstein generado no puede morir más que a manos del propio creador. No valen remiendos (que es la fase en la que ahora se encuentran instalados los responsables). Hay que matarlo.
Naturalmente, nada debe achacarse a los catalanes. Estos han sido víctimas. Todos ellos. Incluidos los que han seguido ciegamente esa locura.
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Seguro que ahora también está lloviendo por allí, me dice L. Allí significa Piña. Y me recuerda que hoy habrán celebrado allí el día del Ángel. Seguro que habrán comido de cojones, claro, me dice. Se pasa muchos ratos mirando por la ventana el poco espacio transitado que permite la orientación de casa. ¡Cómo lo aguantará! Pero me confiesa que no se aburre. Y yo le animo diciéndole que cuando baje al piso de mi madre tendrá mejores vistas y más entretenidas todo el día. Desde esa otra atalaya será como ver un Aguilar distinto, mucho más laborioso y movido. Para él resultará toda una cámara de cine ante sus ojos un poco rasgados, desprotegidos, indiferentes.
Aquí también hay mucho perrillo, hombre, me dice. Seguro que si se encontraran con el de la Alegría o el de Fernando no se las montanteaban con ellos. Allí. Que esos no se acobardan de nadie. Por muy grandes que sean los otros, van a por ellos como fieras. No sé, hombre, por qué será. Me dice L.
Está contento porque ya han llegado los papeles de citación para el preoperatorio. Si le queda bien la cadera, será una suerte para todos. El asunto de la operación lo repite hasta aburrirle a uno. También es consciente de que tendrá mucha más libertad y su vida mejorará en otra de las cosas que más puede beneficiarle: los paseos libres por Aguilar, conocer esto y hacerse a ello teniendo en cuenta que para él es poco menos que descubrir NY. Él sabe sin reflexión que normalizar la rutina diaria es la base de su bienestar. Levantarse a su aire a las 8,30, comprar el pan a las 10,00, darse un garbeo por la plaza si hay mercado, llegar a comer con precisión de reloj, pasear un rato largo por la tarde embobándose con cualquier menudencia callejera, cenar las sopas de ajo a la hora exacta, acostarse a las 11,00… Y sentir el calor de nuestra compañía familiar. Ese es su programa y no pide más. El resto, discreto como el gato domiciliario que lleva dentro. Mi madre decía que no quería dejarnos este recado, pero que este iría detrás de ella en poco tiempo. Yo voy a intentar en lo posible que no sea así. ¡Una bobada de mi madre!
Vale. Interrumpo. Me llama por teléfono Moncho…

02/03/18
El amago timidísimo de primavera se ha arrepentido. Algo ha subido la temperatura, pero con un aire violento, ayer noche, y hoy con lluvia suave todo el día. La sensación desagradable que produce la humedad, me asegura, sin embargo, la hidratación de la nariz y gracias a ello puedo descansar bastante bien. Como ocurre cuando voy a Santander. El resto del cuerpo, bien, sólido para la edad. Menos unas molestias sobre los hombros, musculares o levemente artríticas, que también he achacado a la postura en el sillón cuando tengo que incorporarme y completar la noche de esta manera en que ventilo mejor. Levanto los brazos en cruz y parecen las dos alas tocadas o mojadas de un gavilucho. Aliquebrado, pero sin mayor importancia.
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Soy muy consciente de haber comenzado la cuenta atrás en el año restante para mi jubilación. Lo percibo con una sensación agridulce, porque estas cosas no son exclusivas de la razón. Es imposible. Con toda sinceridad, me parece que es una cuestión de justicia tanto como una ruina imposible de mantener para el sistema. Pero no hay docente en los niveles de primaria y secundaria que no se acoja a ese derecho, porque la enseñanza también desgasta. Sencillamente. Se crea lo que se crea. Además, una vez fuera de la vida activa, apenas se echa de menos. Lo tengo comprobado en otros.
Y también es cierto que un pequeño vértigo se acusa cuando uno trata de imaginar el salto en el vacío. En esto la docencia es especial: algunos no hemos salido de las aulas desde los cinco años. ¿Hay existencia fuera de ese líquido amniótico? Me digo que sí, que pequeños proyectos, que ningún compromiso enojoso, que dentro de mi casa ya existe todo un mundo y dentro de mi buharda el universo. Ataraxia. Sobra calle y sobra ruido.
Tan solo una pequeña parte se pierde. La experiencia actual en las aulas está en su punto máximo. Esta misma mañana compruebo que unos niños de apenas doce años, excitables y malcriados, traen de cabeza a todo el equipo. Amonestaciones, broncas y partes de disciplina. Esta es mi ventaja. Las dos últimas horas de un viernes recurro a mi mayor tesoro: improvisación y tablas. Basta la pantalla digital con unas pocas reglas de ortografía, unos ejercicios sencillos y una música que a ellos les priva: Solita. Volumen muy bajo, miradas fijas en las instrucciones y gestos cavilosos. Mucho silencio mientras trabajan. Llega la hora de salir sin enterarnos. Ataraxia.
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No me explico cómo percibo de una forma tan grata la música de AS. Pongo su música para piano y me tranquilizo (también yo, como un alumno díscolo y necesitado de instrucción). No pueden coexistir, me digo, dos realidades tan disparejas: mi oído de burro y la disonancia dodecafónica. Sin embargo, algo funciona. Porque me tranquilizo. Contra lo esperable. Es quizás de la poquísima música seria, clásica, que soporto ininterrumpidamente durante horas. Un misterio gozoso.
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Mira y remira en cien ocasiones. Se levanta renqueante y se asoma una vez más, apoyado en la cachava. ¿Qué ve? Si fuera no hay nada relevante ni entretenido. Como el gato orondo que espío a temporadas muchísimas veces encaramado a una repisa de ventana, en un piso vecino y frontero, al otro lado de la calle. Tal vez miran los dos, el gato y él, por el gusto de observar desde dentro, desde el lado interior de la ventana, desde la calidez y la seguridad de la casa.

05/03/18
Me entrego despiadadamente a la nostalgia. Quizá la lluvia. Es como rendirse de nuevo al tabaco y abandonar la ración diaria para clavarse un par de paquetes seguidos. Sí, alguna vez claudicamos. Y en este fracaso encontramos una fruición especial, un malévolo espíritu recuperado o una crueldad deliciosa. Tal vez sea también el instinto de matarse. Con estilo.
Paso un par de horas que me dejan exhausto transportado por la música de los 70. Una de mis peores tentaciones. No sé cómo he ido a parar ahí, pero me he descuidado diez minutos y ya no ha tenido remedio. Los nombres no importan, ni los cantantes ni las canciones. Lo fundamental es un empalago excesivo que te embadurna el corazón transportándote a un lugar fuera del tiempo. O detenido en el tiempo. Hasta los veinte años o hasta que comencé a trabajar. Cualquiera de esas píldoras de mermelada es más potente que la razón. Me derrite esa música pop con sus baladas horteras.
Lo significativo es que después de un rato de atracarme oigo que sube mi tío L. al servicio de arriba. El traqueteo perezoso y torpón de los pies inseguros, la cachava afincándose inestable y la sujeción poderosa en el pasamanos. Gracias a que lo hemos puesto, no se me ha despeñado. Enseguida le llamó y entra en el estudio. Le pongo en youtube a Manolo Escobar porque sé que va a señalar a uno de los hermanos guitarristas. Apunta con dedo inseguro y dice: “Baldomero”. Este es el más expresivo de los tres, alegre, bailón, se inclina y se retuerce como si estuviera desempolvándose la zambomba. A L. le hace gracia (yo lo sé desde niño) y se ríe. Luego dice que antaño había “buenos cantantes de cojones, hombre”. Como Antonio Molina. De inmediato le pongo “Soy minero” y se fija embobado. Los ojos le traicionan, se le humedecen. Vuelve la cara y mira por el velux. Yo sé que ahora mismo también le ha herido el tiempo en fuga. “Bueno, voy un poco abajo”, me dice. Me río para mis adentros. ¡Qué puta es la nostalgia! “Ahí también se verá Piña, ¿verdad?”, me dice. Sabe que podemos viajar por sus calles con el Google Maps porque ya lo hemos hecho otras veces.
Le observo de espaldas mientras se dispone lentamente a bajar. Se me pierde la vista, se me enturbia en el tiempo. Y entro sin transición en la estufa de casa. Es invierno porque noto la calidez de la gloria. El sofá a la izquierda, gris, isabelino en pobre, seguramente comprado de segunda mano, repintada su madera… L. está solo, sentado y nimbado por el humo, y fuma un Celtas mientras escucha la radio casi a oscuras, apenas un tímido resplandor de atardecer en la ventana. Y en el rincón más interior, en alto sobre una balda con el voltímetro, el otro escaso parpadeo de luz en la radio. Lo estoy oyendo sin mácula alguna. Es un ritmo pegadizo que he escuchado ya más veces con mis oídos aguzados de niño. También la voz me resulta conocida. El estribillo dice “Black is black”. Aunque no puedo saber qué significan esas palabras. Solo tengo seis años. ¡Ay, qué puta nostalgia! (Creo que hoy no voy a poder escribir mucho más).
Otra vez aquí, los dos solos, después de más de cincuenta años. Solo él en su limbo. Y solo yo como el ser solitario que siempre he sido. Aunque oculte mi soledad en el corazón como en un bolso interior. ¡Madre! ¿Por qué me has dejado a solas con este bendito? 

11/03/18
Enredado con patas de araña en varias y diversas obligaciones impostergables. Ya daré cuenta más adelante. Hoy tampoco puedo entretenerme. Solo saludo. Una lección saco de ello: o espabilo o no llegaré donde quiero.


13/03/18
Las obligaciones con los preparativos para la operación de cadera de mi tío me tienen ocupado en gestiones de aquí para allá. No me quejo pero me jode, claro. Me resta el tiempo disponible para mis notas. Él está contento como un niño pequeño, convencido de que todo se lleva mejor si hay salud. Ya brujulea por las calles en busca de las referencias que le interesan. Se orienta mediante detalles inimaginables para los demás. Pero ha recorrido el pueblo de una punta a otra. Hasta el punto de que ha abusado de sus fuerzas y anoche estaba jodido; me ha dicho que ha dormido de un tirón y hoy no le ha apetecido salir. Estaba cansado de forzar la pierna buena y le dolían las dos. ¡Sabe dónde está Cajamar! ¡Nos ha jodido! Y me propone acercarnos un día a poner la cartilla al corriente. ¡A ver si aquí también le ingresan la pensión…!
Por otra parte, el día de la visita relámpago a Valmedio se nos fue el poco tiempo con que contábamos en parabienes. Ya volveremos con más pausa. Naturalmente, se percibía indirectamente el interés de los pueblos pequeños en el asunto cotilla de las perras. No me extrañó porque me conozco muy bien el paño. Van y vienen envites y largas cambiadas (como pasó cuando murió mi abuelo) sobre lo mucho que hay que repartir. Y ahora se reaviva esa curiosidad un poco simplona de los pueblos, con la herencia de mi madre.
Ya aprendí entonces que no hay que desmentir. No me quejo, contesto. Pero sé que esta información es muy poco precisa. Por eso hay algunos que aguzan el ingenio, como JI (un pariente mío), y proceden de formas tan singulares como la aproximación en círculos concéntricos, de fuera adentro. “Pasando los cincuenta, el que no tiene cincuenta millones en tierras, cincuenta en casas y cincuenta en perras, es que no ha hecho nada en la vida”, me asegura con gesto de indiscutible sabiduría. Me lo dice él… (me callo). “Eso mismo creo yo, sí señor, por ahí va la cosa”, me enroco. Tampoco puedo mentir absolutamente porque en estos lugares pequeños le tienen a uno muy bien echada la cuenta. Desde luego, nadie cercano desconoce lo mucho que trabajaron y ahorraron en mi casa. Eso es verdad. Y dejamos la conversación así, con una sonrisa en la boca de mi pariente, convencido de que ha pegado casi en el centro de la diana.
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En la literatura moderna, efectivamente, ahora que lo pienso, muy pocos escritores han hablado de dinero a las claras. Con mucha valentía y un punto muy rico de cinismo, puso sus cuentas claras mi admiradísima y entrañable MS en su último libro. Vivir de escribir historias es hoy una profesión supercomplicada. Mantener el nivel económico al par que la calidad artística le puede costar a alguien el pellejo. La gloria literaria (siempre tan resbaladiza) entrando en la tercera edad y sin jubilación ganada a la vista, no es algo que me antoje muy deseable. Para empezar, hay que moverse mucho cuando el cuerpo comienza a sentirse como un peso. ¡Quita, quita! Ni a mi mejor enemigo…
“Del monte en la ladera, por mi mano plantado tengo un huerto”, según rezaba la lira de Fray Luis. Este debería ser el ideal tan bucólico como metafórico de todo el que toca los sesenta. Por mi parte, ya he dicho en otro lugar que mi viejo sueño de hidalguillo mesetario se cumplirá (Dios mediante) cuando consiga el objetivo P-6. O sea, un Plan 6000. O séase, seis mil al mes, ya sin obligaciones laborales. Para ello hay que haber azacaneado bastante antes de llegar a la edad provecta. Puede que yo sea uno de esos agasajados seres tocados por la varita justa de la fortuna. El tiempo y la salud lo dirán. Del dinero, bien seguro lo tengo. Por lo tanto y en conclusión, ¿quién me manda a mí a estas alturas meterme en berenjenales de escritor profesional, si como indepe tengo todos mis libros publicados (o en vías de publicación) con dignidad, comodidad y de gratis et amore. Cada cual se lo haya y con su pan se lo coma. ¡Que el Gigante Amazon se engulla la mayor parte de lo mío con tal de que me envíe, de vez en cuando, un libro autopublicado a casa, y perfectamente embalado!

14/03/18
Con la expectativa de la jubilación a vueltas, pienso que el verdadero peligro vendrá por una parálisis en la actividad debida precisamente a contar con todo el día libre para uno mismo. Ahí puede residir la trampa y por eso tengo que evitarla desde el comienzo. Como si me estuviera esperando.
Lo digo porque hoy ha sido el ejemplo de lo que significa aprovechar el tiempo cuando se amontonan las tareas pendientes. Se trabaja más cuando más agobiado está uno de trabajo. He tenido que cumplimentar una encuesta para el instituto, escribir un relato para mi sobrino Rodri, leer varias cosas y ponerme a emborronar estas reflexiones. Pues me ha dado tiempo a todo.
Después le toca ducha a L. y de momento sigo supervisándolo, aunque me parece que ya va funcionando solo bastante bien. Pero las tareas con él se multiplican a la par de otras necesidades que también van surgiendo. Hoy he tenido que enseñarle a marcar números de teléfono en el inalámbrico para que se vaya acostumbrando a llamar a sus amistades de Piña sin que yo tenga que estar presente. Pero los dedos le bailan y le traicionan como si tuvieran electricidad. Es una disfunción nerviosa que padece de nacimiento. Yo también soy algo temblón en algunos casos. Venimos de los “teritas” de la Granja, me da la impresión.
En cuanto al relato escrito de un tirón y sobre una idea muy simple, me ha salido mucho mejor de lo que me figuraba al comenzar. El oficio se impone. Era una estampa al borde la muerte del Marqués de Condorcet, un ilustrado poco conocido. Eso sí, contaba con la documentación suficiente. Y para que se vea que la literatura reelabora la propia vida, al concluir me he dado cuenta de que he recurrido a algunos motivos como la vejez, el frío y la intemperancia, por ejemplo, que tienen que ver mucho con mi experiencia reciente. Y es que la literatura es un Frankenstein, en este caso hecha de trozos de la biografía de mi madre, de mi abuelo y mía propia.
Por cierto, que este Frankenstein que cumple doscientos años siempre me ha parecido muy logrado en su composición, pero adolece de credibilidad en muchísimas páginas. Es una novela malograda y, sin embargo, una completa obra de arte. Porque el poderoso símbolo sobre el que se alza convierte en intrascendente cualquier otro fallo. Tenía que habérsela mandado como lectura obligatoria a los de Bachillerato de Literatura Universal, pero al final me decidí por Madame Bovary. Al escritor siempre le traiciona la perfección formal. A los muchachos, me temo que se la trae floja la literatura.

15/03/18
“Son clásicas, míticas”, dice JI. Yo creo que lo que quiere decir simplemente es que son tradicionales. Y añade: “Son buenas para parir y para criar, pero después se van amonando poco a poco para la cuestión de la jodienda”. “Eso sí, te tienen atendido y se mosquean si pasas más de una semana sin ir allá”, concluye. Él está convencido de que sus conocimientos tienen validez superior al Master and Johnson. Pero sin saber quiénes eran MaJ.
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Esta mañana me cuenta FG, compañero de departamento, que se le ha caído una alumna relocha (¡un vahído?) en mitad de una explicación de literatura sobre las Coplas de Manrique. Parece que ha sido cosa de poco. Por eso FG me hace una broma en un aparte: “Habría que ponerle una medalla a tío Jorge si realmente ha sido el motivo de fondo que ha impresionado a la muchacha”. Y añade: “Y eso que estaba en la presentación y aún no había comenzado con el recitado de las Coplas”.
Por supuesto, me gusta la confidencia. Es oportuna y muy poética. Como solo pueden comprenderlo los letraheridos.
A mí me sucede lo mismo. El amor por las palabras le sorbe a uno los sesos. Precisamente estos días no dejo de pensar en dos asuntos que se unen sin remisión en mi cabeza como dos caras de la misma moneda: el asesinato de ese pobre niño de Almería y el debate público sobre la prisión permanente revisable. La tesis que la izquierda ha mantenido desde antiguo se contamina ahora de la crispación social. Y, sin embargo, en mi visión particular es un tema netamente literario. Como lo digo.
Tal vez se trate de una distorsión propia del oficio, una deformación de la mirada de un novelista. Pero no puedo evitar concebirlo como narración para verlo mejor, para entenderlo cabalmente. O quizás no es tan descabellado concebirlo de esta manera. A fin de cuentas, también el discurso público ha estado elaborado con elementos de cuento infantil y por ello ha impactado tan profundamente en la sensibilidad social: el niño feliz e inocente, su mascota, el descuido paterno, los rumores infectados, la bruja castigada… ¿No es esto una fábula de tradición oral?
Ya desde el título, también yo diría que le pegaría muy bien “No soy el diablo, soy el infierno”. Estas palabras cuadrarían con exactitud en una posible declaración de la asesina confesa. Una somera documentación periodística bastaría para reconstruir una historia de estructura tradicional, de estilo realista y de enormes posibilidades de atracción para los lectores. Ni siquiera habría que conocer policial o judicialmente la verdad de los hechos. La ficción no necesita eso. El resultado sería un libro comercial, no me cabe duda, y goloso para algunas editoriales. El mercado manda.
Pero hay otro punto de vista de dicha historia que produciría un libro más potente, en manos de un escritor de verdad. Un libro que mostrase sin juzgar los dos lados de la realidad: el externo de la víctima y el interno de su verdugo. Sí, también las razones de su verdugo, el fondo enfangado y pantanoso del corazón del verdugo. Sin necesidad siquiera de entrevistarlo, sin exactitud cartesiana en los datos, sino con óptica más bien naturalista y psicologista. En definitiva, una ficción. Menos comercial, más literaria.
No podemos instituir leyes directamente evisceradas de nuestros instintos. Tampoco podemos faltar al respeto ni fallar ni olvidar a los que sufren el desgarrón brutal de la desgracia. Es la verdad artística lo único que puede conciliar esta aparente paradoja. Es duro escribirlo, pero no podemos olvidar que la asesina no es el demonio propiamente, sino el lugar infernal en que la maldad pudo engendrarse. Cuando condenamos a alguien, también debemos considerarlo como una víctima.
La prisión permanente revisable hunde sus raíces en este planteamiento filosófico. Y una novela también puede ayudarnos a ver más claramente, en vivo y real, más allá de la propia realidad siempre aparente.

18/03/18
Humor podrido todo el día de ayer porque no he podido meter la entrada correspondiente en el Diario después de corregir lo de Primero de la ESO. No recordaba que anteayer anduve enredando porque se me había terminado la licencia de Word y no conseguí reactivarlo, hasta el punto de estropearlo tanto que el programa ni siquiera aparecía en pantalla. Con la ofuscación, reduzco mi CI hasta el límite bordelain y no caigo en la cuenta de que en casa hay al menos tres ordenadores en este momento.
Pincho esta mañana de domingo en el de Lu. Todo en orden. Mañana, al técnico con el mío. Pero juro y voto: ¿Y las ideas perdidas que pude recoger y hoy ya se me han esfumado? Esta es la tragedia de un diario, me digo muy solemne. Sin embargo, enseguida me consuela el tamborileo rítmico en el teclado. ¡Qué bien suena este! Una sinfonía al oído del escritor. Puede ser decisivo para mi narrativa, cavilo. En el mío el golpe de dedos es más sordo (creo que se lo voy a cambiar a mi mujer sin que se entere).
***
Y es que tenía yo prisa por echar todas mis bilis de los últimos días. No sé si debido al cansancio acumulado del trimestre. Pero estoy que exploto.  Algunas cosas que me producen una sonrisa de ordinario, en este instante me ponen del hígado. ¡Joder de dios! Había presentado yo mi “Libro verdadero” al premio ese y van y se lo dan a AP. Un texto “crudamente insolvente”, como lo califica con toda la razón (seguro) mi más admirado crítico, FC, arandino sin pelos en la lengua, nunca venal y de lo poco que queda potable en la crítica periodística independiente. ¿Cómo puede llegar a desvirtuarse un premio de tal prestigio con una novela como esa?, se atreve a preguntar el exegeta.
Acabo de decir más arriba que confío (seguro) en el acierto del veredicto de FS, porque en realidad yo no he leído todavía el libro. Eso sí, conozco algo anterior de la saga. El del perro. Por favor, últimamente parece que la banalidad, la insustancialidad, la frivolidad desnuda y pelona se ha impuesto; y, en definitiva, la comercialidad ha montado a la literariedad. ¿No se le cae la cara de tomate escurrido a un jurado tan consentidor?
O tal vez sea que yo no entiendo lo que el supertelevisivo BI (que también acaba de publicar libro y este sí que me cae bien) considera su mejor punto de vista, su óptica, su mirada: la frivolidad. ¿Puede esta servir de herramienta para hablar de asuntos de mayor calado? Eso me estoy preguntando. Porque estoy empezando a dudar de mis principios, vamos.
Uno es un clásico. Uno está preparado para comprender una película como la de “Macbeth” de anoche. Antes del débito (¡que se jodan algunas feministas rabiosas, no las fetén!). La de JK, por supuesto. Junto con el “Hamlet” de KB, no se ha llevado al cine moderno otra versión mejor que yo conozca. La neta lengua de Shakespeare, su buena adaptación del verso al lenguaje fílmico, sigue soportando por sí misma el resto: actores, música (excelente), imágenes… ¡Qué regalo para los preliminares del amor!
Y no esa cosa llamada “La llamada” que ha lanzado y han lanzado LJ al superestrellato. ¡Por Dios! ¡Que la retiren de la parrilla! Uno es un clásico (creo que me repito) y no soporta esa estética kitsch. Una cosa es salpimentar con toquecitos kitsch, al estilo de PA, o como podría hacerlo un novelista con elementos melodramáticos y ciertas concesiones al lector, y otra cosa es encumbrar lo hortera, lo caduco y lo fútil a la categoría de arte. O sea, que no puedo con todo lo que me recuerda los estetecismos del también televisivo domicilio de esa pareja de famosos con programa propio en la tv.
Y lo más de lo más es que los autores de la peli (primero obra teatral) han petado todos los premios. Y se los ve creciditos en algún programa reciente. Con lo cual podemos esperar segundas partes... Yo creo que estos chavales han querido imitar a Pierre et Gilles, y a Santi y Franco, y a otros así. Pero considero honestamente que no les ha salido. Bueno, que he leído un trabajo de fin de carrera muy reciente sobre el kitsch y se puede consultar en la red. Así podemos discutirlo mejor, ya que de lo contrario no conseguiremos entendernos. En fin, que no rectifico: que dudo mucho que la banalidad sea una herramienta artística. Uno es un clásico, ya está. Se trata de mostrar el fondo de lo humano. Y sospecho que eso es casi imposible mediante la técnica del jijiji jajaja. Por muy postmoderno que suene, no es más que carcundia disfrazada. Ya lo decían los teóricos marxistas que asistieron a los comienzos de esta expresión de la vacuidad.
No obstante, tengo que reconocer que no me molesta, lo aguanto mejor que otras inquisiciones de plena actualidad. Y aquí sí debería ponerme serio. Hoy mismo lo clava don MVL en EP dominical. Existe una corriente peligrosísima, multicultural y muy contaminante, que hace de la lengua y la literatura su campo de batalla. En literatura, concretamente, ya hay quien cuestiona con su veneno ideológico obras como “Lolita”, de Nabokov, acusándola abiertamente de ejemplo de pedofilia intolerable… (que habría que prohibir, aunque esto no se formule explícitamente). Si esto lo avala la pluma de alguien que se considera escritora, entonces es que nos hemos vuelto locos definitivamente.
Ya estamos de nuevo con los titiriteros de Madrid, el pastiche de SS en ARCO, las letras de rockeros más o menos cerebrados, etcétera. La obra de arte es una representación de la realidad mediante una abstracción verbal, señora LF. Lo que sucede en el tablero de ajedrez no es punible, aun tratándose del afán de decapitar a un rey. Cervantes no era machista ni Quevedo antisemita ni Colón colonialista. El soneto del toro de MH no es un alegato a favor o en contra del toro de lidia. San Juan de la Cruz no es sexista por expresar que le dio “a la caza alcance” refiriéndose a la conquista amorosa. Revisar la historia de nuestra literatura desde sus postulados, señora mía, es una memez. Recapacite. Flaubert no fue declarado culpable en el proceso. El arte es otra cosa y probablemente usted no lo ha entendido. Es el prejuicio, créame, que junto con el dogma lleva a personas inteligentes a la idiocia, literalmente (véase diccionario). Fray TdT era brillantísimo, de seguro, pero no era libre para pensar con sindéresis. Lo primero que debe uno revisarse antes de anatematizar son esos dos pistones: prejuicio y dogma. Pregúntese, pues, ¿yo creo que cualquier hombre es un cerdo en potencia?; y después, ¿yo creo en el hombre creado por Dios a su imagen y semejanza? Si la respuesta es afirmativa en ambos casos, debe apartarse de la opinión pública.

19/03/18
Va concluyendo este Día del Padre sin que mis hijos legítimos me hayan llamado. Es seguro que estarán centrados en sus estudios y por eso se habrán despistado. Hoy en día ya no hay nadie para quien signifique nada San José, pater putativo; de donde viene Pepe. Esto de putativo, por cierto, me recuerda que quien sí me ha llamado es mi hijo no reconocido. Ese no se olvida ningún año. Es fruto de mis amoríos de juventud en Belavía con una bella prostituta venida del Paraguay, que se dedicó en sus comienzos al textil y finalmente decidió ejercer de autónoma del amor. Le paso de vez en cuando una imperceptible cantidad de mis gastos superfluos. Ella siempre fue muy clara: Yo me he dedicado a lo que me gusta, sin chulos ni proxenetas de intermediarios. Y me ha ido muy bien por libre, pues de otra manera no dispondría de tanto cash.
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Constato por un titular de periódico que quien tiene bula para burlar el lenguaje políticamente correcto es BI. Yo nací puta y moriré puta, declara en letras bien grandes y negritas. El resto de los mortales resultamos sospechosos de alguna patología ideológica cuando pronunciamos palabras que suenan duras a los castos oídos de la modernidad.
En este sentido proliferan muchos pseudointelectuales que se la cogen con papel de fumar en cuanto oyen los nuevos vocablos tabú. Hoy le comentaba yo a alguien en confianza que necesitaríamos cinco millones y medio de inmigrantes en un futuro próximo para poder mantener nuestras pensiones. Lo había leído en unas declaraciones del FMI. Este sí puede dar su discurso en letra impresa y en voz alta. Nadie se escandalizará. Sin embargo, no pronuncies ni en bromas palabras como panchito, morito o eslavito. Suena ofensivo. Incluso dicho con cariño y en petí comité.
Son los nuevos tartufos, que no quieren oír cualquier palabra que los ruborice. Pero no contratarán jamás ni a un solo inmigrante para sus negocios particulares. Disimulamos el hipócrita que llevamos dentro. Pero ¿tú darías la reforma de tu casa a una cuadrilla de gitanos albañiles y desconocidos? No somos racistas. De palabra, no te jode. ¿Es que tú pides referencias sobre el resto de profesionales que desarrollan los más variados oficios para ti?
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Al Gobierno se le está volviendo toda la baraja bastos. Don MR no barruntó siquiera que serían los mayores, esa cantera siempre fiel, los encargados de botarle del sillón. Cada vez lo veo más claro. Hay un claro clamor de clarines pidiendo que los que ya llevan demasiado tiempo en el gobierno se vayan. Es la justicia final y poética del pueblo contra cualquier partido político. Y la excusa ha sido un tema de justicia vergonzante: las pensiones.
Mira lo que te digo (me dice ese compañero tan bien mirado con quien coincido en algunas guardias de mi instituto), o espabilamos o nos quedaremos a verlas. Eso de las manifas está muy bien y es muy solidario, pero lo que nosotros tenemos que hacer lo tengo bien claro. Este país es un país de ladrillo, no lo dudes; por mucha burbuja y mucha hostia que se diga. Mira bien lo que te digo. Lo que hay que hacer es comprar uno o dos pisos baratos en una barriada de ciudad más o menos presentable, canjeables con facilidad, y a vivir con ese plus de alquiler. Y si es con inquilino incluido y a través de una empresa fiable, mejor. Y añade: Y muchísimo mejor tres de cien que uno de trescientos. Escucha, no seas tonto. Lo dicen las hojas sepias de EP. Y combinar con un plan de pensiones de cuarenta o cincuenta mil para ir sacándolo de a poquito. Y tú (me presiona con el dedo en el pecho), déjate de fincas en Valmedio y de bobadas y hazlo ladrillo. Dinero rojo, muchacho. En este país no se conoce más progreso de la clase media que el oro rojo. Ah, y cinco o seis mil en participaciones de socimis. Por cierto, que no sé a qué se refiere con esto último.
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Lo más reciente de hoy no exige ni siquiera un comentario de pasada. De puro desprecio. Ahora tengo que leer que es alguna compañera de partido empleada en Madrid quien se opone a la prueba única de selectividad para toda España. Además, es docente. Me recuerda a la escritora que condenaba la Lolita. En casa del herrero, cuchillo de palo. De esta conmilitona se puede muy bien decir lo del último premio literario más arriba comentado: crudamente insolvente. Esta nueva dirección política nacional nos lleva al hoyo. Nunca he visto al partido tan confuso.

20/03/18
Todo perdonado. Sí, mis hijos me llamaron a la hora de la cena. Querían estar los dos presentes para felicitarme y por eso lo dejaron hasta tan tarde. Y entonces comienza de nuevo la vida con su belleza un poco fatigada ya. No importa que Amazon me haya mandado uno de los dos ejemplares pedidos de mis Gatos con la versión antigua, sin la corrección definitiva; el otro está correcto. Vienen de Polonia, ¡tiene huevos! Me satisfarán convenientemente, estoy seguro. Demasiado bien me sé que estos tíos cumplen como nadie, porque los negocios para ellos son el todo.
Superado este pequeño lunar, todo chuta. Hasta el Word, que me ha restaurado Lu en dos minutos con un programa milagroso. Todo es primaveral, yes, a pesar de la nevada de esta noche, de la que casi no queda resto en las calles y, sin embargo, nos desbocará los hectómetros de agua necesaria para el pantano por las escorrentías desconocidas de los montes. El mundo está guillenianamente bien hecho, porque tengo en el youtube a Beth Hart y esa media docena de canciones suyas que me ponen como una moto. La perfección existe, también, porque tengo puestas las notas y toda la tarde extendida para correr por ella con los dedos de la imaginación.
La eternidad, pues, es escribir cualquier cosa. Esto no lo puede entender nadie más que el nacido con el son del palacio de la palabra. Escribir es dios. Luego tendré que repasar a L. unos pelillos sueltos de las orejas que se me escaparon ayer cuando le corté el pelo. Los he detectado hoy con mejor luz. Y mañana a Valladolid al anestesista a ver qué nos dice y para cuándo la operación de la cadera. Está soñando con ello. Me imagino lo que disfrutará después de recuperado trotando por Aguilar como un perrillo. ¡Lo que le gusta ir descubriendo sitios! Ya le jode el día que no puede salir, por el frío o por la nieve. Como hoy. Se lo he advertido: una caída tonta y se fastidió la operación; conque mucho pesque. Y él mismo ha decidido no salir de casa.
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Cambio de tercio, porque comienza la Bert Hart a cantar “Close to my fire”. ¿Tú has escuchado a la Berth? Es más, ¿la has visto interpretar esta canción? ¡Está para adorarla! Con el vestidito azul de cuero, la falda corta, las medias negras. Y el tatu del brazo derecho, que dan ganas de lamerle los colores. Su movimiento, sus gestos felinos y su mirada ofidia. ¡Y cómo anda con los zapatos de tacón de aguja, que parece que da un punterazo a cada paso! Un poco hombruna de hombros, la Berth. Las gotitas tenues de sudor del rostro, junto a las aletillas de la nariz. ¡Cómo se entrega! Su voz, su voz, su voz: pocas cosas más hermosas; quizás la nieve y la palabra del poema. Your heart is as black as night. Hasta yo, que no sé inglés, soy capaz de traducirlo.
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Creía tener decidida ya la nueva y definitiva carátula de mi Mono blanco, con la versión final también, pero no deja de molestarme un pero. ¡Coño! (Love is a lie). El caso es que un alumno me ha regalado un dibujo muy bueno pero muy explícito y mi compa de depar, PP, me ha proporcionado una foto bastante significativa e inquietante. ¡Y no arranco! Me importa mucho que esta portada quede perfecta. Ahora confesaré por qué. (Fire on the floor). Yo cuidaré de ti, dice Berth.
Este Mono blanco, los Gatos y las Perlas tienen que estar listos para finales de mayo en la Feria del Libro de Madrid. Voy a regalar un ejemplar a cada uno de tres escritores que conozco y que sé que lo recibirán con cariño. Sin presiones, pero iniciando un paso más de lo arriesgado hasta ahora. El año que viene tengo que estar dedicado profesionalmente a la literatura, sin más dilación. Una vez jubilado, ya no hay ninguna excusa para no estrenar asimismo profesión. (I love you more than you”ll ever know). De ahí que la edición podrá resultar rústica. Pero atractiva para su lectura.

26/03/18
L. me mira malicioso, ingenuo y simple. Se ha puesto el tabardo porque hace fresco y se prepara para salir a su paseo vespertino. Y me dice: “¡A estrenar la cachava!” Está contento como un niño con zapatos nuevos. Ha sido su regalo de cumpleaños.
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Tú, princesa, escucha. Joven y guapo, no; pero todavía queda el puntito entre tierno y canalla del artista fracasado.
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“El triángulo de los azores” narra la peripecia de tres amigos movidos por la ambición (de poder, de dinero y de talento), que conciben un descabellado plan para levantarse seis millones de euros.
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Argumentar que en la Cataluña independentista no hay violencia es mentir. Ahora y desde el primer día. Con la gravedad de que ha sido un recurso perfectamente orquestado entre su gobierno y sus bases sociales. Es decir, se trata de violencia institucional. No admite paliativos. Otra cosa es la estrategia de la llamada revolución de la rosa y la sonrisa, que ha sido la manera de oponer disimuladamente una masa fanatizada y prieta a los discrepantes para ocupar todo el espacio visible. Hasta hace muy poco, porque ahora ya van asomando la patita. La artimaña, llamada astucia literalmente por ellos (AM), puede parecer moderna a periodistillas acríticos, pero en el fondo no es más que una especie de pellizco de monja, tan hipócrita en el gesto que huele a sacristía carlistona y a sotana trabucaire.
Y por lo que se refiere a las opiniones pusilánimes de quienes se desdicen y reculan en cuanto visualizan imágenes televisivas de protestas multitudinarias (nadie niega ese derecho) —y piden diálogo, mesas de negociación, políticaendefinitiva—, habría que preguntarles qué política debe practicar cualquier gobierno de un estado responsable ante la disyuntiva de un “nos vamos sí o sí y no nos vale una Constitución que no nos permita marcharnos. Y declaramos la independencia en nuestro propio Parlamento”. Ante esto, no queda, pues, más que un remedio: oponerse por la fuerza… de la ley, claro. Y no vacilar ni resquebrajar la unión constitucionalista. Porque esto ya estaría derivando en un vodevil si no fuera por su enorme gravedad, como lo demuestra el pleno exprés para nombrar presidente a CP, detenido en Alemania. Una salida de pata de banco que no se le ocurriría ni al que asó la manteca, ni al rábula más maniobrero, ni al más taimado zurupeto.
No hay — y lo lamento— ninguna voluntad de entendimiento. No va a concluir jamás ese conflicto. No nos quedará otra solución que la que de forma parcial e insatisfactoria nos ha brindado nuestra común historia: tratarlo como una enfermedad crónica. Ah, y desde el punto de vista de mi ideología política, no se me va de la cabeza que este conflicto es entre ricos y pobres, entre nos y otros, entre los de aquí de toda la vida y los forasteros.

27/03/18
¡Le mangué el teclado a Lu! Se lo he cambiado sin que se entere y constato que es exactamente igual que el que yo usaba. Pero este suena a tambor… y vale. Acabo de poner Amy W. No entiendo por qué, la verdad; no es lo que concuerda ni con mi estado de ánimo ni con mi tema de escritura de este instante. No lo entiendo. Oigo las primeras canciones y lo dejo.
Estoy cansado. Tampoco lo entiendo. Yo no me canso. Es tal como lo digo. O es que he somatizado la conclusión de final de trimestre y la proximidad de vacaciones. Mañana. Pero ¿a qué fin voy a estar cansado? ¿La primavera asténica o el cambio de hora? ¡Pijadas propias de cagalubias! Eso sí, me he tirado dos horitas preparando una tortilla de patata acojonante para tapiñárnosla esta noche L. y yo, mano a mano. Y de paso, también unas lentejas para un par de días, pues estaremos solos hasta el jueves.
Como ha hecho una tarde tan buena, L. se ha pegado un garbeo de tres horas (se conoce ya el casco histórico del pueblo de pe a pa). Se pone contengo cuando llega y me ve, porque quiere presumir de lo mucho que ya controla. Pero también esta cansado y tiene que sentarse un rato para no perder el resuello. Sin embargo, lo primero que hoy me cuenta es que ha visto a las sobrinitas (las mías, que viven aquí al lado), y que las niñas se acordaban de que les había prometido una muñeca que hay en la casa de Piña. No se ha sacado de la caja, dice L., es así de alta, está nueva. Hay que traerla en cuanto vayamos al pueblo (insiste L.) y se la damos a las chiquillas. Pa qué la queremos (concluye). Y le recuerdo yo, aunque no quiero decepcionarle, que esa moña se la regalé yo a mi madre con mi primer sueldo. Hace casi cuarenta años. Nueva no estará, seguro. Pone cara de tener muchas dudas.
Cambio a Schoenberg, a los cuartetos. En busca de una sinfonía más idónea para mi relación con Nazario. Porque él es, sobre todo, la disonancia. Pienso en la palabra “sinfonía”, en la antítesis entre sus significados etimológico y el aparente de su morfología actual; es decir, diríase que la palabra hodierna se refiere a la falta de voz, o sea, de comunicación; es decir, a la dificultad o imposibilidad de sintonizar de verdad con Nazario. Él es un secreto. Nazario, eqbmz. Un enigma.
Últimamente me ocurre que me despierto durante la noche con frecuencia. Ya me apremiaba la vetusta próstata, pero recientemente más. Y se da la circunstancia de que clavo mis ojos asustados en el despertador y no sé por qué ha coincidido varias veces que marcaba exactamente las cuatro cuarenta y cuatro de la mañana. Una rara hora bruja. O la hora exacta del conticinio. El caso es que percibo una claridad en la sala, o tal vez en la habitación del fondo. Y siento el paso de un aire (no es una sombra), un movimiento de masa blanca, un temblor de luz que no existe. Antes de cerrar los ojos creo saber lo que me está pasando. Procuro dormirme. No tengo miedo. Sé que es mi madre. El espanto viene luego, envuelto en un sueño negro, cuando comprendo que no puede ser, que es un engaño de mi mente… Pero veo a Nazario durmiendo en mi cama, pegado a mí. De por vida.

28/03/18
Siempre sabe muy agradable el paseo desde el instituto a casa (lo suelo hacer a pie, para variar) el día que se cogen vacaciones. Diez días, pero sentidos como un tiempo indefinido. No sé por qué. Así desde que comencé a los veintitrés años. Con la ventaja ahora de que no tengo que preparar maletas ni remover habitaciones. Nada, en cinco minutos, de vacaciones en casa.
Tampoco suelo despedirme de los compañeros, salvo que parezca descortesía por la situación, porque lo encuentro tan ridículo como si se tratase de celebrar un fin de semana. Ni siquiera en navidades. Y en verano, vaya; si puedo también lo evito. Cualquier despedida me parece triste, por eso acuso el contraste con la alegría lógica del tiempo no laborable en perspectiva. Y porque me parece un poco tontorrona la pregunta de adónde vais que suele formular casi todo el mundo. A casa, te parece poco, dan ganas de contestar. Sí, ya se sabe que la gente se refiere a un viaje. ¡Qué horror, viajar! Lo reconozco, yo soy el antiviajero por excelencia, porque nunca he comprendido que se cambie de lugar sin el objetivo claro de ver y constatar algo de interés que se tiene previamente muy estudiado. Como ir a la librería a comprar un libro sin saber cuál. ¡Qué falta de estilo!
Cambiar de aires, aunque solo sea, sí, está muy bien; siempre que el viaje no suponga un trayecto de más de una hora y con la condición de que uno vaya a su propia casa en otro sitio. El resto a mí me descompone el cuerpo. Me traicionan los intestinos, se me despista el estómago y se me extraña la respuesta del cuerpo con el cambio de ritmos. Ya sé que hay quien lo enfoca con un interés erótico incluso, por el morbo de los lugares desconocidos. Son las típicas parejas que ya de salida programan el viaje porque no saben estarse juntos y quietos. Y porque no tienen nada que decirse. Mejor es ponerse en movimiento hacia otra parte y mientras se mueven no se percatan de que no se resisten. Hasta que llevan cinco minutos instalados en la otra parte y a lo mejor han pasado otros cinco minutos de reloj desde que echaron ese polvo tan esperado como decepcionante. Tan parecido al rutinario. Tan didáctico en el fondo, porque te ilustra a las claras lo chachi que habría resultado ese mismo polvo sin salir de viaje y en tu consuetudinaria cama. Con otra. Luego, queda demostrado que viajar no te ha servido de nada. Y no quiero entrar en el viaje con niños, familiares o amigos. ¡Tú es que eres tonto, chico!
Mañana. Primer día de vacaciones. A las siete de la mañana, en el dilículo instante en que florece el alba, la aurora de rosáceos dedos homérica, justo en ese lapso de la eternidad, yo estaré a la ventana de mi casa con un libro en la mano. De viaje. El único viaje. De verdad.

29/03/18
No acaba de llegar la primavera, aunque mis dedos la reclaman en el teclado escuchando Amy. Amy, triste y suicida. Amy, voz neta de emoción. Niña sin tiempo desde el comienzo. Lírica niña creada para la muerte súbita. Voz triste que amaré hasta lo eterno, pero chica mala que no pude follar como un sinvergüenza (gordas tetas británicas y piernecitas delgadas). ¡Qué pena!
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A pesar del mal tiempo, no detesto este día que se ha descompuesto al caer la tarde con lluvia y viento enojoso. Me he sentido compensado al regresar del paseo con Lu, calado como un pajarillo de plumas ralas, porque me ha obligado a entrar en la Fundación y allí me aguardaba una sorpresa feliz: habían llegado los “Recuerdos” de Zorrilla, que tanto busqué el día que estuve en Valladolid con L. y que todavía entonces no se había distribuido en las librerías. Pues Lu lo había encargado y ahí estaba, en mis manos.
Esta es la mujer de mi vida, no lo dudes, chaval. Luego le pongo mi aliento en su oreja susurrándole que se merece un premio y me rechaza diciéndome: “¡Déjame a mí de premios!” Por eso me masturbo mentalmente escuchando Amy. Mentalmente. Porque físicamente se me escapa ya con frecuencia el deseo. Solo en abstracto sigue vivo con su potencia primigenia. La muerte va ganando terreno en mí. La desesperación me hace sonreír. O la sabiduría. Mi madre pasea su sábana blanca por mi buhardilla, silenciosa y lenta (¡con lo que era ella!), y a ratos se sienta aquí en la cama de Nazario, a mi espalda, mientras escribo. Mira las palabras que saltan de mis dedos a la pantalla y no le deben de agradar porque siento como un golpe de aire a un lado de mi cara. Como si se alejase enfadada. Corto, no quiero caer en la escritura lírica
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Hablo esta mañana con mi hermano R., toda su vida pendiente de los aspectos prácticos de la familia a pesar de ser el pequeño. Porque yo he sido un inútil sin cura para otra cosa que no sean las palabras; y aun para esto último, un mediocre. Pero R. se ha encargado de todo con paciencia y buen ánimo. Tú no te preocupes; tú a lo tuyo, me ha dicho siempre.
Comprendo que alguien tiene que ocuparse de lo de la herencia. R. lo da mil vueltas y me consulta. A mí me parece todo bien, tiene mi confianza absoluta. Se conoce que le tranquiliza cambiar impresiones conmigo y después ya toma él las decisiones más adecuadas. Lo arreglará al milímetro. Le conozco muy bien. En cuanto cuelgo el teléfono se me olvida casi todo menos la impresión general. Y desde luego aprecio que somos afortunados. Pero ni siquiera el patrimonio consuela. Quiero que vuelvan mi madre, mi padre, mi abuelo Melchor y mi abuela Luisa. Y volver a comenzar otra vez la raza en la casona de Piña. Los siete magníficos. Quiero que en la habitación enfrente de la escalera según se sube, en la cama de la derecha, estén de nuevo mis padres engendrándome. Y quiero que mi madre me vuelva a parir otra vez, incluso de rebote (nací porque se murió otro el año anterior). Y si esto no puede ser así, lo demás me la suda. Incluido Dios Todopoderoso.

30/03/18
¡Qué tarde más mala! Rachas de viento recio y lluvia. No me apetece el paseo en estas condiciones. Sin embargo, L. no perdona. No se aleja, se refugia en los soportales de la plaza y aguanta curioseando de un extremo al otro. Han puesto una churrería, me dice. Luego se mete en un bar cercano a casa a tomar un café; y sé que le gusta precisamente porque es pequeñito, con unas mesas en las que se juega la partida y le recuerdan a nuestro pueblo. En cuanto comprueba que no está la tarde para deambular por ahí, vuelve. Luego, ducha, me dice. Sí, señor.
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Reponen en la tele “La vida de Brian”, que conserva su gracia cuantas veces se vea. Algunas escenas paródicas recuerdan la parte esperpéntica de la crisis política separatista. Los del FNJ de la película me recuerdan episodios recientes en la elección de presidente de aquella comunidad. Y también es graciosísima esa parte en la que un rebelde judío pregunta a sus compañeros con mucho desprecio qué es lo que les ha aportado Roma. Las múltiples respuestas de los conjurados son de antología: para ponerlas en pantalla en el parlamento catalán antes de comenzar la sesión de investidura que no llega después de tres meses. ¿Es un drama o una farsa? En fin, también pierdo un rato en las primeras escenas de la otra clásica de “Los caballeros de la tabla cuadrada”, pero esta ha perdido mucho gancho.

01/04/18
Uno de los pocos escritores que estoy dispuesto a reconocer como maestro es RG, el de la Diosa Blanca. De allí creo que conservo la cita no literal que atribuía al mundo militar clásico el robo de los nombres de los dioses del enemigo para confundirlos y ganarles la batalla. Algo muy similar ocurre hoy con la perversión política del concepto cabal de ciertos vocablos.
Así, observo (y, sobre todo, leo) con harta frecuencia a quienes izan banderas en nombre de una pretendida multiculturalidad. Y se recurre a la hipérbole para enfatizar la palabra más simple, cultura (ecuménica en sí misma), o se vicia de extremosidad, como sucede con el ultrafeminismo, por ejemplo.
Por eso me agrada muchísimo la opinión de intelectuales independientes y bizarros que se expresan a las claras en medios de comunicación de gran alcance. Es lo que me ha sucedido hoy mismo durante la lectura de mi periódico favorito. JL, catedrático de Literatura en Barcelona, se atreve a defender la Lolita (tan manoseada últimamente) como un libro de grandes valores estéticos y éticos. Al mismo tiempo que denuncia el desarraigo con la tradición occidental debido a fenómenos como la posmodernidad (otra de esas palabras venenosas) y a la magnífica incultura de muchos escritores del momento. ¡Joder! ¡Joder! ¡Cómo no voy a estar de acuerdo con esto…! ¡Gracias a Dios que alguien se atreve a decirlo! Ítem más: hay escritores con grandes premios en su haber, que ignoran el abc de la literatura y es demostrable con elementales razonamientos tomistas. Palabrita del Niño Jesús.
Y valiente me parece también otro catedrático de Filosofía, también de la Autónoma de Barcelona, MC, que no pasa por el trágala para tontos del pacifismo y el civismo de las revueltas separatistas en Cataluña. De esta manera, resultó premonitoriamente exacto cuando definió hace unos pocos años la violencia latente que allí se produce como un “matonismo de buen rollo”.
Como me parece valiosísima, muy acertada en el enfoque de los asuntos e inteligentemente combativa, en casi todos sus artículos del domingo, la opinión de JM. ¡Menudo mazazo le sacude hoy mismo a eso que antes se llamaba propiamente rectitud y ahora se ha disfrazado y enturbiado y estirado como una culebra en el sintagma abominable de lo “políticamente correcto”! Porque nada hay más intratable a diario que la falsa rectitud de estos meros censores, inquisidores y dictadores que se solapan bajo lo que simula postulados progresistas.
Bueno, y para concluir con este minicatálogo de espíritus críticos en la era de la banalidad, me ha resultado curiosa al menos la opinión del brillante sin excepción FR —también catedrático de Literatura—, por inesperada para mí porque no suele prodigarse en estos baturrillos enmarranados de la actualidad política. Y para su tono habitual, entre la ironía y el pullazo, bastante prudente en su acuse de recibo a una carta de la de Esquerra que ha salido con el culo escopetado hace nada.
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No quiero cerrar el apunte de hoy sin hacer referencia a dos hechos animalistas a los que he tenido que enfrentarme. Primero, en la escalera de casa me cruzo con un perrazo de presa, afortunadamente atraillado a la mano de un semoviente. Creo que la furia animalista debería reparar en que la mayor crueldad para un perro es hacerle declinar su naturaleza de lobo y someterlo a domesticación. En este sentido, el maltrato animal lo genera en primer lugar el dueño que lo tiene como mascota. Además, debería legislarse para que solo pudieran campar libres en medio de un monte y a no menos de seiscientos sesenta y seis kilómetros de cualquier población habitada por humanos (excepto semovientes humanos con perros, naturalmente).
Y la otra noticia animalista que quiero compartir solidariamente es que me encuentro muy afectado por la muerte de mi grillo GR. Yo lo llamaba así. Nada ha podido hacer la ciencia veterinaria. Ni siquiera el albéitar de la clínica cercana a mi casa al que pago una iguala desde que adopté a GR. Además de gay, surfista y australiano de ascendencia, un profesional como la copa de un pino. Estoy madurando el dedicarle una novela. Al grillo GR. Espero que los animalistas comprendan mi dolor de alma, muy subjetivo.

02/04/18
Es inevitable topar de cuando en vez con el amigo que tiene un amigo erudito (en ocasiones, profesor de literatura) y que ha leído mis Gatos, pero ¡bah! que no le llenan del todo. Esto lo soporto con paciencia porque va en el oficio universal de todo aquel que se pone a algo independiente y por su cuenta. En este país lo frecuente es un bah adónde va ese…
Lo que ya no sufro tan fácil es el apunte crítico que trae apostillado el amigo erudito (si no se le utiliza de escudo). Por ejemplo, que eso no es novela, que a él lo que le gusta es una novela bien armada… Y aquí es donde no me callo sin salirme de mis casillas. A este asunto concreto suelo replicar que le diga a su experto amigo que si ha leído el Modelo 62 de JC. Y como el interpelado suele quedarse con cara de póquer suelo añadir que revise bien a Cela, que tiene de todo. Ah, sí, Cela, muy bueno, reconoce. Este nombre le suele tranquilizar mucho al lector/profesor. Pues lo cierto es que entre especialistas en literatura y aun entre escritores de pingües ventas hay una ignorancia cósmica sobre el arte de la novela (así como también existen magníficos críticos de quitarse el gorro). En fin, Serafín.
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Lu y yo aprovechamos estos días en los que no hay que madrugar para vernos alguna peli de las que se aguanta hasta el final (por lo menos un servidor). La de Maisie era la segunda vez que la veía, ahora con detenimiento, y me parece pasable y bien resumida (como es lo habitual en las adaptaciones, por otra parte; y no es un tópico). La novela de base es potentísima siempre que no le haga desistir a uno el prólogo que le metió su autor, HJ, que tenía la manía de explicarse demasiado para demostrar lo mucho que reflexionaba antes de escribir.
Además, también me cayó simpática la actriz oscarizada de la peli de las tres vallas, con personajes bastante redondos y un toque excesivo en el tratamiento y hasta un punto paródica en el enfoque de un asunto tan serio como la venganza por una violación.
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Malos sueños nocturnos debido a una foto que me envía mi entrañable amigo JLC en la que aparece casi toda mi familia asistiendo a una boda de una prima. Sueños ligeros y revueltos por la hija de perra de la nostalgia. Esta es la que hace daño y no la muerte arrasadora que ya se ha llevado a mi abuela Luisa y a mis padres, que son tres de mi casa que aparecen allí. Solo queda mi tío L., que en la instantánea debe de tener unos dieciséis años y está de traje cruzado más chulo que un ocho, al lado de los novios. También mi madre, sobre todo, con esa mirada de sus veintiséis años de entonces, de seducción y suficiencia, y probablemente ya conmigo en su barriga (por la fecha, que tengo que comprobar con exactitud).
Y mi abuela Luisa… ¡cómo me mimaba! Cincuenta años que se la llevó de calle un infarto. Nunca se me han olvidado algunas palabras y frases sueltas de aquello, pegadas como telarañas en mis oídos de niño. ¡Me cago en la puta que parió a todo!
Y, a pesar de ello, gracias, Jose, majo. Porque he podido decirle a aquel instante como el diablo de JWG: Detente, eres tan bello… ¡Qué lapso de eternidad cuando aún yo no era tiempo!

03/04/18
Aguarraditas de abril todo el día. Y lo que falta de bajar de la montaña. Así que el pantano ya supera los ciento treinta hectómetros cúbicos, más de la mitad. Mientras haya agua, hay vida; y mientras hay vida, hay esperanza. Solo los miserables se atreverían a defender hoy que no estamos destruyendo el medio. Pero la naturaleza sigue siendo generosa. ¡Qué será de nuestros hijos!
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Me enfado mucho esta mañana porque desde que los libros de Amazon vienen de Poland los encuentro muy poco cuidados. En papel, me refiero. Mal cortados y con un tono demasiado claro que no da el aspecto envejecido del color que tira a hueso. ¡Otra vez que van a volver para allá!
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Quienes quieran saber sobre las diferentes violencias perpetradas durante el proceso catalán, no tienen más que leer hoy a un historiador de allí mismo, JC. Me parece que es muy ilustrativo.
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Hablo con mi hermano y me cuenta que la calefacción comienza a fallar en la casa de Piña. No arranca o la caldera se bloquea. R. indaga posibles soluciones prácticas por si vamos a reunirnos allí cada cierto tiempo (calentador eléctrico, placas o calefactor de aire). Es muy posible, concluye él desanimado, que tengamos que reducir las pocas visitas a algunos días en tiempo bueno.
Yo voy más allá: el frío ya se ha apoderado de nuestra casa. Imposible sacarlo. La penumbra o la oscuridad inmovilizan el aire interior. Una pátina de polvo ya se ha posado como una sábana derretida sobre las mesas. ¿Por dónde entra?, se pregunta R. No penetra, me digo yo, lo secreta la muerte extendida y pegada a suelos y paredes, a muebles y ventanas, a todos los rincones y puertas cerradas, por un lado y por otro. La vida ya no está allí para aventar con su soplo. El polvo es la forma de la podre.
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Y, sin embargo, la sinrazón de lo humano se defiende encendiendo una hoguera en la sangre. De manera que, entre alucinaciones en plena noche, se tensa el miembro y las manos bajan con impaciencia las medias y las bragas de la muñeca hinchable Lili o Leslie, la favorita de los artistas, mi amor ideal. Y el cuerpo arremete contra su coño mojado, entre sus piernas jóvenes, hasta derretirse. Es la llamada salvaje de la vida.

06/04/18
Problemas también en la descarga amazoniana de un libro, que me han comido un par de tardes. Estoy que relincho. Total, para descubrir después de múltiples peticiones de auxilio a la familia que es tan sencillo como un clic simplón desde el propio ebook. Pero mi torpeza ya lo había convertido en un gurruño inextricable que después tiene que reparar Lu.  Reembolso, por fin. Tranquilidad para seguir escribiendo.
Había apañado esta novela de bóbilis, pero en traducción al catalán. Constaté que también puedo leerlo con relativa facilidad. Hasta que me interesó demasiado y ya no quise perderme ni una sola palabra. Lo bajé de pago. En el francés original (parece mentira) controlo mejor. Lo cual quiere decir de entrada que la lengua es de pretaporter o plana. Pero solo es la impresión inicial. La requetepremiada DV tiene su aquel.
La historia es un cruce de los temas del vampiro y del doble, pero bastante logrados en lo referente a la intriga psicológica. Me tiene enganchado. Es literatura y lo reconozco en el acto. Lo que no puedo asegurar es que sea superior a dos novelas que me vienen a la mente al instante, una de los noventa de AGM (que me impresionó) y otra de hace nada, de SM. Todo en Anagrama, claro, que es donde se publica ahora mucho de lo que me interesa. Al final compraré también en papel, como me ha sucedido en otras ocasiones: lo bueno lo pirateo primero, y lo adquiero después en ebook y papel.
Y sin aspavientos de pseudofeminismo, pero buena literatura escrita por mujeres. Aunque el asunto del depredador masculino lo remontaría yo incluso a JWG. Quien no haya leído el Fausto no entenderá nada, claro, ni desde el punto de vista inmanente ni desde la mercadotecnia que envuelve el producto (no hay más que releer el prólogo de dicho tomaco).
Pero bueno, voy a salir un poco del abismo de los libros en el que me encuentro sumergido. No me vaya a convertir yo mismo en un faustino. Aunque reconozco que vivo más tiempo allá adentro que fuera; en todo caso, en un mundo aparte. Tan embebecido estoy que no paro hasta que me lo prohíbe tajantemente la vista y ya no distingo las letras. Y tengo que descansar regresando a la vida con una sarta de improperios en la boca.
Sí, la vida todavía está aquí al lado y no puedo evitarla. La vida y el mundo están en la calle (como dijo el otro), pero solo con los libros puede comprenderse. He aquí la paradoja. La vida son las vainas con patatas que debo cocinar dentro de un ratito (ahora también me ocupo de esto de vez en cuando y me gusta y me relaja), o los calzoncillos un poco tiznados de L. que tengo que meter en la lavadora. La vida sigue aquí. Solo se me ha escapado en Piña, de la casa y de mi madre. Eso me tiene desquiciado. Vuelvo a fumar a escondidas, aunque poco. Y eso quiere decir que retorno también a una manera de suicidio en miniatura, a autolesionarme inconscientemente, a retar a la vida.
La vida. que palpitaba todavía durante una de las últimas veces que dormí en la casona, en la habitación de abajo, con mi madre. Lo que no recuerdo es el motivo por el que pernocté; seguro que teníamos visita médica en Valladolid al día siguiente. A mi madre le gustaba dejar la persiana sin bajar del todo. Una luz misteriosa nimbaba el ambiente y yo percibía su silueta y oía su respiración en la cama de al lado. Y me acuerdo de haber sentido esa claridad robada a la farola que ilumina la fachada de la ermita de San Pedro como algo mortal e imperecedero al mismo tiempo. Como una escena casi religiosa. ¿Qué luz fría estará filtrándose ahora mismo?

08/04/18
Suma y sigue. Y seguirá ad aeternum, cronificado. Y quizás sea la única solución posible. Estos días seguro que desborda la alegría en el mundo indepe. Pels rials de Sinera, dijo su poeta. Per tota Alfaranja. Ay, Sefarad, digo yo. Pues nada altera la barbaridad perpetrada en septiembre y octubre del año pasado. Eso ya no podrá enmendarse nunca y tampoco se percibe alguna intención futura de enmienda
Casi produce hastío volver sobre ello. Casi dan ganas de olvidarlo dejando de hablar del asunto. Parece que así lo entiende mi admirado JC en su último artículo. ¡Y qué bien lo resume! Un cóctel explosivo de victimismo histórico, de egoísmo económico y de narcisismo supremacista. ¡Muy certero!
Después recuerda el escritor un detalle de hace diecisiete años, cuando él mismo y su amigo RB, el fallecido escritor chileno, sentían la presión insoportable del entorno por llevar un coche con la matrícula E, en vez de CAT. Y lo aduce como un síntoma premonitorio de lo que vendría después.
Esto me ha hecho recordar otra anécdota personal, que comparte con la recién mentada la misma ingenuidad ciega hacia el monstruo que se estaba formando. Probablemente, por aquella misma época. Fue durante unas vacaciones en las que recalé en Zafra y me encontraba soportando todavía el horno a la caída de la tarde en una terraza. Entablé conversación con una pareja que también se solazaba en la mesa de al lado. Era un farmacéutico catalán. No diré el lugar exacto. La charla surgió, creo recordar, por algún motivo deportivo (no lo entiendo, porque no soy aficionado al deporte); pero lo que recuerdo a la perfección fue que me contó cómo no podía dejar ver entre su clientela que él era hincha del Real Madrid. De aquí la charla derivó a asuntos más serios. Le pregunté con mucho interés, claro. Allí no se puede vivir (recuerdo con precisión completa sus palabras), es un asco, no se puede ni hablar… Y no te exagero, créeme.

09/04/18
Por supuesto, no recordaba en el desayuno que hoy cumplimos veinticuatro años de casados. Su mirada y su sonrisa me han puesto sobre aviso. Lo curioso es que habíamos quedado en ir a comer aprovechando un vale con premio de una competición de pádel. Pues no he caído en que ella lo había hecho coincidir con este lunes por algo… ¡Joder, qué despiste! Pero lo hemos resuelto con alegría y satisfacción, a pesar de que me he pedido unas patatas con pescado buenísimas y me he puesto el jersey hecho un cristo. Me ha dicho esta chica mía que en nuestra casa no es solo L. el torpe de manos.
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He ocupado dos días en releer algo que me ha salido al paso y que he citado aquí, creo, más arriba. Recordaba la Sinera, de SE, pero he brujuleado por internet hasta que han aparecido “Cementeri de Sinera” y “La pell de brau”. De estudiante me sabía poemas enteros del primero. Me emocionaba ese lugar imaginario, tumbado junto al mar y cruzado por calles en las que relumbraba el sol contra las piedras.
Del segundo libro, no conocía hasta ahora todos los poemas. Leídos en catalán es un esfuerzo mayor. Para no entender la mitad, sinceramente. Esta lengua es otra que la traducción de una novela de registro estándar, como la aludida en días anteriores.
Confieso también que he vuelto a leer esta Piel de toro porque me suscitó la curiosidad una noticia en la red sobre la utilización que había hecho del libro la ANC ya en 2012. Es un libro centrado en el conflicto entre Cataluña y España, claro, pero no hace falta saber catalán de corrido para darse cuenta de la vergonzosa manipulación política. No es lo mismo reclamar libertad hace más de cincuenta años que ahora. Entre otras cosas, porque SE creía en una España federal, y no en la independencia. Es un ejemplo más de cómo manosean la historia ciertos fanáticos.

11/04/18
Allá va. Le miro alejarse calle adelante. Renqueando por la puta cadera (¡a ver cuándo me llaman, hombre!, me dice todos los días varias veces), y escorado un poco a la derecha, desde donde inclina levemente la cabeza y la gira para fijarse en algo. Parado ahora en medio de la acera, curioso y sin prisas.
Está contento porque en dos meses se siente seguro de dominar Aguilar por los cuatro contornos. A mí mismo me sorprende que un hombre de sus limitaciones se dé un paseo de tres horas y me explique con todos los detalles los sitios por donde ha pasado. Si llueve busca los muchos soportales del pueblo. ¡Y quieto!, me dice. Luego se toma un café o una cerveza en algún bar donde intuye un ambiente parecido a su pueblo. Cuatro o cinco mesas jugando la partida y la barra al fondo. Le recuerda al bar de la Cope y allí se para un rato. Ya echa alguna parrafada con alguno. Le asocian conmigo y eso le presta ayuda aunque él no lo sabe. Calcula la distancia que recorre cada día. Como de Piña a Valdecilda, me dice. ¿Hoy toca ducha? me pregunta con malicia a ver si se la perdono. A todos estos así les jode el agua.
Ha cumplido setenta y seis aquí, en mi casa, y nunca imaginé que visitaría él solo a la podóloga, la farmacia, el dentista, y se sabe fruterías, panaderías y hasta donde se encargan comidas a domicilio por si llegara el caso. Por supuesto, Cajamar fue lo primero que cubicó para poner la cartilla al día y sacar dinero si fuere menester. Para eso me dice que no me necesita. Porque una de sus características insólitas es que no es cobarde ni desconfiado. Hoy se le ha hecho tarde ya para poner una goma en la punta de la cachava. Le ha preparado mi suegro una de lujo (regalada para su cumpleaños) y ha colgado en el perchero la que traía, con flecos, que parecía un tratante de ganado.
Me obedece ciegamente. Lo que yo le diga. Estamos bien aquí, hombre, me dice de vez en cuando. Como si empezara a despertar. Como el superviviente que es, dispuesto a adaptarse a las circunstancias sin dar un solo problema. Tiene ilusión por bajar al piso de abajo cuando se vaya la inquilina, en junio. Se siente capaz de vivir independiente. Incluso para comer. Ya me hago yo patatas fritas, que me van bien; es que la tortilla me enllena mucho, me dice. Pero yo sé que este es otro cantar. Una sinfonía, en realidad. La sinfonía con Nazario que suena todos los días ahora en mi vida.

13/04/18
Algún día no escribo. Como ayer. Hay una razón. Me entretengo mucho enredando en la red (que es redundancia evidente) y me paro a escuchar una pieza de Stravinsky que se titula “El pájaro de fuego” porque he oído que se basa en una leyenda rusa muy bella, en la que un príncipe caza un ambiguo pájaro resplandeciente y tiene que luchar contra un no menos inquietante ser, Kaschéi el Inmortal, esquelético y anciano perseguidor de muchachas jóvenes… Y, sobre todo, porque me fascina observar al director de la orquesta, Valery Gergiev, que remata sudado, despeinado y en un estado casi de éxtasis. Y de ahí derivo a un concierto de Rasmaninoff, y aquí la atracción es la seductora pianista Anna Fedorova… total, que me voy por las ramas y se me echa el tiempo encima y ya no me queda tiempo para escribir.
Enseguida tengo que ceder mi estudio para que lo ocupe L. Es la hora de su ducha. Desde que está en casa noto que ando más justo para mis cosas. No importa, me digo, después de unos meses tendré todo el día para elucubrar y quizás entonces no sepa cómo llenarlo. Aunque no lo creo.
En un balance somero, me quedan por publicar algunas novelas (Perlas en racimos —en papel—, Félix contra la pared y Los amigos del libro verdadero) y preparar la versión definitiva de alguna ya publicada. Internet te permite todas estas licencias, pero el trabajo se convierte en el cuento de nunca acabar. Porque no se termina de corregir nunca a gusto del escritor. Ocuparse de todo esto uno solo y seguir escribiendo cosas nuevas te exige un tiempo inacabable por delante. Lo cual es bueno en otros sentidos. En fin, es lo que he elegido y no me gustaría que este modo de vida se alterase. No me interesa definitivamente pasar al circuito ordinario de publicación, me removería la vida de una manera que con toda sinceridad no necesito a estas alturas. Pero nunca se sabe lo que hay detrás de cada libro…
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Elegir el libro siguiente que se va a leer es una tarea delicada. Esto solo lo sabe quien es lector de verdad, profesional, por así decirlo. Tengo delante una pila donde elegir. Por eso me lo pienso con algo de detenimiento antes de lanzarme (luego me costaría dejarlo; no suelo hacerlo, no me gusta dejar inacabado un libro). Paso y repaso los títulos, compruebo la extensión, busco lo que pueden aportarme respecto a la idea literaria que pretendo llevar a cabo… ¡Ya! Pienso que voy a entrarle a los diarios de Renzi. Una ojeada a las primeras páginas me ha convencido. Me interesa un diario que se caracteriza precisamente por no ser un diario sino otra cosa… Ese es el que voy a leer. Un diario que se convierte en otra cosa… En una novela.

15/04/18
Mala noche, revuelta de sueños ahogados, sin poder dejar de pensar en ti. Por eso me gustaría ahora decirte brevemente lo mucho que me dueles. Brindar con alegría por los días ya idos de vino y rosas. Pues no se paseó por las calles de Belavía señorito más guapo, ni más juncal, ni más sensible e inteligente. Hoy, que las moscas de la podre se levantan molestas a nuestro paso. Cansados, sí, de espantar moscas podridas. Aguantando.
Quién pudiera volver a oír contigo (como ahora lo estoy oyendo a solas y lloroso) el sonido de tu fatigado casete negro, plano, en el que el dentón de Robin Gibb cantaba “I started a joke”. Creo que era la habitación de la entreplanta del segundo. Mayor La Salle. Valladolid o Belavía. Tumbados los dos en la cama de tu habitación y muertos de risa. Recuerdo que te caíste de la cama en una de las contorsiones violentas (si no fue así, tuvo que serlo). Nos desternillábamos. No estábamos en mi cuarto, porque me había tocado uno estrecho, frío, la mesa al fondo y en el tablero de aglomerado unas hojas de poemas, con una ventana ruin que visitaban palomas y algún gato salido y al fondo asomaba el Sagrado Corazón que coronaba la catedral. ¿Te acuerdas?
Aquel día estábamos solos y sabíamos que éramos inmortales. Faltaban otros dos también imprescindibles. También inmortales, indomables, puros. Pondré las iniciales de los cuatro: JAP, JLC, SPV, JMG. ¡Que el tiempo se apiade de nosotros!
Hoy también es un día en el que no podría escribir más.

16/04/18
Sobre Renzi, apenas comenzado, me pregunto cuánta inmediatez y frescura queda en lo publicado casi sesenta años después. ¿Cuánta distancia guarda lo que leemos con las notas recogidas en su momento preciso? Esa comparación sería muy interesante. Y me atrevo a sugerir que probablemente haya desaparecido mucho diario y se haya incorporado mucha novela.
Hasta ahora lo que más me interesa es su obsesión por ser escritor.
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Excelente tarde, en la que he sacrificado la escritura con mucho gusto. Un paseo larguísimo, casi un periplo en toda la extensión de la palabra. Me calma esa ruta siguiendo el curso del río hasta los pies mismos de las Tuerces en Villaescusa y el recorrido de vuelta en línea recta hasta rozar casi Villallano para entrar de nuevo a Aguilar por el polígono. ¡Tiene algo este viaje tan bien estructurado, tan equilibrado!
Disfruto la parada en ese punto mágico del puente en que desemboca el Camesa en el Pisuerga, justo al lado de la vía del tren que a veces me sorprende con su sirena y le siento pasar a pocos metros, perdiéndose en el túnel y partiendo el pueblo en dos con su largo ímpetu.

17/04/18
Otra tarde que supera los veinte grados, excepcional aquí, y aprovechada para andar la misma ruta que ayer. Soy de tal naturaleza que divido el trayecto entre mi fantasía (caminando dentro de mí) y la observación del paisaje exterior.
De novedad, hoy me cruzo con una mulatona que no me explico qué cojones hace paseando por esos andurriales (pienso que recala en alguna casa rural) y que me pregunta si no me da miedo ir solo (¡!). Me despido contestando que soy un hombre pacífico, pero que si me agreden respondo. Oigo su risa entre divertida y rezongona a mi espalda. Naturalmente, tiene unas caderas tan excesivas y un culo tan respingón que no me atrae nada. ¿Cómo es posible?, me digo. He continuado mi ruta y no he fantaseado ni un solo momento con follármela. ¡Cómo es posible! ¿Te ha pasado alguna vez a ti? ¡Di! Porque esto significa ni más ni menos que nos hacemos viejos.
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Me despisto mucho con Tom Jones. A este también me gusta escucharlo de vez en cuando. Es difícil encontrar alguien parecido que sume voz y virilidad al mismo tiempo. Su único defecto es que en ocasiones tiene movimientos de baile muy macarras. Me imagino lo que pudo provocar en su época. En realidad, es que no aguanto a casi ningún cantante pop que no tenga buena voz (excepto si tremolan con una voz fina).
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¡A ver si acaba de prepararse L. para la ducha, porque no hace más que tocarme los cojones zascandileando a mi alrededor y hablándome mientras escribo! Compartimos a ratos el chigre de la buhardilla hasta que pueda instalarse abajo, en el piso de mi madre, y podamos estar más cómodos.
No es que sea muy guerrero, pero de vez en cuando hace de las suyas… Ahora acaba de llegar de su paseo vespertino (esta mañana ha disfrutado como un gato en el mercado) y noto que tiene la pechera perdida de manchas. Le pregunto y se ríe enseñando los dos dientes que le quedan a la derecha. Se ha comido un helado sentadito en la plaza. Hacía bueno de cojones, hombre, me dice. Estaba bueno de cojones el helado, hombre, me dice. Le imagino dando lametazos a la bola (se ha comprado un cucurucho de mantecado, me dice). Tiene un pulso de cirujano, el pájaro, ¿sabes? Por eso trae el jersey que arde de lámparas.
También durante la comida le tengo que reñir por esa puta costumbre de comerse los huesos cuando están blandos. Le encantan los de la carne del cocido, la pequeña parte reblandecida. Como no hace ni puto caso, Lu pone mala cara y alza la voz. La corto en el acto. Al chico le riño yo. Y no hay más que hablar.
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Hago balance de la cantidad de argumentos para relatos que he acumulado, y constato que una parte de ellos versan sobre la guerra civil del 36. No entiendo por qué, en serio; porque nunca me he interesado especialmente por ese asunto narrativo. Pero es cierto que siempre me ocurre de la misma manera: me salta, literalmente, a imaginación un argumento completo, bien trabado, de un hecho asimismo bien definido. No comprendo. Y lo curioso es que no le presto atención, porque casi nunca lo anoto al momento para retener la idea. Tengo que interesarme más en esto. Veremos.
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En serio. Busca en Youtube “Mix. Tom Jones. I believe (1970)”. Tienes que escucharlo. No es como en otros, que colocan las mejores canciones en los primeros puestos y el resto es morralla. Este no tiene una sola mala.

19/04/18
Hace buenísimo. Aprovecho este rato para sentarme a dejar unas notas mientras L. anda (medio renco) todavía de paseo. Por fin han llamado del Clínico para confirmar su operación de cadera. Lo derivan a un privado, pero creo que ya no debemos esperar más porque me aseguran que se comprometen a intervenirlo antes de que termine mayo como muy tarde. Se ha puesto más contento que un chico con zapatos nuevos.
Con eso solucionado, entraríamos en el verano en condiciones de una absoluta autonomía para vivir en el piso de abajo. Aunque todavía continuamos con el aprendizaje. Ya ha ganado muchísimo acostumbrándose a una buena higiene diaria, pero no bajo la guardia. Hoy, sin ir más lejos, le tengo que recordar que no se unta el pan en el almíbar de las fresas. Esas cosas que solo se le ocurren a él. Luego tengo que cortarle el pelo para que esté en condiciones cuando nos avisen la semana que viene. Me lo ha recordado treinta veces. Y que tiene que pasar por Cajamar. Mañana.
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Me cruzo con ellas y se me enciende de pronto la lamparita. ¡Cómo no había caído antes! ¿Cuántas veces se lo había preguntado el novelista que hay en mí? Algo no encajaba, hasta que las cubico con entera nitidez. Dos cuarentonas de buen ver a base de esfuerzos ímprobos de gimnasio. Están juntas porque la una es muy atractiva, pero casada (cansada), desclasada, y por tanto descartada, y por tanto sirve de gancho o cebo para que se acerque alguien interesante. Que es justamente lo que espera la otra, con estudios, buen trabajo, buena planta, pero que no termina de encontrar a nadie que le parezca suficiente para ella. Una perfecta simbiosis. Solo una amistad entre mujeres puede sobrevivir a esta relación adúltera.
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¡Ay, Bee Gees! ¡Oh, Barry Gibb! ¡Canta, canta, Barry! ¡Canta “Too much heaven” como entonces! Aunque hoy estés muy solo. Canta. Que yo vuelva a veros a los tres con aquellas melenas a lo princesa de Gales (bueno, menos Maurice). Que estemos de nuevo juntos todos los amigos en el Mayor La Salle. ¡Aquellas cuatro antorchas encendidas por la divinidad!  ¡Oh, filamento de las palabras! Que algún día antes de morirme pueda encontrar el hilo transparente de palabras para unir y fijar el tiempo. ¡Ay, palabra, no huyas de mí! Única eternidad posible.

22/04/18























Era un fraile de La Salle tan pequeño de estatura como largo de nariz y de inteligencia. Calzaba unos zapatones inmensos. Escribía en la pizarra maravillosamente y hablaba firme y exacto. A él le debo el descubrimiento de la hermosura del lenguaje cuando traducía del latín. Yo tenía quince años y él debía de andar ya en la edad en que otros se jubilan. 
Y sucece que ahora, mientras paso fotos del móvil al ordenador, he hallado felizmente esta instantánea de un libro de la historia lasaliana. Este es al que me refiero: el Hno. Eduardo Montero Ferrero, recién ingresado en el noviciado de Bujedo (Burgos). Comenzaba aquí un magisterio extensísimo que seguramente nadie imaginaba que resultaría tan indeleble en tantísimas promociones de estudiantes. No creo que lo hayamos olvidado ni uno solo de los que asistimos a sus clases, como lo confirma (mejor que mis palabras) el testimonio escrito que dejó en forma de necrológica AGO, hoy magnífico escritor y entonces alumno brillantísimo de aquel frailecillo inolvidable.

23/04/18
Día de la Comunidad, que a mí hace cuarenta años que me dejaría indiferente. Si no fuese por aquella tarde en que decliné la oferta de mis amigos para pasarla en Villalar y elegí un banco de la Rosaleda para mis primeros ejercicios de morreo (se decía entonces). Era rizosa, ojos oscuros y pícaros, un jersey que le quedaba muy grande y agujereado en una manga para mi sorpresa. De pueblo cercano a la refriega levantisca. Como ella misma. Era la segunda vez que nos veíamos. Tenía un chupetón previo en el cuello. Me dijo que se lo había hecho su papá. ¡Qué lástima! Porque yo ya me atrevía desde que me habían descapullado en la trastienda de aquella panadería del Paseo Zorrilla. Sí, seguramente habría estado mejor con mi grupo de comuneros en las campas. Me levanté del banco en silencio y me largué sin mirar atrás y sin escuchar las interrogaciones que surgían a mis espaldas. Y no dije nada a nadie. Ni siquiera a los comuneros, que por supuesto habían follado todos. Menos yo. Una vez más. Por un punto de honor también vetusto y comunero.
***
En cambio, Renzi, ¡anda, jódele! A medida que avanza en su diario más me alucina. Me saca mucha ventaja si realmente lo que escribe se basa en sus notas de los veinte años. Ni de coña se me hubiese ocurrido a mí una escritura semejante. Pero a lo mejor hay algo de trampa a toro pasado.
Resuelve bien el manejo de las dos épocas: cuando lo escribió y cuando lo reescribió. Es un poco pesado por intelectual y por argentino, una combinación que me suele poner en guardia contra la pedantería (con perdón). Puede que a mí también me ocurra lo mismo en esto mío. Lo que ya no comprendo tanto es que sea sincero hasta la imprudencia en algunos episodios comprometidos de la vida familiar.
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Ahí va una sobre el conflicto civil. Actualidad. Un grupo ultrafascista español, que actúa en la sombra (espléndida y anónimamente financiado) y se dedica a revisar la historia mediante el blanqueo de la imagen del bando ganador. Cae en sus manos (una compra carísima) un documento fehaciente y definitivo sobre la responsabilidad de Franco en la muerte de José Antonio. Pero alguien se lo roba. Para filtrarlo. Y se inicia una caza a muerte.
***
Para ambientarme en aquellos finales de los setenta, recurro también a Supertramp de fondo. El “Even in the quietest moments”, por ejemplo, en este instante. De este me molan “Babaji” y “Fool´s overture”. Ponlo ahora mismo, venga. Ya verás. Claro, que en el Spoti lo jodido es la murga publicitaria cada cuatro o cinco canciones.
Yo creo que este disco lo conseguí en vinilo o lo tengo en casete por ahí. Pero en todo caso, si lo había escuchado antes, es seguro que lo compré unos años después (por ciertas referencias que no vienen al caso). Le di tantas vueltas que lo machaqué. ¡Cómo me gustaba! De Supertramp y Dire Straits, casi todo.
Sin embargo, en los ochenta yo me encontraba ya desfasado en gustos musicales. No recuerdo muchos grupos que me emocionasen surgidos a partir de ahí. Algunos de antes y descubiertos con posterioridad, puede. Quizás en su momento de plenitud, “El último de la fila”. Siempre he ido por detrás de mi propia historia, sin coscarme de casi nada. La verdad es que he llegado tarde a casi todo. Yo me morí en el ochenta y dos. En junio. El que escribe esto ahora mismo, no encuentra al otro que sigue vagando como sombra blanca por el centro de Valladolid.

25/04/18
En Piña ayer por la tarde. ¡Cómo se alegra L. en cuanto ventea el aire de su pueblo! Y retrocede en el tiempo y se asilvestra un poco y tira al monte. Coño, la cigüeña, me dice al levantar la vista sobre la espadaña del San Pedro. Hay que ir a ver a la Mari, y a Fernando, y a Fulgen. Ese es su programa. Pero no le noto especialmente nostálgico cuando entramos en el caserón, que a mí me impresiona con las persianas caídas, el frío envolvente del interior, la puta caldera que una vez más no arranca…
Me alegra mucho encontrarme con mis amigos, claro, ver todavía a la generación mayor aguantando a pesar de su vulnerabilidad. Pero me da la impresión de que ellos no tienen que mover pieza, nada ha cambiado para ellos aparentemente: para mí, sí; ha cambiado todo. Me conformo viendo a L. contento porque va a solucionar su problema de cadera (de hecho, el motivo de la visita es la consulta última y previa, hoy, para anunciarle que por fin le operan el viernes).
Luego llegan las obligaciones, más pesadas psicológicamente que físicamente. Durante un rato espulgamos en la casa de la plaza lo poco que va quedando de libros y ropas. Pero duele y mucho ese cuaderno con un poema olvidado y firmado a los dieciséis años. Porque hay que destruirlo. Duele la caja que se abre con el vestido de novia de mi madre, y la chaquetilla que estrené para ir a la escuela, y toallas, sábanas sin estrenar, y muebles que jamás se deterioraron. Porque no llegamos a vivir allí en la práctica, una nadería de tiempo. Se puso la casa y enseguida la abandonamos. Me come la pereza ante las preguntas de mi hermano: ¿qué hacemos con todo esto? ¿qué hacemos con la casa que está inservible por dentro, pero con la fábrica y el tejado y la fachada perfectos? ¡Con lo que nos ha costado defenderla! Estoy tentado de decirle que prefiero que se hunda y se convierta ella sola en un montón de escombros. Para no pensar. Para bloquear cualquier decisión. Dejar que se muera también como la última mula vieja que ni siquiera mereció la pena vendérsela al Cabito. Como el macho Lucero, bravío de vicio, olvidado en la cuadra de la era. ¡Que se muera todo ellos solo poco a poco!
Pero sé demasiado bien que esa no es la derecha. Sé que hay que tomar decisiones ahora que estamos en condiciones y que la generación de nuestros hijos no tendrá ni apego ni interés ni ganas. Tenemos que solucionarlo nosotros adelantándonos a nuestra propia vejez. Y ese movimiento de fichas que exige la vida me quebranta. Me agota la cabeza, a mí que soy tan poco resistente a las cuestiones prácticas. ¿Qué hacemos con todo esto, cuando lo de menos es lo poco que pueda valer?
Yo no valgo más que para poner unas notas en la tranquilidad de esta buharda escuchando “Crisis? Wath crisis?”, que suena en estos instantes tan irónico como mis propias reflexiones. Y para colmo, la cena me despertó inoportunamente una muela fisurada desde atrás que me pegó un viaje de aquí te espero, camino de Aguilar. A la altura de Monzón tuve que salir de la autovía y pararme unos momentos porque sudaba por el dolor agudo. Y cuando llegué desesperado, ya no hubo cojones para que el ibuprofeno (uno, dos, tres…) detuviera el dolor. Así que a las tres de la mañana estaba cagándome en dios tumbado en el sofá, intentando leer algo que me distrajera. Pero que no había cojones, amigo. A las ocho, llamada al dentista, que me ha citado para las diez y por lo menos me ha parado la tortura para aguantar las clases de la mañana. A la salida de clase, a las dos y cuarto, ¡a tomar por el culo con la puta muela! Le he dicho que me la arrancara aunque fuera en vivo y con tenazas. Hasta las siete he tenido dormida media cara, como un estúpido. Pero ahora mismo el dolor ha parado. Se acabó y se terminó. Dentro de una semana (después del puente y con L. ya operado) me quitará los puntos. Esto es lo que somos. En un instante, una puta mierda. ¡Cago en el copón santo! ¡Anoche estuve tentado de beberme a morro una de las pocas botellas del ribera de Julio que me quedan! ¡A ver si me anestesiaba!
Como curiosidad diré que entre pesadillas adoloridas tuve el sueño más raro de toda mi puta vida. Que me tocaba un coche en unas papeletas de lotería. ¡Un Lexus!, que encima no sé ni cómo cojones es. Pero se conoce que la palabra me había golpeado en los ecos de la sesera a través de algún anuncio, supongo. Y una palabra extraña a mí puede desencajarme. He tratado de pensar todo el día qué podía significar. ¡Nada! ¡Ni puta idea! En fin, que ahora estoy como una rosa. ¡Joder! ¡Qué bien, chico! En otras épocas, con esta satisfacción tras el sufrimiento se me ponía el pirulo alegre. Ahora me voy a comer un cacho de chorizo con pan. ¿A ti no te pasaba, majo? ¡Pues muy tonto tenías que ser!

26/04/18
¿Qué estará haciendo en estos momentos L.? Seguro que chozpando a sus anchas por Piña. Con la libertad recobrada, ni se acordará de que mañana va al tajo. Eso sí, miedo ninguno. Me temo que andará con la ropa nueva (otra no ha llevado), sudado como una badana. Menos mal que a la noche le acicalará mi hermano… Además, que hoy habrá comido solo, y sin mis advertencias lo normal es que de cada cucharada o pinchada la mitad vaya a la pechera. Ya tengo ganas de que llegue mañana por la tarde para ir a ver qué tal le ha pintado. Y en unos días, como nuevo y de vuelta. A la civilización.
***
La muela, de cine. Extraordinario. Acojonante. Una semana y me quitan los puntos. Después, otra endodoncia. A cojón de pato, que para eso se hace uno dentista. Por cierto, que ya le tengo reservada cita a L. Con esos dos dientes que parecen unos gemelos huérfanos, no está presentable. Además, que no puede comer bien. ¡Que se ponga una dentadura como dios manda! Hay algunos a los que no les asienta, me advierte. Al Gordo se la pusieron, y se la quita para comer, me previene. Seguramente estará pensando en el precio. A lo soquilla. Vamos, eso es lo que se oye en el pueblo, me insiste. Entonces le digo: Pues aquí es a estilo capital. Y añado: Aquí tienes que ser el señorito L. Y se ríe enseñando los dos huérfanos de roer el hueso del cocido. A lo soquilla.
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Ahí me tienes, disfrutando de una primavera engañosa y de un verano anticipado, completamente anómalos en Aguilar. A pesar de todo, viene un aire frío que no va pegado a la foto. Ojo con Aguilar, que en pleno agosto te puede exigir el tabardo.
La belleza del árbol habla por sí misma. Y en segundo plano, el Monasterio donde trabajo. Al fondo del todo, el castillo. Aquí es donde se va a celebrar el Mons Dei, para que nos conozcan in situ todos los autobuses de España. Por mi parte, visitaré las exposiciones de las Edades del Hombre, cómo no. Pero quede muy claro que lo único que mí me queda parecido a lo religioso ya lo tenía pensado desde mucho tiempo atrás: el chopo gigante de la entrada al monasterio, que recoja una parte de mis cenizas; la otra parte, que vaya al alcorque de la higuera del caserón de Piña. Eso, si se cumple mi voluntad. Si alguien decide al final hacer conmigo lo que se le ponga en los cojones, en último caso, yo con la Lourdes. Juntos.
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Algunos pensarán que esta voz que he seleccionado para hablar en el diario resulta muy contundente. Muy radical. Suena un poco a intemperancia. O, lo que es peor, a dominancia. Verás. Es difícil de explicar para los que no están fogueados en la literatura. De Jesús Medrano García a J. Medrano Gabilucho va una voz (un tono, una sintaxis, un léxico). Si te piensas que quien escribe estas palabras es el chico de la Melcho (en paz descanse), es que andas poco versado en escrituras.
Lo digo para esas escasas tres centenas de amigos que me siguen. Supongo que la mayor parte de las entradas que me refleja el contador del blog son alumnos dedicados al pillaje de los temas de la EBAU. No soy tan tontainas como para creerme que existen todos esos lectores a los que les fascinan mis prosas. Estos son unas pocas decenas. Entre Palencia, Valladolid, Santander y algunos de Madrid que conozco. Incluso, algún profesional en estas lides. Tampoco vayamos a pensar que escribo para cuatro compañeros del instituto. No quita que alguna compañera se derrota creyendo que esta lengua mía está llena de felicidades.
No es así, no soy Borges (algunos escritores muertos pueden citarse por nombres y apellidos). Pero el que entiende sabe que la expresión “llena de felicidades” es borgiana. Yo no llego a tanto, pero tampoco pongo palabras al tuntún. A ver si nos entendemos.
O sea, en definitiva, que yo no escribo este diario con la misma artillería verbal que escribí mi poesía, ni con la que escribí la historia de un policía, de unos gallos o de unos gatos. Ni ninguna de las líneas que tengo escritas de ensayo. Pues en cada caso, apaño y acomodo una lengua. No te equivoques, compañero. Yo no escribo a churrera, plano, funcional, sin sodio y envasado en bolsas para congelar. Oye lo que te digo: mi escritura, mala o buena, tiene huevos. Frescos. Como los que comíamos de niños en el pueblo, cuando las gallinas picoteaban en los muladares del corral la mierda recién cagada por personas y animales. Sí, la escritura, retinta; como la escopeta, retingla. Yo no escribiré nunca ninguna escritura aseada. Yo no soy un premio Planeta.
Otra cuestión muy distinta es la de la verdad. Si el escritor dice la verdad. Para empezar, acuérdate de lo que dijo el machadiano Abel Martín de la verdad. Bien, pues yo te digo que en literatura no se puede mentir, porque solo es literatura lo que está bien escrito. Y eso es lo verdadero. En cuanto a la verosimilitud de los hechos, eso al escritor se la trae al pairo. Que le crean o no sobre lo que escribe. Y con mayor razón cuando se trata de un diario. Yo te puedo decir, por ejemplo, que en este momento voy a hacer un alto para fumarme un cigarro y meneármela. Tú cree lo que te dé la gana. A mí lo que me interesa es camelarte, tenerte enganchado a mi palabra, que dudes. Y que te preguntes: ¿Será verdad lo que dice este cabronazo?
En conclusión, si picas el anzuelo y tragas y te trabas bien atragantado, entonces ya eres mío. Mi lector. Y eso es lo bueno, lo bello y lo verdadero de la creación. Bonavía, Belavía y Veravía. Los tres caminos que deben transitar de la mano el que escribe y el que lo lee. Dos caras de la misma moneda (de dos reales, o sea, comunicadas por un agujero en medio). ¿Recuerdas? Con ese níquel y un hilo hacíamos de chicos un círculo que zumbaba rabioso y desenfrenado sobre sí mismo. Eso que se oía, eso es la literatura. Lo que yo digo es lo que te sucede también a ti. Si te reconoces en ello, es que está bien escrito. Yo hablo de mí para hablar, sobre todo, de ti. De nosotros. De todos.
Por último, si me quieres tanto como un hermano, y no habíamos tenido ocasión de aclararlo, y te pica el lobulillo de la curiosidad, te diré una cosa: lo de la trastienda de la panadería es cierto. Como que me llamo J. Medrano… Y, dicho sea de paso, si mi diario se interpreta en el sentido de las confesiones que en él puedan verterse, entonces lo mío es una postal navideña de una pudorosa sor comparado con lo que vengo leyendo en otros diarios literarios consagrados. Porque ser escritor es exponerse. Valientemente. Esto, que vengo diciendo desde que puse la primera línea, y que ahora parece que algunos lo escriben en suplementos literarios muy serios.
***
No tengo ninguna tendencia a la escritura social. Y mira que me gustaría. Lo digo, a pesar de todo, porque no puedo reprimir cuatro palabras sobre mi colega VE. Le encuentro a la puerta de la cafetería, ojos saltones, cigarro baboso y cara rojiza de calamocano. Lleva (llevaba hasta hace un mes) un tráiler por toda Europa y la puta crisis le ha puesto en la calle. Que dejara las llaves y no volviera al día siguiente, le dijo el amo. Que lo está pasando fatal, dice él, que no duerme. Cagondios. Tiene dos años de paro. Pero qué cojones hago hasta la jubilación. Qué puta vida. Y lo malo es que no hay quien me aguante en casa. Cagondios. Esta crisis no es igual en la calle que en la tele.
La crisis es todavía cruel. Está en su paroxismo máximo. Ha destapado las distancias en la clase media. Se ven las diferencias entre los que se arreglan la dentadura y los que tienen la boca salteada de huecos. Como VE. Pero esta crudeza estética, expresionista, es todavía más leve que la otra, la verdadera. La crueldad económica.
La crisis ha bajado hasta un cuarenta por ciento el precio del ladrillo. En algunos sitios. El neocapitalismo que sedujo y engañó a los de poco colchón, los ha obligado soltar aquello que compraron con la pretensión de parecer ricos. Eso es lo que predicaba el neoliberalismo voraz: Tú puedes vivir como un rico. Te damos el dinero.
Mentira. El poder económico no cambia en cientos de años. Lo sabe la historia. No hay ricos (salvo excepciones) de la noche a la mañana. Y de este modo, lo que ahora está sucediendo es que los que tienen dinero invierten comprando barato. Es despiadado, pero es así. Funcionarios de doble sueldo que vigilan a la espera, con dinero fresco y en mano, par hacerse con patrimonio vulnerable. El funcionario o asalariado de profesión liberal sabe que tiene que engordar la bolsa de una jubilación que irá mermando con el tiempo. Y hace previsión de un complemento en forma de fondos de inversión conservadores, planes de pensiones o inmuebles interesantes para alquiler. La brecha que se abrirá en la clase media se prolongará más allá de lo que algunos podamos vivir. Y, por supuesto, todos hacemos nuestros cálculos. Algunos compran casas que otros pagarán de alquiler en el plazo de una década. Es la ley del mercado. ¿No queríamos eso? No hay ninguna esperanza en el consenso político. No se sentarán a arreglarlo. Pues ¡sálvese quien pueda y hasta las próximas elecciones!

02/05/18













Como un gato. Nunca se queja. A todo se acomoda. Dormía igual en la habitación de Piña que en la de mi buharda, en la cama del hospital que ahora en la de la residencia. No ha quedado más remedio porque necesita múltiples cuidados después de la operación de cadera. Se le bloqueó la próstata y no expulsó la anestesia. Se complicó todo y tuvieron que meterle una sonda por la barriga. Ni una queja. Por suerte, la cadera evoluciona perfectamente y parece que va orinando poco a poco por su sitio natural.
—A ver, hombre, si me se va curando…
—Tú tranquilo, que en poco tiempo vas a andar como un galgo
—¡A ver, hombre, si puede ser! Aquí hay una señora que dice que te conoce
—Claro. No ves que llevo en Aguilar muchos años
—Dice que va a Piña a comprar pastas
—Piña de Campos
—Ya me parecía a mí… Dice que tiene tres perrillos
—Pues que te regale uno para que te haga compañía
—¡Ni más cojones!
Ni una queja. La anestesia filtrada en sangre le produjo unos efectos tremendos. Le salían chorros de vómito hasta por las narices. Las bajadas de tensión le producían lipotimias de minutos de desvanecimiento. Cuando recuperaba la conciencia y le preguntaban las enfermeras respondía invariablemente lo mismo:
—Estoy bien…
—¿Qué tal se encuentra, Lázaro! —el urólogo
—Que estoy bien
—¿Y la cadera? ¿Notas mejoría, Lázaro? —el traumatólogo
—Que sí. Yo creo que me ha quedado usted superior. De primerona
—Verá qué pronto puede volver a Aguilar. Y va a poder visitar las Edades del Hombre. Y ver a la reina cuando se inauguren. Aguilar es un pueblo con mucho arte.
—¡Joder! ¡Eso sí! ¡Hay iglesias a degüello! —contesta Lázaro como un cuete—. Claro que es una medio capital. No como en el pueblo, que al ser pequeño tiene poca hostia. Pero estábamos bien también allí, hombre. Con mi hermana…
Solo un levísimo silencio de mosca. Pero ni una queja. No se sabe si siente o padece. No lo expresará. Como un gato misterioso que en el fondo no tiene nada en la cabeza. Vacío. Ese es el relumbre tras sus ojos un poco rasgados. Pero no era verdad lo que decía Charles Baudelaire en sus tres poemas sobre gatos de “Les fleurs du mal”. Y yo le echo de menos a este en el sofá, callado, y en la cama de la buharda, aovillado. Como si me hubiesen quitado de repente a un gato domiciliario. Y lo dicho, ni una queja.

06/05/18
Todo el día baldado, tumbado, dormitando entre la butaca y la cama. Seguido a una noche de perros, en que me he levantado veinte veces por lo menos. Ahora salen los desarreglos de la semana pasada: los días en que he malcomido, maldormido y malvivido. Y para remate, en esa situación de defensas bajas, he cogido el frío gélido de las tardes de paseo a Peña Aguilón, en mis visitas a L. La residencia está en un sitio privilegiado, pero en esos parajes abiertos el hijoputa del cierzo rasga gargantas, narices y hasta el pecho en canal. De momento, me ha puesto el gaznate a punto de ebullición.
Estamos en una edad en que el cuerpo se descompensa en cuanto lo sacamos del paso. Y yo acuso estas alteraciones sobremanera. Para colmo, el sábado estuvo mi hermano y nos acostamos tarde y el domingo tuve comida familiar fuera de casa. Más leña al fuego. Hasta que se me rompe el equilibrio precario pero persistente de una vida que suelo llevar ordenada.
En realidad, pesa más en la salud lo psíquico que lo físico. Los fríos e inconvenientes del caserón, los viajes de aquí para allá, las gestiones y el ajetreo para atender a L. al final no suponen tanto esfuerzo. Son las soledades de una casa donde ya solo hablan los muertos contigo, las alucinaciones nocturnas, las preocupaciones por asegurar el bienestar de L., la sensación constante de derrumbamiento de un mundo perdido… Eso calca.
Para superar dicha presión yo suelo recurrir a la técnica de concentrarme en las cosas placenteras que al mismo tiempo se viven con las otras. Momentos de placer intenso como la sombra de un árbol en medio del verano del páramo. Uno aquí y otro allá.
El primer día que pasé allí, solo, en el caserón: un cigarro fumado en el corral todavía colmado de luz y la cigüeña posada en la antena, los brotes renovados de la higuera sagrada que plantó mi abuelo…
La noche que cené con JLC y A. El picadillo y ese trozo de congrio acojonante.  El ribera inolvidable de JC. La alegría con gente a la que quieres como hermanos.
La claridad plena de las siete de la mañana, cuando iba desde el hospital a desayunar un chocolate con churros al Erchus, a un extremo de Capitanía. ¡Qué placer tan humilde y cálido y que envuelve por dentro! Y el incendio de la fachada de San Pablo en la primera luz (alguna vez me acerqué), alertando la conciencia del paso de los siglos oscuros al renacer moderno. ¿No es esto también un motivo de gozo que hace olvidar por instantes la congoja?
Todo se da por bueno, cuando la situación se encarrilla y va entrando en vías de solución. Me calma saber que L. está ahora muy bien cuidado. Aunque no esté aquí conmigo. Con esa presencia suya, quieta, casi invisible. Entre perro y gato. A ver si en verano puede vivir ya en el piso. Solo (pero conmigo al lado). Casi autónomo.


09/05/18
L. con el andador. Parece que va marchando. Le va a costar un poco, pero se aprecia la mejoría. Enseguida, quitar los puntos. Y a finales de mes, urólogo aquí y traumatólogo en Valladolid. Encarrilado.
Se aburre un poco, claro. La residencia, como todas, está llena de zombis. Da pena decirlo. Le digo que tenga paciencia y que charle un poco con los más válidos. Pero es tan tozudo que no muda su primera idea. Se queda en el piso de su habitación y no visita a C., tío de una compañera mía, que está en el segundo. O la planta baja, donde algunos más animados buscan compañía y charleta. Pues no. Pues te jodes, le digo. Así se te hará la tarde larguísima (por la mañana les distraen con actividades sencillas).
—¡Que no! ¡Que no me aburro! Si me aburro, miro por alguna ventana y como no lo he visto antes, pues me entretengo —dice.
—¡Joder con la distracción! —contesto
—Bueno, antes he estado parlando con la A. (conocida mía). Que mañana tiene que ir al médico a Palencia.
—Ya
—Tiene tres perrillos, me ha dicho —dice
***
Y encarrilado también lo mío. Una faringitis como un perro, resultado de un cambio brusco de tiempo. No falla. No hay año que no me agarre las narices o la garganta. Hoy, el tercer chute de antibiótico. Ahora los dan en tres dosis y a correr. Me encuentro bastante mejor. Pero las he pasado putas en clase durante lo que va de semana. De complemento, ibuprofeno a esgalla.
Y si no me coge la nariz por dentro, me la pule por fuera. Con una rosácea leve que arrastro desde hace más de un año. También se reaviva con los cambios de fuera y de dentro. Y se me ha vuelto a aberenjenar un poco. Mi padre lo tenía muy visible en forma de una pequeña mancha cárdena a un lado de la nariz. Lo mío va mudando a temporadas, pero creo que se queda crónico para siempre jamás. Es el precio de tener la piel tan blanca y quizás la consecuencia de la falta de protección ante el cambio climático general.
Hace tiempo acudí a una dermatóloga que me pareció deficiente mental. Me desagradó su pinta por fuera y su trato, inferior al de una veterinaria atendiendo a una mascota. De piri. Los que no son de Valmedio no tienen ni puta idea de lo que es un piri y tampoco se lo voy a explicar. Que acudan al lexicógrafo de la Esgueva compendiado por FN, q.e.p.d.
La cosa es que me recetó dos cremas, un preparado tan exclusivo que solo lo vendían en una farmacia de la capital, unas pastillas y mes y medio de antibióticos (como lo digo). A los tres días me fui a pedir una segunda opinión a otra profesional. Me aconsejó un tiempo de espera. Después me prescribió las dos primeras cremas de la anterior. Hasta hoy. El resultado, similar. Mi conclusión es clara. La primera me recetó como si fuera una cuarentona traumatizada por las rojeces más o menos antiestéticas en la cara. La segunda entendió que soy un adulto de casi sesenta tacos con la punta de la pipota un poco encarnada de vez en cuando. Ya quisiera yo ser igual para todo…
***
Lo de no escribir todos los días es una cosa propia de un diario. No vaya a creerse. Incluidos los que uno está de mala leche. Aunque también puede ser porque te entretienes enredando. Así me ha pasado a mí estos días atrás. Además, en un diario no se pone todo lo que le viene a uno en gana, o acude a su cabeza, como le sucede a uno que yo me sé. Muy conocido. Se pone lo que se considera pertinente para cocinar lo que se pretende, por muy general que sea la idea sobre la comida que finalmente ofrecerás.
A mí suele sucederme que la música que selecciono al principio para mantenerla de fondo me distrae del objetivo. Y como mis papeles no persiguen otro fin que el puro gusto de su prosa, pues me voy por la tangente. Bueno, ¿y qué? ¿Acaso soy yo un forzado de la pluma en busca de la gloria? Eso queda para los que se quitan el pellejo para sostener el estatus. Dentro de un año viviré de las rentas y seguiré escribiendo por la gloria minúscula de mis cuatro lectores. La inmortalidad literaria es otra cosa. Esta no la calcula nadie. Y para entonces todos (reconocidos o no en vida) seremos petróleo. Y rastro de gusanos.
En este zascandileo nervioso por el Spoti me topé, como decía, con Tangerine Dream. Los que me siguen ya se figuran que no me salgo de los setenta. Lo demás, para mí, es purrela. Y los del baby boom (que vamos a comenzar a jubilarnos en nada) encontramos nuestra música seria (aparte de la clásica, de la que siempre he sabido poco por mis orejas de burro) en lo que entonces se llamaba el rock prog o progresivo. O sinfónico. Algo así. Yo, al menos, escuché bastante música de este tipo. Como estos alemanes que acabo de mentar. Sé que compré “Stratosfear” y “Cyclon”. Pero más tarde pude escuchar a destiempo el que verdaderamente me fascinó: “Tyger”. Es el que tengo puesto ahora mismo.
El tigre del título hacía alusión al poema de William Blake, poeta que no figura en el texto de bachillerato que yo explico. Da igual. A mí me produce convulsiones. Yo lo leí en la edición de Visor, por vez primera, el tres de septiembre del ochenta y tres. No solo reza al lado de mi firma, sino que la fecha figura en un ticket de tranvía utilizado como marcapáginas, en un viaje que realicé de Valladolid a Aguilar en esa fecha. Antes de coger el tren, lo compré en Lara, en los soportales de Fuente Dorada. Mientras daba un garbeo errático por llenar el tiempo de espera previo al viaje.
Blake no le interesa a casi nadie porque es inclasificable. Su clasicismo bebe en fuentes bíblicas; su indiscutible contemporaneidad de pensamiento le hace estar más allá incluso que un mero heterodoxo. Quien lo haya leído un poco lo sabe. Blake es inconfundible e irrepetible. Su simbología es tan potente que produce alegría y terror al mismo tiempo. Su filosofía poética hecha de contrarios, solo reconoce como primer dios a la imaginación. No quiero enrollarme. Ya lo sé. Este pestiño es para muy pocos (Borges fue uno de ellos). Bueno, bien. Lo que digo es que otros son famosos. Blake es inmortal.
Retornando al asunto, en el disco homónimo de Tangerine Dream se utiliza como letra la de algunos poemas de Blake. Pero cuando salió el disco yo no supe estos detalles (o lo oí tiempo después), aunque ya había leído al poeta. Hoy recupero con frecuencia estos dos regalos simultáneos. Sobre todo, la lectura del libro. De manera que me pongo al diario y me despisto en la música o me entrego a la lectura y ya no escribo ni palabra. Tengo que decir que hay que leerlo con los sentidos, en muchos casos sin comprenderlo. Y a pesar de leerlo traducido, siempre disfruto.
Si yo fuera J.L. Borges, escribiría uno de sus relatos sobre un hombre acusado de un asesinato del que sería inocente. Un ticket de tren con una fecha sería la prueba de su inocencia. Tangerine Dream y, sobre todo, W. Blake serían motivos culturalistas muy del gusto del escritor. Pero yo no soy Borges. Y no se debe utilizar un asunto que en justicia pertenece a otro escritor. Aunque esté muerto. Es un hecho que pertenece a la historia de la literatura no escrita. O invisible.


10/05/18
No sé qué pasará hoy en Aguilar, que hay mucho revuelo.
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Se dice que lo que no se nombra no existe: mentira. Existen cosas sin nombre; existen cosas con nombre y existen cosas con nombre que al nombrarlas se convierten en otra cosa.
***
En una de esas etiquetillas que mi madre escribía y recortaba en papel, y luego pegaba en el sitio correspondiente, dice: “Enero. Membrillo. 2018”. En realidad, era dulce de membrillo que le había regalado la Visi. La letra grande, redonda y clara es inconfundible. Por eso, yo he querido conservar esa nostalgia escrita de uno de aquellos tarros que terminó de comer aquí, en Aguilar, mi tío L.
Lo he dejado pegado en uno de los libros de texto que suelo manejar. Que quede ahí, como perdido… Como si hubiera sido uno de sus últimos mensajes para el mundo. Como si quisiera dejar un rastro de vida intensa, como el olor del membrillo. Pocos días después, mi madre se murió.

Lo veo ahora, de nuevo, mientras trabajo en la buharda. Y se me pone un nudo en la garganta. Mientras escucho por millonésima vez “Omadawn”, de Mike Olfield. Mientras el sol se esconde por poniente, entre montañas.
—Madre, hoy ha venido la reina Sofía a Aguilar. ¿La has visto por la tele?


16/05/18
Al margen de las permanentes polémicas entre Roger y Rick (pelillos a la mar), lo evidente es que después de la marcha de Hodgson la banda ya fue otra cosa. Me precio de haber escuchado casi todo lo de Supertramp, y para mí tengo que los cuatro elepés de los años setenta fueron lo mejor. Ni siquiera “Brother where…”, de mediados de los ochenta, me convence. Y eso que lo merqué en casete. Nada, que me revuelco en lo dicho: excepto lo arriba mentado, lo demás es mermelada.
Voy a ponerme “Crime…” para escuchar el trote maravilloso de la batería del señor Bob Siebenberg en “School”.
***
Hablando de trotes, me invitan a comer potro. Rehúso. Comer potro debe de ser algo así como montar a choto. ¡Por favor! Y eso que yo como de todo… Lo mismo que me sucede con un hijoputa de queso que ha traído Lou. Lo digo de corazón: no lo rechazo porque sea de su pueblo; es que tiene que ser infame para que a mí no me guste un queso. A lo mejor es que no me va lo de cabra. ¿Qué vas a esperar de una puta chiva?
En este debo de sufrir un prejuicio arraigado que no llego a detectar. Pero a mí la chiva me parece que es una raza innoble degenerada de la oveja. Como entre un caballo y un macho. O un toro y un buey. No sé.
***
Imposible que mis alumnos puedan comprender eso tan de moda que llaman el algoritmo. Una herramienta como otra cualquiera, a fin de cuentas. Pero su uso perverso puede ser letal.
La inteligencia artificial manejada con fines antiéticos ya está aquí. Son agencias rusas manipulando elecciones en EEUU o Cataluña. Para desestabilizar Europa unida. Hay que ser muy ingenuo para tragarse que la Guerra Fría terminó con la caída del muro de Berlín. ¡Por los cojones!
Un algoritmo matemático tiene la capacidad de detectar perfiles personales homogéneos, de gustos similares, e inducir y orientar a su vez a esos grandes grupos hacia un gusto común. La segunda parte consistirá en venderte algo. Y la tercera y última, en hacerte pensar de una manera determinada.
Contra el algoritmo diabólico (les digo a mis alumnos como un profeta loco), libros. Historia, Literatura, Filosofía. En definitiva, la formación de un pensamiento crítico que te permita mantenerte libre frente a las Ideas Dominantes, el Pensamiento Políticamente Correcto y el Sentido Único de muchas de las ideologías de última hora. ¡Ojito, chavales! 
Se descojonan de mí. ¡Pijadas de Chuchi! Tienen dieciocho años, sus mentes son artefactos perfectos para entender la tecnología; sus cuerpos, máquinas de precisión para follarse hasta a su abuela si se pone por delante. Es de lógica: ¿por qué iban a hacerme caso a mí, un previejo chocho? Lo triste es que algún día caerán en la cuenta y comprenderán. Y entonces, sus mentes y sus cuerpos ya no funcionarán como ahora. La vieja historia del mundo.


17/05/18
La frase del día (ya añeja, pero reeditada para la ocasión) la pronunció PI como crítica acerba contra un enemigo político, LDG: “Yo no me fiaría de un ministro que se compra un chalet de seiscientos mil euros”. Personalmente, ya desconfié entonces (y desconfiaría siempre) de quien se expresaba con una demagogia de semejante tenor.
Hoy le ha caído en la cara el japo que había escupido hacia arriba al que habló tan a la ligera. La conclusión es nítida: o no sabía dónde estaba pinado u ofendía desde el rencor propio de tipejos de colmillo carnicero. Hoy los periódicos publican que PI y su pareja se han pillado un chalet en la sierra, ¿de cuántos orencios? De seiscientos mil. Lo mismito que criticaban. Claro que la ínfima calidad política (¿y humana?) de estos individuos nos retrucará con sutiles matices. Pero no hay componendas que valgan. No solo hay que desconfiar de tipos así, sino incluso de las buenas ideas (aparentes) de tipos así. No existen buenas ideas sin buenas personas. Lo verdadero, lo bueno y lo bello es uno. Platón.
***
Frecuento las diferentes páginas en la red de mi antiguo compañero de bachillerato e incuestionable escritor, AGO. La selección de novelas de su gusto suele depararme variadas sorpresas. Lo más curioso es que a menudo no son nombres que mi juicio crítico haya subrayado. Y me considero alguien que maneja buena información, actualizada y sopesada. Y, en general, leída.
Es la prueba de que aun admirando mucho el talento de un artista, el talante característico de dos personas cercanas puede estar en las antípodas. Normalmente, AGO me suele resultar profundo y sabio, pero demasiado intelectual en sus consideraciones. Podría decirse que no veo un cuadro vivo de la vida en sus escritos ensayísticos. Sí, en algunas de sus novelas. En cuanto a su poesía, me da que bebe en modelos que a mí se me escapan por pertenecer a tradiciones muy lejanas a la nuestra o por servirse de unas técnicas que en mi opinión conducen a un resultado rayano en lo antipoético.


20/05/18
Hoy, a la hora de comer, había concluido la corrección de los exámenes de Segundo de Bachillerato. Con esa satisfacción del que se quita de encima un pesado fardo. Todos los cursos me ocurre lo mismo: una vez superada esta fase, tengo la sensación que ya estoy de prevacaciones. Es como si hasta las de verano ya solo quedase una recta sin esprín o acelerón final.
Solo que en esta ocasión ha sido un poco distinto. Confieso que he sentido un roce de garganta, y me he visto una pequeña pucherita nostálgica. Después de muchos años de impartir en este nivel, el próximo curso no es conveniente que lo coja por motivos obvios de responsabilidad académica: con la jubilación tendré que dejar a medias el curso. Y, eso sí, no continuaré ni un día más allá de mi cumpleaños. Si es posible. Lo tengo clarísimo. No es desamor a la profesión. Es que mi ciclo o periplo laboral se ha cumplido. Es así. O así lo siento. Salir con la cabeza bien alta mientras se pueda y en condiciones físicas bastante buenas. Ese es el objetivo. Lo demás, ya se verá.
En fin, que esta mañana a la una y media he finalizado una misión que la vida me encomendó y con la que he sido feliz. Jamás volveré a ser el profesor de Lengua Castellana y Literatura de Segundo de Bachillerato. Y quería decirlo aquí.
Los alumnos, por su parte, suelen expresarse a su manera. Y cuando un profesor ha explicado una materia durante muchos años seguidos en el mismo centro, lo llaman “un mítico”. Pues eso.


21/05/18
Que un político se someta al criterio de las bases para justificar que se ha comprado una casa millonaria, me parece una memez sin precedentes. Solo entendible desde el punto de vista de quien busca hacerse perdonar un desliz moral. Y es que la arrogancia moral, el personalismo irremediable en el control del poder y la fascinación por el estilo del contrario, son males endémicos de la izquierda.
En este sentido, PI me ha recordado estos días al Billie el Niño que leí en R.J. Sender. No sé por qué. Quizás los mismos tics. Una gestualidad corporal de pistolero. Y ahora la compra de un rancho con espuelas doradas en el dintel del arco de entrada. No sé. Es posible que PI no sepa lo mucho que admira a los ricos que tan acerbamente fustiga.
***
A mí hay pocos programas que me gusten tanto como el del domingo por la noche titulado “Ciencia forense”. Cada capítulo es una estupenda novela policiaca y un ejemplo narrativo de presentar una historia real bien argumentada. Es lo que ofrece normalmente el subgénero. Una garantía en el interés de la trama hasta el golpe de efecto final. Ayer fue una maravillosa miscelánea de sexo, violencia, dinero, bajos fondos e investigación policial.
Además, después me quedé a ver la peli que seguía, sin tener mucha idea de lo que el periódico quería anunciar en la sinopsis. Una cosa extrañísima de JC, titulada “Gente en los sitios”. Al final, fisgué un poco en internet y constaté que tenía críticas que la ponían por las nubes y otras que abominaban de ella. A mí me gustó. De verdad. El director mismo la presentó como un “collage”, pero yo creo que era más bien un puzle. Moderno. Porque sus piezas indicaban determinada orientación de las figuras, sin llegar a componer una imagen precisa. Pero sí, intuida, libre, reconocible. En las artes visuales no soporto la linealidad (hablando de artes modernas). Y en cine y televisión, sobremanera. En cambio, en teatro me gusta hasta el malo. Una mala actuación es tan patética en el teatro como en la vida. No hay engaño.
***
Mañana, con L. A ver si le quitan la sonda. De las ancas, va mejor. El pobre hombre está hasta los cojones de darse paseos por la resi. Pero sospecho que hasta verano no va a poder volver al piso. Si todo va como hasta ahora.
No me extraña que se aburra. La resi me recuerda algunos primeros planos de película de Buñuel. O de “Misericordia”, de Galdós. ¡Hay que verlos alineados en fila frente a la televisión! La mayoría en silla de ruedas. Muchos de ellos, perdidos de la cabeza. Limpios, bien atendidos, controlados médicamente… Alguien de mi pueblo llamó a esto un “moridero”. Es muy injusto para los familiares responsables. Para los afectados, en la mayor parte de los casos, no queda otra solución mejor. Pero la palabra es exacta. Sin hipocresías.
Trato de penetrar en alguna de esas mentes todavía cuerdas (o con cierta lucidez) en cuerpos inmóviles. Y comprendo su silencio permanente.


27/05/18
Y aquí estoy de nuevo, en el despacho del pobre Jardiel, evocando su fantasma y temiendo que en cualquier momento se dibuje su perfil oscuro en alguna de estas altísimas paredes y techos de una casa que se conserva casi como en su día, cuando murió el escritor. La plaquita amarilla y romboidal, tan característica como extraña de la señalización matritense, así reza a un lado de la puerta de entrada al inmueble: “En esta casa vivió el escritor ENRIQUE JARDIEL PONCELA. Desde 1939 hasta su muerte en 1952”.
Todos los años, desde hace siete, acompaño a Lou durante los tres fines de semana consecutivos de la Feria del Libro de Madrid. Y nos quedamos aquí, en la Sede de la Fundación, Infantas 40, en la que fue casa del escritor. Y todos los años también, me dedico a echar una ojeada a la obra del pobre Jardiel; en esta ocasión, a su poesía. Obra inmensa en cantidad: veintiséis mil cuartillas, diría él mismo. Su nieto, Enrique Gallud Jardiel, hace un recuento exhaustivo y detallado: cuatro novelas grandes, treinta y nueve cortas; noventa y cuatro comedias largas y más de cuarenta breves; veintitrés guiones cinematográficos; diez tomos de ensayo, veinticinco conferencias; críticas teatrales, cartas, libros de aforismos y una cantidad difícilmente computable de artículos periodísticos…
Sin embargo, Jardiel, el pobre Jardiel, se murió prácticamente en la indigencia. En enero de 1950, cuando estaba ya sentenciado por un cáncer de fumador en la laringe, sentado en este mismo despacho en el ahora escribo yo (“en mi despacho, donde lo que cuento sucede”) confesaba con una amargura alejandrina que no supo ver la generación de poesía social que le siguió y le despreció (también por facha):

“¡He aquí el año 50! Entro en su mes de enero
Sin juventud ni ensueños: sin salud ni dinero,
Pues es este el sexto año en que sufro el asedio
De un mal del que los médicos no saben ni una jota,
Salvo lo que yo sé: que mi vida se agota…”

Mejor hubiera sido decir: “Aquí el año 50…”. Más quevedesco, nada humorístico, a pesar de que Quevedo era el primer humorista en su opinión. Pero no había tiempo para correcciones, había que rematarlo para que estuviese listo antes de las doce de la mañana y cobrarlo:
“…y lo que he de acabar, tenga o no tenga gana,
Antes de que amanezca la siguiente mañana:
Pues no acabar de hacerlo del todo, significa
El que ya no lo cobre a las doce la chica,
Y el no poder hacer la compra cotidiana”.

Así que con Jardiel en las manos, en cuanto piso el Retiro, me busco un lugar recoleto y me empozo y empecino en la delicia de este humor vanguardista. Me interesa mucho en este aspecto. Sus prólogos son más que jugosos. La siguiente sesión pienso enfrascarme en sus “Once mil vírgenes…”. Para ello me he profesionalizado convenientemente. Me llevo mi hamaquita, me sitúo en lugar estratégico que conozco de antemano, preferentemente en los jardines de Cecilio Rodríguez y allí, como digo, me empecino y me empozo toda una buena tarde.
Por cierto, que a este don Cecilio también le dirige Jardiel su puyazo correspondiente, porque nada se escapaba a su risa avispada. Jardinero municipal de Madrid durante muchos años, exornó algunas zonas como esta que frecuento con un concepto versallesco y algo recargado de la belleza ajardinada. La posteridad le ha dedicado también una placa. Y Jardiel, unos versos burlones que pertenecen a uno de sus “Romances estúpidos”. Concretamente, al titulado “El castigo de Alí Bajá:

“Amplia huerta rodeaba
La mansión de Alí Bajá
Con campos de zanahorias
Tan extensos como el mar
Y hasta con campos de gules,
Que es la verdura ideal.
Para juergueo de su alma
Tenía aquel musulmán
Mil jardines perfumados,
Bellos cual no cabe más,
Pues no puso mano en ellos,
Por suerte de Alí Bajá,
Don Cecilio, el jardinero
Espeso y municipal.
Que si don Cecilio hubiera
Intervenido, quizá
En lugar de aquellas flores
De fragancia singular
Hubiera puesto azulejos
O aligustres del Sudán”.

En fin, que tengo que marcharme… Es un paseo agradable, por Alcalá arriba, pero tardo mi buena media hora. Y eso si tengo suerte. Porque en este momento me llega amortiguado el estruendo en Cibeles de la parafernalia esa que montan para celebrar la Champion. ¡A ver si me dejan pasar!

Casa de Jardiel, en Infantas 40

Rincón en el parque de don Cecilio



En el despacho de Jardiel, evocando su sombra

Entrada al parque de Cecilio Rodríguez
Os dejo este pequeño y deslustrado testimonio fotográfico. más por la ilusión que a mí mismo me producen esas localizaciones que por ningún otro valor. Que no lo tienen. la fotografía, por otro lado, es arte que jamás he comprendido.


31/05/18
Mal. La primera visita a la Feria de Madrid, muy mal. Pero no quiero comenzar chamuscado y voy a cambiar de tercio. Por serenarme un poquito. ¡Musiquita guapa! En serio, si quieres meterte una sesión maratoniana de buena música sin interrupción, ahí tienes en el Spoti un disco creado “ex profeso” de catorce horas y cien canciones. Rock del que a mí me mola, eso sí. El título lo dice todo: “Prog rock monsters”. Lo único que me jode es que no incluye ni una sola de Supertramp. Incomprensible. Nadie es perfecto.
Y ahora ya puedo continuar con el ritmo cardiaco un tantín más lento. Que en mí es muy rarito. Como yo. Un friki. Cuando controlo los pulsos a niveles aceptables, entonces la tensión alta puede superar los catorce. No me preocupa, porque en cuanto me tumbo un rato, lo vuelvo a clavar: catorce/ocho.
Debe de ser de familia. Los Teritas de la Granja, de donde procedía mi bisabuelo Poeque. Yo creo que tengo un toque. Solo uno. Cosa de nervios. Mi bisabuelo Tomás, de donde toma mi segundo nombre por el que casi nadie me ha llamado. Excepto GC, compañero ya jubilado y excelente profesor de historia. El cariño que ponía y el tono me encantaban: “¿Qué dice Tomasín?”. Siempre me llamó Tomasín. ¡Una alegría y un honor! Precisamente este Goyo constantemente me criticó mis gustos musicales amariconados, decía. Porque él es de rock duro, javimetal.
Otros compañeros me advertían seriamente: “Que te vas a quedar con ello y te lo van a llamar los alumnos”. Nunca me ha importado, porque soy de la Esgueva. Y los de la Esgueva somos listos como perros.  Y yo sé que mejor es un mote leve que evite otro ignominioso. Y Cervantes diría que del mal el menos. Eso es ser de la marnia de la sagrada Esgueva. Tan solo en Medina de Rioseco, mi primer destino docente, algunos chavales me decían Poldark, porque era “bueno de narices”. En honor del celebrado protagonista de una serie famosa por aquellos tiempos. Pero Poldark era tan distinguido, tan adorable (a pesar de su nariz aguileña), que a mí me parecía que me ensalzaba. Claro, no me lo llamaban a la cara.
En esto de los motes, yo siempre he considerado como mío legítimo, de mi raza, el de “Gabilucho”. Y lo he convertido en apellido de mis guerras literarias. Otros no he tenido. Es sabido que lo frecuente es que el apodo resalte un rasgo distintivo y singular. Un tic indiscutible. Por el que todo el mundo, generación tras generación de muchachos, te discerniría. Y el mío personal ha sido el uso de una moneda con la que he puesto silencio en clase con tres toques contundentes en la mesa, al comenzar cada sesión. Después de esta advertencia, invariablemente seguía una sanción a cualquier alborotador. Una técnica conductista muy sencilla que me ha evitado afonías, faringitis y posibles y futuros collarines. No he tenido problemas mayores en clase.
Bien. Que me estoy enrollando. Pero es bueno engrasar los dedos antes de escribir. La escritura pide este entrenamiento previo. Solo que tengo constatado que muchas veces lo interesante es la entradilla y secundario el asunto. Lo da la experiencia. Los antiguos lo llamaban “captatio benevolentiae”. Y a mí me ha parecido muy seductor en literatura, con la práctica del tiempo, tomar el rábano por las hojas. ¿Qué otra cosa es más literaria que contar la propia vida? Sí, la de un mindundi. Bueno, ¿y qué? O tal vez es que no se ha leído a Montaigne. Y este no era un don nadie, ¿verdad?
***
¿Lo ves? Pues ahora que ya no estás chinado y por la claraboya entra un sol glorioso de última hora de la tarde, ya se puede hablar de la Feria del Libro. Mal. Pero con otro temple y otro tono. Con pizcas de humor, si es posible. La poesía, con algo de azúcar; la prosa, ensalada. Para mí. Es lo que le hace a mis ojos tan interesante al pobre Jardiel. No puedo olvidarlo. Curiosamente, él se consideraba hijo “hidrográfico” del Ebro y del Esgueva. Porque la madre era de Valladolid, adelantada e inteligente, profesora de pintura y buena pintora ella misma. Dice la historia.
(En serio, si puedes, alguna vez, pon esta canción de Genesis: “Firth of Fifth”. Me está sacando de mis casillas y voy a tener que ir a ducharme. Me desconcentra de pura emoción).
***
¡Cómo no hablar hoy una palabra de la moción de censura! Creo que desde el punto de vista táctico, el partido ha estado listo. Muy oportuno. En España, la arbitrariedad y el abuso de poder son males endémicos. En el momento actual se había alcanzado un grado insostenible. Sancionado por los tribunales. No hay una salida mejor, a mi entender, para desbloquear una política cada vez más insolidaria, para afrontar de una vez la cuestión catalana y para limpiar de la hez las instituciones.
Pero debe pasar por unas generales más pronto que tarde. Y ahí residirá nuestro acierto definitivo o/y nos estromparemos. De todas formas, el tiempo que preceda a esto último va a ser de infarto. Porque yo jamás confiaría en socios de circunstancias que, uno por uno, han sido en el pasado inmediato muy poco partidarios de consensos de izquierdas. Y con esto, basta de política. Es un aviso.
***
Lo de mi tío L. pinta bastante bien. Lo de la cadera. Pero comienza a preocuparme en otros aspectos. El viernes pasado, tuve que salir a media mañana con él a Palencia, al hospital, porque se le había salido la sonda que atraviesa el vientre y va clavada directamente en la vejiga. A lo mejor este daño colateral de la operación va a durar más de lo previsible. Luego, una vez repuesto en urgencias, regresó sin problemas a Aguilar en la ambulancia. Y nosotros pudimos salir para Madrid.
Esto a mí me pone cardiaco. De momento. Que no le culpo, naturalmente. Las consultas previstas son lo de menos, porque ya me organizo con mi hermano. Pero le encuentro torpe y espeso. Me pregunta hoy si es martes. Después, no acierta en el ascensor a subir a su piso o a bajar a recepción. Parece mentira, pero no entiende que el piso “0” es la planta baja y el “-1” el comedor. Está físicamente muy repuesto y, sin embargo, desorientado. Yo creo que tiene unas ganas del copón de volver al piso…
El problema es que todavía necesita atenciones de higiene, médicas y de manejo diario. Me ha contado con naturalidad que esta mañana no ha podido levantarse para ir al servicio y no se ha aguantado. Aunque el personal haya llegado a los pocos minutos de haber tocado el timbre. Le digo que no se preocupe, pero en realidad sí que es preocupante. Al menos para mí. Puesto que dispone ya de movilidad suficiente, otro cualquiera habría podido descolgar la bolsa de la sonda y levantarse solo. Él no. Y eso anuncia unos riesgos en un futuro inmediato que hay que prever. Ya veremos.
***
Y la Feria de los Cojones. Por fin, diré lo más breve posible que arrancó mal y va de mal en peor. La lluvia impidió la inauguración. El tiempo no ha acompañado hasta ahora y sin sol no se vende un chelín, porque la Feria no es más que un engañabobos al paso. Ese es su secreto. Y llevó siete años seguidos observándolo. Se vende cuando el paseo está petado. Porque allí casi nadie va a comprar libros. Va a ver… Y luego, a lo mejor, termina comprando.
Por lo que a mí respecta, también mal. Algunos conocidos ya saben que acudo con regularidad. Y van a verme. Me he profesionalizado. Busco los rincones escondidos con mi hamaca y mi ebuc. Pero me llaman por teléfono. No me molesta. Pero yo voy a la Feria para servirle de recadero a Lou y el resto del tiempo para otra cosa obvia. Leer.
Después de todos estos años pasados, he depurado mi técnica. Consiste en recorrer el paseo inmediatamente antes de que lleguen los autores anunciados, cuando menos gente hay. Hago una foto de las casetas seleccionadas con el móvil y luego vuelvo a las que me interesan. A observar. Y si se tercia, comprar. Entre la mucha morralla, también hay gente muy interesante, cómo no. Me acerco a mis favoritos a fisgar. Al resto, a pillar anécdotas. Cada año me sorprendo menos, porque yo no voy a una librería a ver lo que hay. Un lector de verdad sabe lo que tiene que comprar de antemano.
Y si la cosa se pone bien, paso mis notas al pincho en un ordenador de la Fundación. Hay una docena, pero el único sin clave es el que tiene que utilizar Lou. Y eso limita mis opciones y mi tiempo. Procuraré dar cuenta de lo de este fin de semana. Mañana, después de comer, caminito de Madrid.


02/06/18
Títeres. Más. El viernes a primera hora, L. otra vez a Palencia. De nuevo, la puta sonda da problemas y se le sale de la vejiga. Y la orina que rebosa directamente por el orificio de la incisión practicada… La cuestión se complica porque los permisos a funcionarios son muy rigurosos en este sentido: no justifican la falta al trabajo más que en primera línea de consanguinidad; por tanto, no incluyen a los tíos carnales. Intento rápidamente contactar con una de esas empresas que proporcionan acompañante a los enfermos y no contestan. Así que llamo a mi hermano a ver si puede acercarse al Río Carrión antes de que llegue la ambulancia al hospital. En último caso, no me quedaría más remedio que ausentarme yo y correr con las consecuencias. Pero, al fin, mi hermano R. lo arregla para desplazarse él.
En definitiva, el parto de los montes. Le retiraron sin más la sonda y que mee por su sitio. Cojonudo. Para eso no era preciso tres visitas a tres urólogos consecutivos en quince días. Para ese burro no hacía falta tanta albarda. Pero al menos parece que L. evoluciona a mejor y se le ha quitado la cara de animalillo perplejo por las circunstancias.
—¡Pues sí que nos está pintando de cojones en este pueblo! —dice
—Pues imagínate esto en Piña, si hubiera vivido mi madre —contesto
—Ya
—Bueno, hombre, no te preocupes que esta la vas a pelar bien —le digo
—¡A ver, hombre! —contesta
Pero yo no puedo evitar pensar que es un aviso para caminantes. Si las cosas se tuercen con L., hay que tenerlo preparado. Sobre todo, para que pueda tirar de lo suyo hasta donde haga falta. No lo pensábamos de entrada, pero puede que se esté acercando el momento de desprendernos de lo de mi casa. Y yo no soy de los que se lamentan. Así son las cosas.
***
En cuanto a lo de PS, ayer, vale, pues bien. No conviene alargarse mucho en especulaciones. No es un pacto, ojo. Es un arreglo por intereses comunes. Una catalanización de la política. Todos contra el enemigo común. Pero así no se construye. Sin objetivo común. La experiencia histórica del partido ha jugado bien su baza. De acuerdo. Sin mayoría social.
Necesitamos presentar unas propuestas claras antes de las próximas elecciones. No soy partidario en absoluto de un pacto de legislatura con nadie. Y menos con Podemos. Yo me considero militante del socialismo histórico moderno, moderado y mesocrático. Puedo ser cualquier cosa menos un comunistón. Yo creo en los acuerdos con el contrario.

03/06/18
En la Feria, ayer por la mañana, vaya. Por la tarde, un aguacero de tres pares y medio de cojones. Increíblemente, la temperatura se mantuvo y se vendió. Eso me dice Lou. Una carpa móvil de paraguas, parecía. Capeé el temporal como pude, pero no me moví mucho. Sabía dónde estaba el momio, cómo no. Solo compré lo aconsejado por mi amigo CHSJ, el marido de mi escritora favorita, MS. Pero enseguida nos liamos con unas birras. Yo, clara con limón. Había pensado liarme con mis lecturas en los jardines de don Cecilio. Sin embargo, CH es tan amigable, tan cariñoso y tan tratable que no me importó tirarme al barro toda la tarde.
Después, para ser sinceros, me resultó muy útil. CH conoce toda la fauna y flora literarias de Madrid. Vaseamos con una agente literaria que no pasaba por su mejor momento. Un poco mula torda. CH me miraba de reojo. Yo estaba interesado en postularme para su plantilla. Que nones. Que antes cogía a jóvenes. Ahora, ni jóvenes ni viejos. Estuve a punto de decirle que ni puta falta que me hacía. Que a estas alturas no necesito ningún zocotrón que me diga si soy bueno o malo. Ni mucho menos, dinero.
Después se sumó otra. Esta, de familia cercana a mi zona. Se alborozó al oír que yo vivía en Aguilar. Pero algo sobrada, la verdad. No hay cosa que más me joda que alguien se vaya arriba con tres novelas escritas en toda una vida. Por lo menos en cantidad, te saco dos palmos, corazón. También me lo callé. Me daba consejos muy humildes y prácticos para mi futura carrera. Mal síntoma para quien no conoce el orgullo proverbial del escritor (cuanto más malo y desconocido, como el que suscribe, más orgullo).
Para terminar, JO, correcto como escritor, sí. Más que como señor. Se le ha pegado esa cosa germánica y áspera de los que han pasado mucho tiempo allí. Se abrió casi a la francesa (o sea, sin despedirse). Más bien seco (eso que se excusó porque llovía). Sin mayor importancia.
Y CH y yo tiramos para fuera del recinto a pasar el chaparrón con unas tapas y la última birra. Volvimos con los zapatos hídricos. Recogimos a nuestras señoras y hasta mañana. Nos despedimos con los mejores deseos de volver sobre lo hablado; es decir, la cosa de PS. La alegría de haber recuperado el gobierno. Yo, no voy a decir que no me alegro. Pero no le arriendo la ganancia. ¡Pobre!
De todos modos, lo peor de toda la Feria, este año, los putos meaderos. Sin agua corriente desde primera hora. Han habilitado unas letrinas inmundas. Colas más largas que para Blue Jean. De a uno. Me alivio escondido tras cualquier árbol. Ruboroso y vigilante. Como un pajillero cualquiera. Cada año está peor la organización en cosa de vejiga.
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Como soy tan majo, la gente ya sabe que acudo regularmente a la feria. Me buscan. Tengo que atender casi siempre. No queda más remedio. Me escondo y me embosco. Pero me descubren. Solo me da tiempo a leer un artículo delicioso de FS sobre la victoria/derrota vasca.
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Dedico un rato por la mañana y otro por la tarde a preparar la Selectividad con mi sobrino RM. Ahora que he concluido mi labor en Segundo de Bachillerato (y mi vida docente, casi), tendría que dedicar algún ratín a despotricar y denunciar la barbaridad de la prueba de acceso. Porque yo no soy de los que dicen que para lo que me queda dentro, me cago en el convento. En otra ocasión.
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Estoy por mandar a Chucky, el muñeco diabólico que anda por las inmediaciones del Retiro metiendo miedo a los niños, a las casetas de los escritores más infames. Esta mañana tendría que haber operado en una fila kilométrica en la que todas las niñatas de Madrid se abrazaban a un objeto de papel para la lectura en el que se leía “Idiotizadas”. Revelador. Estoy tentado, ya digo, de recurrir a Chucky el asesino. Aunque tenga que pagarle.
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Esta mañana localizo a la que durante mucho tiempo fue mi musa entre las escritoras. Siempre tan nívea, espiritual y ausente. Se me había olvidado este año. ¡Soy tan poco fiel! Siempre me la he imaginado muy pintada y maqueada, teñida de rubia platino y marilín. En mis fantasías. No hacíamos nada. Solo miradas muy románticas. Tras la interiorización silenciosa.
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¡Con razón les llaman gatos a estos cabrones de Madrid! Me siento un poco en las verduras aledañas al paseo, donde se desliza el mogollón, y me prendo un pito. Un subidón. Voy a llamar a un amigo y me salta mi hermano JLC. ¡Joder qué alegría! Charlamos un rato. Acojonante. Cuando cuelgo y me voy a pirar, ¡me han guindao el Marlboro! ¡Me lo han chorao! Lo tenía al costado, en la hierba. ¡Hasta en la santísima virgen!
***
La que dice el periódico hoy: Pedrito, lo tuyo ha sido un regalo caído del cielo. Un regalo envenenado. ¿Por qué? ¡Cagondios, pelele! ¿Por qué va a ser? Porque los votos prestados, hoy, son de los que quieren acabar contigo mañana. Te han dado cebadilla.

06/06/18
Aquí dejo un par de fotos del finde anterior, muy pasado por agua. Por circunstancias, tuve que hacer varios ratos de balcón. La segunda foto es en la feria comprándole un libro a uno de mis favoritos, MV.






07/06/18
Pillado de tiempo. Por época de exámenes. Además, el curso tiene siempre sus tensiones finales. Hay que afinar para no estropear lo conseguido con paciencia. Importantísimo: programar bien la conclusión de cada asignatura. Y con todo y con eso, es difícil conseguir que alguna clase no se desboque. Sobre todo, los primerines. Por ahora, todo normal. Pero muchos ejercicios de consolidación de lo aprendido y oportunidades de mejorar nota. Y ni se mueven. Como corderitos.
En Primero de Bachillerato, en cambio, las treinta y dos cabezas son mucho rebaño para que no se escape algún borrego y se despiste y se lo coma el lobo. Hoy, precisamente, no estaban muy receptivos con la escena final de “Casa de muñecas”, de Ibsen. Y eso que está muy bien Amparo Larrañaga en su papel. En uno de esos vídeos de youtube con la versión completa de Estudio 1. A este respecto, lo que me ha resultado chocante ha sido la nula participación de las chicas en un tema que constituye la base del feminismo moderno. ¡Pues no se les ponía en los huevos (o huevarios) dar su opinión! Tal vez, el cansancio.
***
Me volvió a llamar Diputación para el concurso de relatos “Cristina Tejedor”. Es evidente que tenían interés en que formara parte del jurado. No puedo asistir el día en que se falla el premio, pero me eximen de esa obligación. He quedado en que selecciono mi propuesta en las tres categorías y se lo mando por correo.
Teniendo en cuenta que solo hay un experto en literatura entre los miembros del jurado y que yo no soy de la cuerda, me parece incluso una deferencia. Pero la derecha sabe tratar muy bien estos asuntos. Ya lo he comprobado en otras ocasiones. Para cuestiones técnicas, buscan alguien que sepa. Y punto. Después, también pagan generosamente el trabajo. Punto. ¡A ver si aprendemos en la bancada de enfrente!
Lo jodido es que son más de cincuenta trabajos y hay que considerarlos con paciencia y tiento. Lleva unas horas. Pero en la ocasión anterior constaté que, al menos, es un concurso totalmente limpio. Y sé de qué hablo. Y con eso, a mí me basta. Visto lo visto. En otras latitudes. Y vivido. En carnes propias.


11/06/18
Cansado. Terminó la feria. A las seis hemos cargado la furgo y vuelta. A pesar del tiempo inestable, ventas más que dignas. Eso me dice la mía. Ella. No sé a cuánto se referirá. Pero se la ve contenta.
En cuanto al viaje, un año más, me ha resultado muy agradable. Es lo que tiene el piso de Infantas. Un casón de aire “vintage”. Eso me gusta. Entre añejo y decadente. Por algo se congrega en la zona un tipo de gente artista y bohemia. A mí me complace porque me instalo en él de inmediato. Como si fuera mi casa. En cuanto llego me siento cómodo. Esta es la única forma de viajar que entiendo. Distribuyo en cinco minutos mis cosas en el vestidor de entrada, en el armario de la derecha; y a la izquierda, ducha y sanitarios separados por una pared. Al estilo francés. Luego, la habitación en alcoba. Muy recogida y silenciosa. En pleno corazón de Madrid. La ventana, menos de metro y medio, nada. Si quiero ponerme a escribir, utilizo algún ordenador disponible en los despachos que se abren en la fachada principal. Como Jardielillo… Sin su genio. Pero sin sus apuros. Eso es lo bueno.
El verdadero viaje. El antiviaje. El único que yo entiendo. No existe viaje porque tenemos que llevarnos a nosotros mismos. ¡Cuánto aprendí en aquel libro ya antiguo del francés ADB! Y de su maestro, XDM. ¡Cuánto me ha ayudado la historia del pobre Jardiel a entender el viaje a Madrid! Su historia, una historia de pequeños. Los pequeños y sus fantasmas. Son tres: Zorrillita, Figarín y Jardielillo. Y las blancas presencias fantasmales de las mujeres que adoraron y zahirieron al mismo tiempo. A ratos, las percibo en el viejo casón de Infantas. Y yo también quiero chiscarme a alguna de ellas. A ver…
***
En la feria, pocos profesionales del Paseo de los coches como yo. Después de los años. En el Retiro, los árboles tienen que permitirte ver el bosque. Nunca mejor dicho. Cada día pueden firmar una media de quinientos autores. El arte consiste en saber quién es el uno por ciento que interesa. Los buenos. Para mí, claro. Y eso hay que llevarlo visto en la página. De lo contrario, te quebrantas a dar vueltas. O te eternizas entre el río de gente curiosa.
Compré lo previsto, acompañado de mi cicerone favorito, JMSJ. Un tío entrañable. ¡Cómo se ha portado este año! Me da la entradilla, porque conoce a todo dios relacionado con la literatura en Madrid. Me presenta a tanta gente que al final descontrolo.
Hablé con MV un buen rato en que no había casi gente en su caseta. Le dije que espero mucho de su libro. También yo he vivido esa sensación de clausurar una casa y perder definitivamente el hogar paterno. Para siempre. Ya me reconoce y sabe que paso por su firma todos los años. ¿Por qué?, me pregunta una vez más. Porque dices lo que yo quiero ver escrito, le contesto. Bien escrito. Luego me pone su correo y me dice que le llame alguna vez para visitar Aguilar y el instituto.
La editora de C. está que no cabe en sí. Ha pegado en la diana con la última publicación de una ecuatoriana que he descubierto y comprado. MO. También IMP me vendió el último suyo, una novela histórica, sin ficción. Se reía cuando le conté lo que me divirtió ese personaje de la anterior, imitador de Demis Rusos. Le sigo desde hace mucho y leo todo lo suyo. Y JO, que estuvo menos seco que el día anterior en que fuimos presentados. Le gustó que le hablase de aquella novela suya sobre una suplantación y una impostura amorosa. Es una vanidad lógica. Y más en un artista.
Y alguna youtuber de carita mona, que vendía un libro de poemas y tenía una fila inmensa a la espera… Se lo compré a Irene. Mermelada pseudorromántica. Pero algo había que llevar a la niña.
***
El viernes por la noche, con una cita de dos meses de antelación, por fin, pudimos cenar con los amigos informáticos de Lou (Ella) en el Yakitoro de Chicote. Mucha pijadita de sabores exóticos, de Oriente. Poca cantidad. Pero todo muy bueno. Con la ventaja de que está a un costado del inmueble donde vivimos y no tuvimos que movernos. Luego, rematamos con unas copas en la Plaza P. Zerolo. En terraza, porque no hacía malo. Ya no me sientan bien las copas. Lo que me jode es no tener una botella de buen ribera a mano. Así que a las dos de la mañana estaba agotado y sereno como la luna. Y se me abría la boca. Aunque la compañía me satisfacía mucho. Pero sin beber un buen vino de Julio y sin poder fumarme todos los marlboros que se me ponga en los cojones, ¡qué pinta uno a esas horas despierto!
***
Bueno, lo dejo porque me llama Ella. Yo a la mía también la llamo Ella. Es una particularidad léxica que me gusta mucho, aunque solo la entendamos JLC y yo. Es que a mí a veces me sale también una voz que responde al hombre antiguo que va conmigo. También soy yo. Es una voz de la Esgueva. Y no voy a renunciar al idiolecto de la Esgueva. Alguna vez me ha dicho alguien que queda pueblerino. Que suprima esta voz. No. Yo no escribo para editores de Madrid. Yo escribo las palabras de mi alma. Y me la suda quien no sepa leerme. O sea, que voy a ver qué me manda Ella.


17/06/18
Se me quedó atrás. De un día de la Feria de Madrid. Aunque me visita poco. Ya. Lo dije en otra parte: poesía, amante o puta. En fin, lo transcribo:

26/05/18/Visita
Ahora,
Llegas a lomos de la luz de un recuerdo.
Ímpetu
Desgarrador de diente felino.

Brillante
Cristal afilado y gemas de verdes cascotes de botella.
Olas
De un relato visto en cine,
Quizás de a. p. de mandiargues,
En una playa francesa, ¿la marée?
O el tigre elástico y hermoso de w. blake.

Natural,
Elemental
Tallo terroso de la joven clytocibe del asfalto.
Como era la urgencia adolescente
De labios y piernas, pechos y nalgas
Iniciales y esperanzadores
En calles recién mojadas, ¿Fray Luis?,
De mi Valladolid hoy invisible,
Y aún cálida y ansiosa y tierna. Y revisitada.

Sin embargo,
Ahora,
Otro ahora,
Tumor benigno, queja de cuerpo ya sin querencia,
Artrópodo inofensivo que pica inútilmente en la carne de la vida.
Y no la infecta ni la prende. ¡Ay! Y tampoco la apaga.
***
Eclosión, que parece definitiva, de una primavera remisa que va a juntarse con el verano. Y primer día de bici. Con mi amigo FHP. Médico. Me avisa que ande con ojo. Los últimos análisis, desequilibrados. Un colesterol que exigiría perder varios kilos. Cuatro, como mínimo. Hago propósito de enmienda. Me lo receto seriamente. Mejor cuatro kilos de menos que cuatro cigarros de menos, me ha advertido. Y bici regular en adelante. OK.
No sé qué voy a hacer entonces con la partida de libros traídos de la feria. Esta sí que es una balanza de precisión: leer, escribir, pasear. Tres platillos. Y porque no queda más remedio que terciarla.
***
Lo mejor de todo, que L. ya carbura casi recuperado. Paso a verle y me encuentro con una plaga de abejas en una nube que va alfombrando uno de los laterales de la Residencia. Todo el mundo dentro, sin posibilidad de pasear por los jardines una tarde como la de hoy. ¡Qué putada!
—Es tiempo de enjambrar, hombre.
Le llevo unos caramelos de miel (agorero) y se sonríe. Otro día, unos chicles. De alguna manera había que celebrar el San Antonio. Le pregunto si le hubiese gustado ir a Piña. Por lo menos una tarde.
—¡A qué cojones voy a ir! ¡Así! —se refiere a la pata. Todavía en rehabilitación—. ¡Pal año que viene! ¡A ver si puede ser, hombre!
Me suele esperar a partir de las cinco. Al fondo de un largo corredor donde se sienta al lado de una mesa camilla, junto a un ventanal enorme. Desde allí, me dice, suele mirar a lo lejos pasar los coches por la autovía. Hacia Santander. Hacia Valladolid. También el tren, aún más al fondo, por el cañón rocoso de las Tuerces.
Cuando subo al primero y traspaso la puerta, percibo su silueta al fondo, mansa y cabizbaja, tranquila, con un gesto incesante (el único) de giro a la cachava con los dedos. A un lado. Al otro. Me recuerda a mi abuelo. Al acercarme también sus manos me recuerdan a las de su padre. Enseguida se anima a la conversación:
—El martes, entonces, ¿a las ocho y media? —pregunta por centésima vez.
—Ahí lo tienes, apuntado en ese papel.
—Bueno. Mañana, entonces, me dices cuando vengas lo que me pongo, ¿eh? Me lo dejas ahí fuera, en esa silla.
—Vale, no te preocupes.
—Le diré a la chica que a ver si me ducha…
—Y bien afeitadito… Y cambiado de ropa. Todo.
—¡Que sí!
Vamos a Palencia. Es probable que sea la última visita al urólogo. La última prueba. Porque va bien de la vejiga. Sin ningún problema desde que le retiraron la sonda.
—¡Meo superior, hombre!
—Eso es lo que hace falta. Y si todo va bien, en julio al piso.
—¡A ver si puede ser, hombre!
Y me vuelvo a casa con la tora. Más tranquilo. A pesar de las putas abejas, que he conseguido esquivar saliendo por otro lado. Como relajado y contento. Yo también recuperado. Porque no me gustaría oír las voces de los otros. Las que vienen de Piña, desde el lugar donde descansan. Las voces de Piña, en general. Sencillamente, porque son las únicas que tienen autoridad sobre mí. El único lenguaje que para mí es sagrado. El que procede de allí. El resto, me la suda. Como lo que dicen los pobres en los pajares.


22/06/18
Es verano. Es el verano 59 de mi vida. No puedo negar la impresión de estar a punto de cerrar etapa. Nada por detrás. Solo los pasos del camino que resuenan en mi interior. Todo hacia adelante y vibrando ahí fuera. Y aquí me encuentro, escuchando a mis monstruos del rock. Hoy toca Camel. Remastered. Cuatro elepés de los setenta. 57 canciones. 4 horas y 32 minutos. ¿Se puede pedir más? Y la buharda recibiendo el alto sol de las siete de la tarde. Estoy bien, aquí y ahora.
***
Leo que la medida de la riqueza (lo que se considera oficialmente ser millonario) es poseer como mínimo un millón de dólares, exceptuada la vivienda residencial y los objetos de colección. En España, son 225.000 los que declaran en este sentido. Luego, por lo que a mí se refiere, me considero bastante afortunado. No dirá más. Esto en cuanto a lo material. Solo que lo mantengo sin presunción ni soberbia. Pero tampoco con falsa modestia.
En otro orden de cosas, estimo que mi riqueza es aún mayor. Porque he alcanzado el punto de disfrutar de Homero y Cervantes; de El Dante, Shakespeare y Goethe. Simplemente, porque los entiendo. Y me he embarcado durante estas últimas tardes en rastrear el “homúnculo” que engrandeció Mary Shelly, en Paracelso y en el libro VI de la Farsalia de Lucano. Y es este sueño divino de perseguir un acto definitivo y artificial (o sea, artístico) de suma creación, lo que me convierte en un hombre satisfecho y feliz. Es decir, plenamente rico.


23/06/18
¡Cómo le conozco al amigo! A L. Como está bastante recuperado, ya tiene ganas de picar suelas. Esta mañana, a ver lo que se cocía en la feria. Estamos en ferias. Me lo estaba imaginando. Por supuesto, en zapatillas de casa. Le he llevado un calzado fresco y más presentable. A primeros, en el piso. Está contento.
—Y aquí se come de cojones, hombre.
—¿Quieres quedarte?
—¡Bah
***
Esta noche es la hoguera de San Juan. Tal atracón me pegué siendo concejal de las más variopintas actividades fiesteras, que no me han quedado ganas más que para esto: acudir a las llamas para quemar el pasado. Porque solo existe el pasado que queda hecho palabra. Y, de igual modo, el futuro solamente serán las palabras por pronunciar. Exactas palabras.


25/06/18
Ayer estuve un rato en el concierto de Helena Bianco. Por curiosidad. Me lo recordó L. el día anterior. Él se acuerda muy bien de esto y lo había leído en el programa de fiestas. Una pena que no pudiera acudir por el horario de la residencia. Para otra ocasión. ¿La habrá?
En mi casa, Helena Bianco, la cantante de Los Mismos, ha sido siempre la sobrina de Jesús Minguela y la Fausti. Los de Castrillo, que todos los años venían a merendar un par de veces o a comer un cocido. La Fausti y mi madre eran algo parientas y amigas desde niñas. La Fausti, guapísima, según mi madre. Además, en cuestión de gustos para vestir, mi madre siempre la llamaba cuando tenía que bajar a Valladolid a comprarse algo para alguna celebración. Su criterio y su consejo eran decisivos.
Helena Bianco no traía la banda sino que se acompañaba de un solo músico. Supongo que con música enlatada. Pero la voz me parecía auténtica. Para mi sorpresa, la conserva clara y potente. Es de esos cantantes que pronuncian un castellano ortológicamente perfectísimo. Y a mí eso también me pone. Se defendió con brío, con entrega y con gracia. Una maravilla de profesionalidad. Y con setenta años todavía plenos de sensualidad. Se nota también que ha sido un bellezón.
Mientras la escuchaba, me pregunté cómo una niña criada en un caserío del Jaramiel pudo dar en artista. ¡Y creérselo! ¡Y triunfar como una reinona! Como delatan sus maneras. Tal vez las soledades de aquellos páramos y montes y espesuras entre Castrillo y Villafuerte se poblaron de hadas. La imaginación es una cualidad de la inteligencia. Y la inteligencia viste la realidad hasta transformarla. ¿Cómo engendró Zorrillita alguna de sus leyendas en aquel valle y aquellos pagos? Pues eso mismo.
También mi madre. Niña solitaria en los montes del Marqués durante los veranos de su infancia. Tal vez allí soñó los pocos cuentos infantiles disponibles (y los leyó y releyó) hasta alzarlos en personajes e historias ambientados en los contornos de la caseta de los Pedrazos. Tal vez yo mismo fui la consecuencia de un sueño de niña fantasiosa con vocación de madre. Libre y feliz por aquellos parajes. Mientras mi abuelo Melchor fustigaba hasta la extenuación a la pareja de mulas en la trilla. Y mi abuela Luisa soplaba los rescoldos bajo una desportillada pota sobre la trébede. En el lar. Tal vez Lazarito se embobaba con un colorín que cantaba entre las matas. O retozaba con el perrillo que entonces tenían…
De esta pobreza. De esta humildad. De este pozo cavado con el Pollo y Luis Bocatúnel. De este álveo dimanamos. De esta fuerza de los brazos. De este orgullo. Del trabajo de aquellos que nos dieron sangre y pan. Y el deber de continuarlos.


03/07/18
Semana de transición a vacaciones. Bueno, vacaciones lo que se dice vacaciones… No me refiero a lo estrictamente laboral, sino al reacomodo de L. en el piso. Ha vuelto el primero de julio, totalmente recuperado. Eso es cierto. Y una buena noticia. Se mueve con soltura y está como un roble de salud otra vez. Ha regresado contento y muy animado.
Otra cosa distinta ha sido el cálculo que yo me había hecho. Para mi sorpresa, estamos como al principio de llegar a Aguilar. Partiendo de cero. Me tiene cabreado como un mono. En tres días. Desesperado. Vuelta a enseñarle las cosas básicas. Las más insólitas. Abrir y cerrar puertas. Ducharse. Y que uno debe cambiarse de ropa si se ha cagado… un poco.
—Me se ha escapado… un poco. Tiene que haber sido la sandía… Y es que no me van las cosas frías…
—No me enfado por eso. Lo que me jode es que tengas los santos huevos de llegar a casa y seguir con la misma ropa puesta. Pantalones y calzoncillos. ¿Piensas seguir con lo mismo mañana? Porque ya se habrá secado la mierda.
—¡Anda! Me se ha revuelto un poco la barriga y… ¡anda!
—Te voy a decir una cosa, majete, escúchalo bien: yo no soy mi madre. La próxima vez que te pase eso (que no tiene importancia) y no vengas inmediatamente a cambiarte a casa, cogeré los pantalones y los calzoncillos y los tiraré a la basura. Y tendrás que comprarte otros nuevos. ¿Entendido?
—¡Anda! Y cómo pensaba yo que…
—¡Ni anda ni mis cojones treinta y tres!
—Bueno, hombre, bueno.
—¡Ah! Y otra cosa: te he dicho ya cinco veces estos días que te subas la cremallera de la bragueta.
—Me se olvida algunas veces. También en Piña me pasaba.
—Ya. Pero en Aguilar no te tiene que pasar. ¿Vale?
***
Y, sin embargo, este no es el dolor que me dejó mi madre. Mi casa desolada. La de Piña, claro. Este es el primer dolor auténtico que no remite. La clausura interior palpitante de una luz polvorienta. Entrevista. Casi invisible. La cancela hiriente de la puerta. Las persianas rendidas. Y el otro horror inesquivable de seguir oyendo sus voces. Las de los tres que se han ido y de quienes he sentido su muerte como un daño (la de mi abuela no está en mi cabeza, por razones obvias de tiempo). A veces, también, mi tío el cura me visita. Toda esa agua turbia removida al paso de la vida, más o menos recientemente. Pecina a las espaldas del vivir. Que no termina de asentar. Y últimamente también la necesidad de tomar decisiones. Vender la propiedad, por ejemplo. Eso duele. A sabiendas de que ya no tiene sentido conservar nada que no podrán gestionar otros. Cuanto antes, mejor. Salvo la casa de referencia. Por dejar una huella en Piña. Una casa encapsulada en el tiempo. Una casa fantasma. ¡Qué tarde de alborozo de pájaros en la higuera habrá sido la de hoy! Ya, solo las cosas se miran unas a otras. Todo lo que mora dentro de ese espacio encadenado es como si no hubiera existido nunca. Porque está desapareciendo segundo a segundo hacia su disolución.


13/07/18
Día torcido que ha rematado en día de perros. Una mañana airosa y de sol engañoso. Me echo a la carretera con la burrilla (acompañado de Lu) y nada más salir, ¡zas! ¡el hachazo! La fragilidad de mis piernas. Una contractura de cuádriceps que me ha parado en seco y me ha obligado a regresar a casa. Han bajado todos los dioses del firmamento. Y hasta la Santísima Trinidad. Mi antiguo problema muscular reaparece en toda su crudeza. Una lesión acojonante sin más solución momentánea que el reposo. He procurado ser prudente para evitarlo, pero no hay manera. No es deshidratación. No es sobreesfuerzo. Es que mis patas son así. Tal vez con calentamiento previo… En fin, no quiero hablar más de ello.
Ducha rabiosa y vuelta a la butaca de lectura. Tiene razón mi suegro: “Tú no estás hecho para el deporte. Lo tuyo son los libros”. Y tiene razón. Los libros y fumar. Y a tomar por el culo. En cuanto me salgo de este programa, todo son inconvenientes. Incluso se me quitan las ganas de escribir. Esa es otra. Porque después de un par de horas ya no veo ni una mierda. Se me emborronan las letras y tengo que descansar la vista. ¿Y ahora qué? Queda el pantano, el puente de la presa adonde es fácil encaramarse. Y saltar. Y a la mierda con todo.
Por si no fuera poco, la tarde se anubla, se pone pegajoso el cuerpo con el cambio de presión y el anuncio de tormenta, y estalla la lluvia. En la buharda, en la butaca. Continúo con el programa de estos días pasados. Reviso algunas cosas de Lorca para el recital de Piña, en agosto. Menos mal que recibo un guasap de JLC, mi hermanillo de destino, y me alegra un poco el resto del día. Quedo a la espera de ajustar los poemas definitivos sobre este Lorca del que se cumplirán 120 años de su muerte. El trágico Lorca. Como consuelo.
***
Para dividir este día agridulce, vuelvo un rato a MV. Otro de los grandes. Otro consuelo. Ya casi lo estoy concluyendo. No hay nadie en la literatura de hoy que sepa poner una voz tan personal a sus muertos. Eso es lo que hacemos algunos, me digo, hablar con nuestra raza desaparecida y nuestros libros. O sea, con muertos.
Reflexiono estos días sobre mi diario. Tan parecido en algunas cosas al libro de MV. A mí me gustaría transformar este diálogo en algo menos elegiaco. Mas proyectado al porvenir. A la acción. A lo que va quedando. Y en mi caso no hay referencia más clara en este sentido que la convivencia con L. Mi punto de apoyo hacia el futuro. Mi disparatado diálogo familiar con este bendito que me han dejado al cargo. Una auténtica sinfonía. Inversa. Sin fonía (separada la palabra). Porque no hay comunicación cabal con L. Por eso, este diario se ha ido convirtiendo (o se irá convirtiendo) en una “sin fonía” con Nazario. Cuando él mismo también se transforme en otro distinto del que era en su vida anterior. Ya casi no es el mismo.


20/07/18
Otra vez rabioso. ¡En Dios, en la Virgen y en toda la puta corte celestial! ¡Lo bien que se queda uno cuando lo suelta todo seguido! Creo que hay poco taco en la literatura española. Prueba de que no interesa el asunto social. A ver si no por qué no existen diálogos con blasfemias y exabruptos por el estilo. A veces pienso que tendría que comprarme una camiseta con una leyenda serigrafiada en el pecho con letras grandes y claras: Me cago en Dios. No tiene nada que ver con lo religioso. Es un asunto de pura catarsis lingüística.
Hoy mismo, sin ir más lejos. El caso es que L. había traído de Piña con mucha ilusión un reloj de pared que tenía en su habitación. Pues la humedad ha debido de terminar paralizándolo (como todo allí). No ha habido manera. Ni con pila nueva, ni con sucesivos intentos hasta que la aguja del minutero respondiese… ¡Nada! A ratos, se reinicia y se vuelve a detener. En algunas posiciones, quizás… Cuando ya lo teníamos colgado convenientemente en la pared de su habitación aquí, ¡da el fallo! Lo descuelgo, lo meneo, lo agito, me enveneno… Cuando vuelvo a intentar colgarlo, araño y mancho de negro la pared. ¡Me disparo! Total, para nada. Allí ha quedado, decorativo e inútil. Ahora, para que no se vea lo que hay debajo.
En el fondo, cavilo, es posible que se haya acabado también su tiempo. Y que lo que marque en adelante sea un tiempo sin tiempo. Un tiempo muerto. Es posible que tenga razón L. y que haya que dejarlo como está. De testigo definitivamente mudo. Porque su tiempo pertenecía a otro espacio. Y no lo vamos a arreglar, para que nos cueste más el collar que el galgo. Como dice L. con su utilitarismo simplón pero efectivo. Entre lo simbólico literario y lo práctico acomodaticio. Y el mal sabor de boca que me ha dejado.


10/08/18
Esto ya no admite demora. ¡Ya está bien, coño! El diario no es que sea género forzado al día a día, se comprende. Ni siquiera a un hebdomadario. Pero tampoco es lunario ni una mesada. Hasta ahí podíamos llegar. Me he descuidado porque estoy a mil asuntos y no poso el culo en la buharda. No se puede estar a todo. Llevo un mes disperso como un puto cínife. Cagaliqueando de un asunto en otro.
Por fin encuentro un momentín de tranquilidad y me enclaustro. Así, como un monje renegado. Relegado a una celda en el extremo del cenobio. Y para concentrarme me he puesto aquellos cedés que grabaron en Silos hace unos años. Gregoriano… A los diez minutos estaba hasta los mismísimos cojones. ¡Qué gregoriano ni qué chorras! No lo he podido soportar y, para no irme a las antípodas de un rock cañero, me he quedado con Carlos Cano. Suavecito. Aquella maravillosa versión que hizo del “Diván del Tamarit”, de Lorca. Porque me he acordado de la charla recital del próximo miércoles. Hubo que cancelarla este domingo pasado por imponderables de última hora. Mejor. Así me tiraré toda la semana que viene en Piña. ¡Extraordinario!
Allí dejé al socio. A L. No me imagino las vueltas que estará pegando por el corral y el pajar (como dice él), enredando entre cachivaques. Es lo que le gusta. Se tira una un buen rato rebozándose de telarañas, arrimándose a la caldera calefactora (no funciona) que suda gasoil como un muerto en proceso de saponificación, y pisando donde hayan quedado restos de polvos de la remolacha desprendidos de algún viejo bote desportillado… Y con la ropa nueva, me imagino. ¡Bueno, vamos a dejarlo! ¡Menos mal que mi hermano me cogerá el relevo y se dará alguna vuelta por allí! Me compensa que estará contento como un chico con zapatos nuevos.
—¿Qué tal te pinta en tu pueblo, canalla? —le digo.
—Hombre, una semanilla má… Que tú también estás bien de cojone, ¿eh? —contesta, el cabronazo—. Y aquí me puedo duchar igual que allí, ¡qué más dará!
—¡A ver si es verdad! ¿Y de comer? —le cambio de tercio.
—Me hago uno huevo con patata frita, que me gustan mucho…
—Hay que comer y cenar…
—La patata frita me gustan de cojone.
—Ya. Supongo.
Al final decido dejarle varios táper para los próximos días, más lo que le lleve mi hermano. Y cuando vuelva el lunes valoraré los resultados. Pero está feliz como un inocente. Estos así reducen las necesidades a mínimos biológicos. Sin mí vigilándole, sospecho que habrá vuelto de inmediato a la bragueta sin subir. Así no tiene que bajarla para mear. Un fenómeno de la economía de medios.
En lo que le doy la razón es en lo acojonante que es la vida libre. Al albedrío. A la salvajina. Yo también. Sin pensar. Sin obligaciones mayores. Ni hora de volver a casa. Echándome todos los pitánganos que me da la gana. Y el ribera de JC, que me deja como un reloj. Sedao. Y por la mañana, niquelao.
Lo peor de estos días atrás, las cucarachas. Las putas de ellas. Cuatro o cinco. Acorazadas y brillantes como guerreros medievales. O seres de otro mundo. ¿Por dónde se meterán? ¿Es que saben que ya no vive nadie en aquella soledad interior? Las maté a escobazos rabiosos. Auténticos hachazos. Y también, abejas. A estas las espabilé con unos pocos de esos polvos amarillos. ¡A tomar por el culo! Y todavía sale un tío por la tele diciendo que hay que respetarlas… ¡Cagoensandios! Y luego que jura uno… Si las tuviera él debajo de los cojones, seguro que no decía esas peleladas… Tuve la sensación exacta de ser uno de los hermanos de “Casa tomada”, el relato de Cortázar. Como si lo hubiera escrito pensando en mi caso. Y en mi casa.
En fin, por lo demás, estuve de cine. A mimo, que le dicen. A satisfacción plena, vamos. Aquello es la raíz y la simiente. Según me voy haciendo más viejo, más claro lo tengo. Solo aquello es la realidad. Mi realidad. Lo demás es una imposición o pegote de las circunstancias. Allí están los que para mí cuentan de verdad, los que quiero en serio. Muertos y vivos. Allí me encuentro desnudo de todo lo accesorio. Soy yo. Soy. Piña es el centro del universo. El tete.
***
He metido dos viajes con la burra (en Piña decíamos la tora) porque ya no voy a poder cogerla hasta dentro de diez días. Este verano voy bastante bien de patas. Pero sin abusar y estirando antes. No tengo muchos kilómetros, aunque  llegaré a la quedada de septiembre en Comillas. Piano piano. Eso sí, he descansado de la falta de sueño acumulada. En Piña, a las tantas todos los días. En Aguilar, a las once en la piltra. Así que me desequilibro en una semana que varíe. Porque me despierto a las siete y pico a diario. La costumbre. Leo todo el rato que me lo permiten los ojos. Hay que leerse toda la literatura antes de morirse. Tengo mucho atrasado de lo que traje de la feria del libro. De Madrid. Y dos novelas esperando todavía la maquetación. Creo que estas aguantarán a febrero. Cuando me jubile.
Sin embargo, este diario dará cuenta solo de un año, con L. como hilo narrativo. Lo que dé de sí. Que todavía no está dicha la última palabra. Pero me pega que se quedará solo en diario. No quiere volar a novela porque esto es la pura vida. Lo intuyo. Pues que se plante en eso: en un diario. Después, en cuanto pueda, tengo que comenzar con otra idea netamente novelesca. Esta sí. La estoy rumiando. A veces piensas mucho y no surge la clave hasta que la vida te la proporciona. Estos días de Piña me han oxigenado la mente. El vino de Julio, seguro. Y Jose. Y Javi. Y la casa abierta. Y el San Pedro de noche.  El caso es que tengo una estructura que ha surgido con facilidad y una intriga argumental. Voy a por ella en cuanta pueda. Como un perro. Así se escribe, a morir. Avezado. Vezao, dirían en mi pueblo.


17/08/18
Una hora de siesta que me ha sabido divina. Luego mi socio, L., se ha largado a dar una vuelta hasta Los Olmos (me ha dicho). A ver si hay almendrucos (me dice). ¡Nos ha jodido! ¿Los vas a apalear tú y los vas a traer en un saco? (he contestado).
Me enredo y me lío a dar vueltas por el casulario sin un propósito muy determinado. Fisgo en las habitaciones: abro mesillas, cómodas y armarios. Las cosas están a la espera. Pero muertas. En la mesilla de mi madre, unas postales del 52. La Irene (me figuro que es la hermana de la Bene, porque eran muy amigas) felicita a mi madre los veinte años. O sea, ayer mismito.
He rematado en el desván. Como un ratón triste. Entre telarañas y el sindiós polvoriento de todo lo sobrante de una vida. Eso son los desvanes y el de mi casa no es distinto. No hay goteras. Menos mal. Hasta el adobe pobre y humilde que asoma sus vergüenzas por las paredes se mantiene contra el zarpazo del tiempo. ¡Cuánto habrá que tirar hasta que la casa quede en el cuadro, limpia de indiscreciones del pasado! Impersonalizada para su viaje desconocido hacia un futuro no tan lejano. ¿Treinta? ¿Cuarenta años? ¿Y qué es eso en el tiempo? Y entonces habrá concluido mi raza en este pueblo. Mejor no pensarlo.
***
Eso sí, noto el cariño de mis paisanos . Me acogen  en plena calle. Lo siento cálido. Y me emociona. Ayer R. Hoy, A. Mañana, C. Hasta la comida me la solucionan porque sabrán de seguro que soy un manos de excomunión y se plantearán con toda la razón cómo me apaño para las cuestiones prácticas. Y ahora, encima, con el socio pegado a mí... No tengo el más mínimo sentido utilitarista de la vida, es verdad. Pero sé apreciar lo otro: el túper que llega con caracoles, con sopa, con lentejas (¡joder qué lentejas más acojonantes, Adela!). Y lo que significa de fondo: algo que guardo por dentro y no puedo expresar para no conmoverme delante de los demás. Por falso pudor. Así nos enseñaron nuestro papel de hombres fuertes.

19/08/18
Recogiendo para el regreso a Aguilar. Me siento un instante al ordenador mientras termina la lavadora. En la estufa, al trasluz, observo las telarañas colgantes bajo las patas de las butacas. Las arañas y su puta madre. De todos los insectos invasores, las arañas son los más resistentes. En quince días habíamos echado de aquí a las abejas y las cucarachas. Como si hubiesen comprendido que todavía resistimos en este espacio colonizado que es una casa. Los insectos solo pretenden volver a la selva que primitivamente fue suya. De nuevo, se retiran. Pacientes. Huelen a síntomas de demolición. Esperarán. Y finalmente lo ocuparán. Lo saben.
***
El cabronazo del socio se ha ido a misa. Como un pincel. Yo también espero a que vuelva. Le voy a poner fino. Otra vez se le ha olvidado dar a la cisterna después de mear. Tres cojones le importa. En Piña, involuciona. Una regresión también. Como si fuese otra especie de minúsculo insecto que añora la salvajina. Tira al monte.
***
La comida, arreglada con lo que sobró de ayer. La Carmencita (hermana de mi amigo Jose) me preparó una comida de restorán. Espaguetis con almejas y pulpo, codillo de máster chef y natillas de postre. De cinco tenedores. ¡Patena!
***
Las vacaciones han resultado como nunca. Gracias a L., quince diazas en Piña. Al albedrío. No es que uno quiera estar suelto para hacer el mal. No. Es el sentimiento fantástico de trasladarse a los veranos de antaño, antes de emanciparme. Efectivamente, “esto es una magia y una fantasía”, como me dice mi vecino y amigo JCC con mucha retranca. No se puede definir mejor: Piña es para mí un territorio de mi fantasía.

21/08/18
Instalados ya en el Rinconzuco. Con Lou. Si está ella, todo solucionado. Camino libre para pensar, pasear, leer y escribir. No me exige más que cuatro recados. Es un cambio absoluto de escenario. Country, moutain o beach. En todos los lugares, bien. A gusto. Lo mismo cuando leía el “Beato sillón”, de Jorge Guillén en el corral de Piña (“el mundo está bien hecho”) que ahora en Santander con Philip Roth, “El mal de Portnoy”. Vuelvo a esta lectura. A uno de los más grandes. Leerlo todo de él.
Aquí, procuro adaptarme un poco al estilo “in” ambiental. Pero sin dejarme llevar. Yo no soy un pijo de estos. Por la tarde, cumplo. Hace divino. Playa arriba, playa abajo. Hora y media que es lo que marca Lou. Un baño rápido entre medias del paseo (si puede llamarse baño a meterme hasta la cintura para mear). Ojo con el mar. Yo al agua le hago fu como el gato. Ni me tumbo al sol. En la puta vida. Me parece una impudicia. Bastante aguantó mi raza al retestero.
Luego regreso solo a casa. Lou queda al sol, en la hamaca. Y me pongo a piticlinear. Lo que sea. Hacer dedos. Y me acompaño con Beth Hart. Que me gusta mucho. Su música. Y ella. Salvaje y santa simultáneamente.
Por la noche caerá alguna peli de los últimos óscares. Y una bolsa de matutano. Y mis ojos también se caerán (normalmente antes de concluir el filme; excepto que me esté gustando mucho. Muchísimo). Tanto como Lou. Que no caerá. Hoy por lo menos.
***
Salió muy bien lo de Lorca. Me alegro por mi hermano JLC. El alcaldazo. Se merece una estatua en medio de la plaza. De la que quitó el chirimbolo del agua. Una igual de grande que el depósito, por lo menos. Qué tío. No hay mayor Político (sí, con mayúsculas) que el que fomenta la convivencia y el hermanamiento de vecinos. Lo demás es politiquilla.
Yo no sé si lo que dije tiene tanto interés. Cuatro anécdotas. Como a los alumnos. Tampoco creo que tenga mucho mérito. Pero a la gente parece que sí le llega. A mí lo que me emociona íntimamente es el escenario de las escuelas viejas, frente a mi casa. Desde el balconcillo de mi madre, todas las mañanas al levantarme me asomaba y miraba un rato la puerta de la escuela de un marrón algo escamado o desconchado (hasta eso me gusta). Y pensaba que esa fue para mí y mis paisanos la puerta del conocimiento. Por allí hemos pasado multitud de generaciones de piñeros a desbravarnos. O sea, a enfrentarnos con las letras de la cartilla. Aprender a leer es un salto cósmico desde el animal primitivo que fuimos. Para mí, enseñar a alguien a leer es un acto tan decisivo como salvarle la vida. Esa fue la misión de don Edilberto Zan. El portador de la luz. Un apóstol.
Mi padre me contó varias veces que, cuando las ventanas de la escuela se abrían ya en tiempo bueno, él oía desde nuestra casa al viejo maestro don Quirino recriminar a algún alumno díscolo o juguetón:
—¡Antidioooo!

22/08/18
Se me escojonó el coche. Esta misma mañana. De camino hacia Aguilar se salían las velocidades. Rehusaba como un macho falso. Como nuestro Lucero (como que lo estoy viendo en la cuadra). Ya venía notando últimamente como un ruido de amortiguadores y resulta que era la caja de cambios que se desplazaba. Siniestro total. Una avería de casi cuatro mil pavos con casi trescientos mil kilómetros solo puede significar una cosa: a por otro.
Sin embargo, la colonoscopia a mi suegro en Palencia, sin problemas. Bastante mejor que mi coche. Aunque mucho más viejo. Así que se nos han interrumpido los diez días que pensábamos estar en Santander. En la playa. Más que nada, por esta. Por darle un poco de gusto. Yo el gusto lo saco leyendo, escribiendo. Y de otra manera. Con ella.
***
Por la tarde, al regresar de Palencia, pasamos por el concesionario. Ya he comprado otro. Ya está. Otro renaúl. Por la garantía y la confianza del taller aquí. Es algo en lo que nunca he perdido demasiado tiempo: Tengo que seguir leyendo a Ph. Roth: Desternillante. Lou se pone mala porque cree que soy un cagaprisas. “Que es un coche…”, le digo. Como no entiendo nada, me da igual uno que otro. Ni fu ni fa. He visto en el expositor tres y he elegido uno. El que me ha parecido más bonito. Y el que más rápido me entregaban. La próxima semana. Ni color ni hostias. “Qué más dará”, dice mi socio, L. Ahora sí que estamos de acuerdo. Pareceré tonto, pero el caso es que ahora no me acuerdo del color. Ni de la clase de renaúl. Tengo un catálogo pero hay muchos. No sé. Total: solucionado. Los trámites: Lou.
Yo nunca he podido llorar por una cosa ni por un animal. Lou dice que le da pena dejar el coche viejo. Nos hacemos una última foto con él. No lo siento, lo siento. Hay quien enferma porque se le muere el perro. O un gato. A mí me ponen enfermo los putos gatos. Pero vivitos y coleando. Los perros los aguanto. A no ser que sean minúsculos. De esos que no tienen ni media hostia. Eso no es un perro.
Sin embargo, hubiese llorado por el Lucero, el último macho de mi casa. De haber sabido que se moría de viejo. Creo que se lo vendieron al Cabito. ¡Qué sería del pobre Lucero! Aunque de vez en cuando era muy hijoputa. Del vicio. A mi padre y a L. los toreaba. A mi abuelo le tenía pánico. Porque solo daba las órdenes dos veces: “Tras, maicho, tras”. Y como no obedeciera le iba un puñazo a los morros. Así era el Lucero. Y mi abuelo. Yo no soy Juan Ramón Jiménez, el de Platero y yo. En la Esgueva no pasaban las mismas cosas que en Moguer. Aquí es distinto. Por eso, lo cuento distinto.
Y también me pueden hacer acongojarme las cosas recientes al contacto de mi madre. Calientes de su paso y su uso con ella. El delantal que todavía no he descolgado de una silla de la cocina. El pantalón negro en la percha. La última pastilla de jabón que tocaron sus manos. La he guardado. Nunca volveré a sentir el sabor de la cara y las manos de mi madre. Esa es una de las grandes condenas humanas. Solo la imaginación me lo devuelve. Piña es un territorio cada vez más fantástico para mí. Ya lo dije antes.

23/08/18
Hoy he leído mucho. Me levanto pronto con vicio. Como el macho Lucero. Solo que este era de no hacer nada. Trabado todo el puto día, porque si no cogía el dos y subía como un cabrón por el camino de la casa del monte. Y le tenía al pobre L. toda la puta mañana como un zarandillo detrás: “Maicho, quieto, maicho. Cagüensandios”. A mí solo me paran los ojos, que después de dos horas se me niegan. Y tengo que descansar. Ya me han dicho que tengo que cambiar la graduación. Me mata la pereza. Por no levantarme de la butaca. Y seguir leyendo medio ciego.
El resto del día no encuentro contento con nada. Excepto leer y escribir. Así no siento el tiempo. Son los latigazos de la melancolía de mi madre y el sentimentalismo de mi padre. Los genes. Los gérmenes, dicen por ahí. Melancolía es esperar la muerte en todo momento. Poco a poco he comprendido que así era mi madre. Vieja desde que se murió mi abuela. Más vieja desde que nos emancipamos mi hermano y yo. No se la notaba, pero yo sé que estuvo cincuenta años esperando a morirse. Ni un solo cambio en casa. Nada. El mismo tiempo detenido en un pasado rancio y sin sentido. No conocía la innovación. Cada vez más cutre. Este ha sido el estilo de mi casa. Sin necesidad material. Pero tal como lo digo.
También hay días en que la melancolía me vence a mí. Y me escondo adentro y me paseo por un páramo de soledad. De vez en cuando percibo a lo lejos, entre unas matas, o a la sombra de una carrasca, a mi abuelo. O se oye al tractor de mi padre que llega a la fuente. O a mi madre, hablando a voces. No sé lo que dicen. Menos mi abuelo, que ese siempre me falta. Como antaño. Era su manera cariñosa de tomar contacto conmigo. No hay más gente en esta tierra desolada. Solo esos tres. Miento. Mi tío Lorenzo también anda algunos días de visita en mi casa. Se fuma un ducados metiéndose el humo hasta los corvejones. Yo les pregunto cosas pero parece que no me oyen…
Mi única satisfacción llega a estas horas. Algunos días. Bajo al piso y me hago unas sopas de ajo con L. ¡Cómo podrá comerlas sosas como perros! Yo echo más pimentón. Y bastante sal. Para chuparse los dedos. Eso me gusta. Hoy voy a aprovechar que Lou está a Santander a recoger a mis cuñados al aeropuerto. Vuelven de vacaciones. Mis hijos, no sé. A su puta bola. Así que prefiero cenar con L. Hoy me habla del Zétor seguro.
***
Y me encanta, sobre todo, contar. Las cosas. La vida simple. El momento. Con este estilo “cut” que voy buscando desde hace tiempo. Trabado. Sincopado. A empellones. Toda escritura verdadera es un trabajo de sintaxis. Lo de menos es lo que se cuenta, sino el modo. “Cut”, porque lo leí una vez. Pero yo lo entiendo como “cutre”. El estilo de mi casa. ¿De qué otra manera podría hablarse de mi socio? ¿O de los hachazos del tiempo? De esto es de lo que me vengo ocupando desde que comencé. Tras la muerte de mi madre. Yo hablo y escribo muy en serio. Es decir, salpimentando el discurso con humor. Pero que se note que hay algo en el fondo del pilón. A ser posible, una escritura viva y nerviosa como una ligaterna.


25/08/18
Por fin encargué las gafas con nueva graduación. Yo creo que me ha subido media dioptría en cada ojo. ¡Cómo no se me van a amontonar las letras! Los últimos días, casi ciego. Esta mañana, a las cinco arriba. Con una voracidad morbosa por leer. Así que a intervalos se me caían los ojos en la butaca. Al poco rato, el cabrón del chico. Algo pegado de cervezas. Le sermoneo pero no muy convencido. ¡Qué cojones le voy a recriminar yo si también me ensucio alguna vez en cuanto me veo suelto! Eso sí, a mí que no me saquen del vino de JC. Es distinto: lo mío es medicinal. Nada más que me llegue el vehículo, le he dicho a L. que abrimos una botella. Para mojarlo. Que a L. tampoco le amarga un vaso… ¡Nos ha jodido! Me volverá a decir que el que hacía mi abuelo también estaba bueno, hombre. Y le repetiré por centésima vez: el que hacía abuelo también era medicinal, claro que sí, pero porque era puta mercromina.
***
Como la mañana la he empleado destrozándome la vista, luego me he bajado al Valen a tomar un café a ver si localizaba a algún colega. No había nadie. Y la he terminado de cagar. Me compro el periódico y me lo pulo con un cigarro en la terraza.  Al final, ni una puta letra conseguía centrar. ¡Con la falta que me hace reservarme para la tarde! (he pensado). Pero ya la había jodido. Cuando vuelvo a casa me dice Lou que podía informarme un poquito (con retintín) sobre el coche en el catálogo… “Que luego no vas a saber ni por dónde se sube…!” (me advierte). ¡No te jode! ¡Estoy yo para gastar más los ojos con una letra microbiana contándome gilipolleces sobre las sensaciones que voy a tener durante la conducción! Ni que el coche tuviera un botón que activara una tercera mano para meneármela. Mientras conduzco. ¡Sensaciones…!
***
No me ha quedado más remedio que dar un largo paseo hasta la depuradora después de comer. Pero la luz no se me ha aclarado. Para no ponerme de mal café, me tomo otro par de ellos. Caigo en la cuenta de que tengo que llamar a PM. Le doy el pésame por su padre. Casi cien años. De SM recuerdo, sobre todo, cuando me decía hace muchos años: “A mí siempre me ha gustado mucho escribir”. Se refería a la caligrafía. Realmente espléndida. Conservo un abecedario con letras redondas, mayúsculas, como ya nadie sería capaz de lograrlas de manera mecánica, industrial.
Por fin, descarto también una película (cada vez oigo peor de un oído; además, generalmente me aburro) y decido enclaustrarme en la buharda con la puerta cerrada para no ver al chico. Y no blasfemar. Mejor, música. Me arrojo a la tumbona y dejo que suene el último disco escuchado. Coño, Carlitos Cano. El Diván del Tamarit. Ya se me iba olvidando, desde los días anteriores al recital en Piña. Dejo que rule y me envuelva… Reflexiono…
Me parece que ya dije en otra entrada (¿o solo lo he pensado?) que el homenaje a Lorca estuvo muy bien. La recitación fue correcta. No procedía ninguna alteración de última hora. Generalmente, confunde. Mi único mensaje fue: contención. Oyendo a Carlos Cano, me lo confirma. El énfasis es el peor favor que se le puede hacer a la poesía de Federico. La “Gacela del mercado matutino” es el ejemplo. Cantada como C. Cano; no como Lola Flores. Esto último es buscar la emoción mostrenca en el público. El público de nuestro pueblo se merece todo el respeto.
Lo difícil es razonar por extenso esto que digo. Claro. Hay que actuar con un poquito de delicadeza para no quedar como un listillo o un dominante. Es mejor oír la opinión ajena y respetarla. Con algún matiz. Pero en el diario quizás sí es posible una pequeña justificación de lo que pienso. El “Romancero gitano”, concretamente, es el punto de inflexión de la poética lorquiana. Aquí está justo en el límite de su transición a un arte nuevo, opuesto a la sentimentalidad burguesa anterior (típica, costumbrista, folclórica de mantilla y castañuelas). Un arte de vanguardia que superase a los “putrefactos”, como decían con acertado sarcasmo los jóvenes artistas de la Residencia de Estudiantes. Lorca solo lo conseguiría plenamente en el “Diván del Tamarit”, mediante un equilibrio perfecto entre tradición y vanguardia. Este es el libro por excelencia de Federico. La culminación de su recorrido poético. La obra magna.
La mejor prueba de ello fue el miedo previo del escritor a lo que, sin embargo, intuía que sería un gran éxito de público (y de ventas). Que es lo que sucedió. Pero a Lorca le faltaba el convencimiento íntimo, a pesar de las buenas críticas generalizadas. Su mejor confidente fue Jorge Guillén, quien le presentó en la primera lectura pública de su Romancero, en abril de 1926, en Valladolid. Incluso antes de la publicación oficial en libro (julio del 28), en mayo del 27 Lorca le escribía a Guillén: “Me va molestando un poco mi mito de gitanería. Confunden mi vida y mi carácter. Los gitanos son un tema. Y nada más”.
Está claro como el agua: a Lorca le interesaba, sobre todo, la reacción de los poetas vanguardistas de su generación (amigos casi todos ellos). Y, sobre manera, la de quien había tenido sobre él un influjo vital e intelectual decisivo: Salvador Dalí. Esta fue la opinión que más esperó y, ciertamente, le confirmó en que todavía no era un poeta hecho, totalmente maduro. Sobre el 4 de septiembre de 1928, con el libro ya en la calle, Dalí le escribe desde Cadaqués y le “expresa su opinión, radicalmente adversa, del Romancero y le urge a abandonar las normas de la poesía antigua”. Nos lo dice su mayor estudioso, Ian Gibson. Con esa carta (de una trascendencia decisiva) también está concluyendo su relación íntima con el genial pintor. Emilio Aladrén ya le había conquistado el corazón desde el año anterior.
Además, Lorca sabía de sobra que un poeta de vanguardia no podía permitirse ni la expresión del sentimiento, ni la anécdota argumental, ni la retórica decimonónica. Y era consciente de que en el Romancero eso solo lo había conseguido muy parcialmente. Los primeros poemas del libro lo evidenciaban. Recordemos lo de la casada infiel. Se le veía la patita de la sensiblería. Podríamos expresarlo así. En definitiva, un poeta en 1928 no podía desconocer (como así era, en efecto) que Ortega y Gasset había publicado en 1925 el más perfecto ideario sobre el arte nuevo. Solo su título ya era revelador: “La deshumanización del arte”. Es decir, el arte debía estar al margen de los sentimientos del poeta.
En este sentido, fue mucho más coherente y enormemente más moderno un poeta que publicó también en 1928 un poemario titulado “Cántico”: Jorge Guillén. Justamente. Mira tú por dónde. Sin embargo, homenajeamos a Lorca porque resulta menos frío como artista, más humano. Porque como público seguimos con el gusto adocenado, azucarado y llorón. No estamos preparados para la poesía de Guillén. Aunque sea nuestro paisano.
En fin, amigos, disculpad. Que no sé por qué me ha salido hoy esta mierda crítica… que aburre a dios y a su madre.


27/08/18
Nuevas gafas de cerca. Muy bien, claro. Pero si miras al lado a alguien tiene una carotona que asusta. He leído toda la tarde y la vista se ha cansado mucho menos. De cajón. Y otros efectos subsiguientes: levantar la vista del papel es no percibir ni una mierda y de inmediato hay que otear por encima de la montura con un gesto que asemeja una cómica curiosidad, e incluso recelo hacia el oyente; además, el ordenador fijo tengo que acercarlo hasta dos palmos de la cara. ¡Qué se le va a hacer! El “zoom” no puedo adaptarlo a más del 100%. Y los cristales son gordos con cojones. Rompetechos. Menos mal que solo son para casa. Para ratos largos de lectura. Esta tarde he agotado la batería del ebook. Lo he pillado con ganas. ¡Hay que joderse!
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Mis dos chicas, en Santander. ¿A qué? No me digas. El chaval, por ahí, dando una vuelta. ¿Vendrá a cenar? Tampoco recuerdo haberlo oído. Si a las 9 no hay nadie en casa, para abajo. A cenar con el socio. Hoy hace muy bueno, pero me jamo unas sopas de ajo de todas todas. Como hay dios.
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Anoche volvieron a reponer en la tele la peli ya antigua de RP sobre una adaptación de “El club Dumas”, de AP-R. Como el director es quien es, hay que decir amén. Una maravilla visual, vamos. Esto será según la minirreseña periodística. A mí me pareció una auténtica pijada. Desvirtuada.
Es lo que tienen estos matrimonios de conveniencia cine/literatura. ¡Qué difícil es que salgan bien! Cualquier parecido del papel protagonista, JD, con el personaje del novelista resultaba de puro azar. Claro, que también en la novela LC ya apuntaba un poco cinematográfico. O sea, la pela. En todo caso, me quedo con lo nuestro.
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En cuanto a la lectura de Thomas de Quincey, suerte que son obras cortas. Muy ensayísticas. Con sólido clasicismo del dieciocho. Muy brillante el autor y originalísimo el punto de vista. Lo esperaba al revés, pero mejor la del comedor de opio que la del crimen como una de las bellas artes. Esta, finalmente, no me resulta muy aprovechable para el propósito que yo buscaba. Ya veremos. Después de verano. Ahora solo es documentación. Para cuando comience lo próximo. Novela. Necesito que la jubilación me pille con un proyecto de recorrido largo. Ya metido en varas, para entonces.


30/08/18
Un curso más. Sin embargo, distinto. Me fui a la cama con esa idea fija. No sé si influyó también la peli que vi. Buenísima. De una fuerza sobrecogedora para imponer su tema. A pesar de ser añejo. Iba sobre los enfermos pioneros en la lucha contra el Sida. París, principios de los 90. Joder, cómo me impactó. De esas oscarizables el año pasado. Muy humana, hasta lo más hondo del problema. Creo que me predispuso a los malos sueños. El asunto no era precisamente optimista.
Luego distraje la mente mientras me dormía. Con las previsiones para el próximo lunes. Comienzo de curso: exámenes de septiembre. Los últimos de mi carrera. Como siempre, metódicamente (a lo largo de treinta y seis años), me dispongo a revisar el calendario y a echar un vistazo a las copias de las pruebas custodiadas en mi cartera. Lo dejé preparado en junio. Mi costumbre. No quiero improvisaciones porque la experiencia me dice que el verano tan largo le hace a uno olvidarse incluso de su profesión. Esta labor nuestra que todo el mundo afirma que no se echa para nada de menos. Te vas un día y a la semana siguiente nadie se acuerda. Ni tú mismo. Ni los alumnos. Si vuelves al instituto te sientes una sombra. Por eso, casi ningún compañero reaparece por la sala de profesores. Hay alguna excepción. Es un trabajo pagado, es cierto. Pero no agradecido ni desagradecido. Indiferencia.
En mi caso, como en tantos otros aspectos, los sueños se convierten en una reelaboración plástica, literaria, de mis miedos o simples preocupaciones. Al filo de la madrugada, me despierto sobresaltado. Eso me permite recomponer lo que estaba sucediendo en mi mente. Desde lo alto de las almenas de un castillo oteaba un horizonte desconocido. No me había dado cuenta y, de repente, miro hacia abajo y me percato de la gente diminuta que pulula por las inmediaciones, a una profundidad pavorosa. Como una sima. Y me veo en la cúspide desprotegido. Me vence mi terror en forma de vértigo. Desde los cuarenta años he padecido un vértigo patológico. Mi familia lo sabe. Una terraza a la altura de tres pisos ya me inquieta. Con todas las medidas de seguridad posibles.
Lo curioso es la naturaleza de ese vértigo. No me obliga a abandonar la altura. Sino que llama a conjurar el miedo al instante. De un salto. Sí, no quiero bajar sino saltar. Acabar la violenta angustia de una forma tan violenta o más. Completar la causa con su consecuencia simétrica… Y todo ello tiene que ver, si no me equivoco, con el subconsciente que rumia la jubilación. La terminación radical. Un hachazo. Una especie de muerte. Un salto al vacío. Que es una metáfora indudable de la nueva situación que seguirá a la terminación de la vida docente. Hay júbilo, sí, alegría, en la espera de la siguiente fase vital. Pero mi mente (cuando se destapa), me lo pone a las claras. No hay tanta felicidad como parece. O al menos yo no lo estoy sintiendo por dentro de esa manera.
O quizá haya terminado estragado estos días con “El club Dumas”. La película me llevó al libro, y este al disparate quijotesco. Lo que acabo de decir: todo en mi cabeza es literatura. Y eso, al final, es lo que me salvará. Si la lección de don Quijote me ha servido para algo en la vida. Sí, después de todo, tendré mis libros (me digo); tendré esta buharda arropándome con sus paredes atestadas de los libros convocados desde que tengo uso de razón; tendré esta pantalla para dejar constancia de cuatro notas que tengan que ver con lo humano. Un modesto certificado de un existir. De alguien sin mayor importancia. Y tal vez para unas pocas decenas de amigos. Es igual. Habrá merecido la pena. Una sola palabra hermosa habrá justificado esta pasión. Viva, brillante, combustible…


03/09/18
Esta mañana, al clarear, llovía. Suave. Apenas pasaban las ocho. Cartera en mano, a pie, me dirijo al instituto. Sorpresivamente, la mañana ha despejado. Comienza un nuevo curso. Como siempre (me digo). Pero algo me inquieta. Algo… Pruebas de septiembre. Seis niños de doce años. Sentados. Silenciosos. Fastidiados. Se les acaban las vacaciones y lo acusan. Mientras trabajan, paseo por el aula. Un sol tibio, tamizado por un poco de bruma, me alcanza. Ya sé que cuando comienza el horario escolar, a estas alturas del año, se asoma desde el este por encima del monasterio, sobre la espalda de mi departamento. Donde ahora fijo mis ojos. Paseo meditabundo. Sé también que algo pasa. Que este deambular no es como tantísimos otros. Me recorre una sensación agridulce. Melancolía Y Gozo. Es extraño. Todo es igual, claro, incluso los muchachos parecen los mismos de siempre. Sin embargo, el arroyo que atraviesa el monasterio de parte a parte me dice que nunca es la misma agua. Estas aulas, estos chavales, estas aguas y este monasterio nimbado por esta luz, serán testigos de mi último curso en la enseñanza. No lo terminaré… A mediados de febrero, la impresión de la luz se derramará sobre un ámbito distinto y extraño. Que ya habré perdido. Para siempre.  La unidad mínima de tiempo es el matiz. Y comenzaré a caminar con un nuevo rumbo. Otro.
***
Todo ha ido bien por la mañana. También, la recuperación de Primero de Bachillerato (Literatura Universal). Siempre pensando en repescar al mayor número posible. Yo siempre he suspendido poco. Es la verdad. Casi lo he dejado corregido antes de la hora de comer.
Ahora, a media tarde, me retiro a mi buharda. Abierta la claraboya, todavía, al primer aire y la primera claridad amarillenta, mortecina, del otoño. Sin duda, quedan días buenos. Cómo no. Pienso en la bici. Con suerte, casi un mes. Pero el tiempo lo que nunca altera son sus pasos. Ni el ritmo de sus pasos. Estoy solo. De todo punto. También mis hijos han cogido a primera hora el autobús para Santander. Para ellos, ninguna diferencia. Además, Lou tiene trabajo esta tarde. Por tanto, solo. Muy solo.
He metido otro buen tiento a un libro más de P. Roth. Otro más. Insaciable con este escritor. En cuanto remate esta trilogía de Kepesh, a los pendientes del curso editorial: los de mi generación, sobre todo. Dos sobre la mesa, de inmediato, de JO y IMP. Joder cómo estoy disfrutando. Desde que tengo las nuevas gafas de culo de botella. Ningún cansancio. Solo que me pesan en las narices. Las jodidas. Y lo mismo con algunas pelis pendientes del último Cannes. Un par de ellas oscarizadas. Y geniales. Mejor, quitármelas de en medio para no irme tarde a la cama. En cuanto comienza el curso, más de las once no aguanto. También reconozco que me ha parecido una adaptación perfecta la de “El club de la lucha”. Se me había quedado atrás. Exacta al milímetro. Pero Lou se aburrió. Muy bien entendido el original planteamiento de este escritor yanqui, CP. Dentro de ese estilo tan particular, tan sucio, de los yanquis. Creo que el periodismo les ha ayudado a depurar formalmente al máximo. Y, por supuesto, el influjo temático de la violencia. Cómo no. Eso los hechiza.
***
Después de un alto en la lectura, a media tarde, me decaigo. Ya no podré leer más en todo el día. Un par de rajas de melón, un cigarrito, vuelta al ordenador. Y aquí es donde se ha jodido todo… Me ha quedado el cuerpo de puta pena. Por capullo. Lo estaba barruntando…
Entro en la página del profesorado de la Junta. Pongo en el buscador: Jubilaciones. La cagué. De repente, me siento nervioso. Me tiemblan un poco los dedos en el teclado. Veo los documentos. Apenas tres hojas. Nada. Ya me habían advertido. Jubilarse es rellenar media docena de datos. Poco más. En diez minutos habré pasado a la jubilación (he pensado). En efecto, la solicitud ha quedado cumplimentada… Pero no he sido capaz de cursarla. La he dejado pendiente. Solo falta: intro. Qué fácil, ¿verdad? Pues se me ha puesto puchera. Solo. Sin que nadie me vea. Libre para tomar la decisión y convencido. Una especie de malestar en la boca del estómago. No lo entiendo. En este momento, no me apetece hacer nada más. Me voy a tumbar abajo, en el sofá, y voy a poner un concierto de Brandemburgo. De JS Bach. Hoy, paso de todo. Me está jodiendo mucho. Mañana por la mañana, segurísimo. Daré. Intro.
***
No. Imposible detenerse. Andarseguircontinuar. Pero, nuevo camino. Ir. Dirigirse al Lugar. Todas las aguas van a dar a la mar. Como el agua. Sí.


10/09/18
—Digo yo que en Piña había más pájaros, hombre —esto le parece a mi socio.
Hoy estamos comiendo mano a mano. Cuando se da esta coincidencia, L. se esmera menos. Baja la guardia. Conmigo no se anda con el mismo cuidado que cuando estamos todos. Quiere comer y hablar al mismo tiempo. Y así, los granos de la paella le resbalan por la barbilla. Como si estuvieran vivos.
—Pues será que este pueblo les gusta menos, chico —respondo, por decir algo.
—No sé, hombre… Como que se ven menos…
—Claro. Aquí hay más árboles y pasan más tiempo posados —concluyo, con movimientos negativos de cabeza y mirándole de través. Se da cuenta.
Hay días en que me envuelve en una conversación semejante y después de un rato, si no presto atención, consigue reducirme las neuronas a cero. Le dejo. A su aire. Que se explaye.
—También en Piña estábamos bien, hombre.
Debe de ser el comienzo del otoño, que remueve la melancolía. Quizá echa de menos aquello o se acuerda de mi madre. O está pensando en el año en que compramos el Zétor. Deduzco. Es la tónica habitual: la comparación entre Piña y esto. Esto: dicho así. Otras veces, a Piña se refiere como: el pueblo.
—También en el pueblo estábamos bien, hombre.
—¡A ver!
—Teníamos buena estufa, hostias. También era grande.
—¿Más que esta sala?
—Se llevarían poco. Digo yo.
—Unos diez metros cuadrados o así —le calculo, pero no cae en la ironía.
—Cabíamos bien cuatro personas, hombre.
—O más. Cuando íbamos nosotros en vacaciones, seis. Y cuando estaba abuela Luisa, siete.
—Y que hacía buenón, hombre. Enrojábamos las dos, también la cocina. Hacía yo chopas a degüello.
—Nos ha jodido. Tú con el hacha en la mano tenías que ser casi como un vasco. Ya me imagino.
—Y buenas vistas, teníamos, hostias…
—Pero desde abajo —añado—. Agachándose. Porque la ventana de la estufa estaba baja, ¿eh?
—Pues a lo mejor era de las casas con mejores vistas del pueblo…
—Eso sí: el Puente Viejo, cerca; y el Cementerio, a lo lejos… Bueno, y la fuente; ahí sí te doy la razón. Y el San Pedro… Mira por dónde, ahí tienes más razón que un santo. Es verdad. Ese cruce de calles es la única foto que yo me llevaría al otro barrio…
 —Y buena casa, hostias —se viene arriba porque nota que yo también me he puesto un poco mimoso—. Y grande de cojones…
—Y vieja…
—Anda…
***
Con los preparativos del inicio de curso. A poco gas ya. Todo me resulta muy provisional ahora. Aceptada la solicitud. Hasta el día de mi próximo cumpleaños. Y sanseacabó. 36 años, 4 meses y 17 días. La vida entera. Casi. A partir de aquí, lo desconozco.

12/09/18
A veces no se me ocurre qué música escuchar. Según el momento.  Quizás vivo pendiente de instantes extraños. Especiales. (Porque yo también soy un tipo un poco extraño. Pelín friki. En el fondo). Entonces tiro de una lista seleccionada en Favoritos. Ni sé lo que guardo allí. Así, hoy. Y he recuperado a dos tipos tan raros (por supuesto) como geniales. De estilo clásico pero capaz de enganchar con gran número de gentes. Y muy variadas. Tienen el don.
No me gustaría dejarlos en meras iniciales, como vengo haciendo. Aquí no tendría sentido. Además, así extiendo su nombre. Son Tina Guo, china, y Balasz Havasi, húngaro. No hay más que buscarlos en Yutu. Sorprenden. Por la fusión de lo clásico y lo moderno. No solo música sino imagen.
No sé cuánto hace que los descubrí. Ni cómo. Ni por qué. ¿A quién se lo oiría? En fin, que esta tarde me han acompañado. Lo que sí sé es que a veces me sucede esto: cuando busco algo. Soy de esa condición: me observo y me parece verme buscando algo. Nunca abandono la busca. No sé de qué. Por ejemplo, ahora mismo, Havasi interpreta su “The Christ trilogy”. Un viento de misteriosas emociones.
***
Este título en inglés me recuerda otra cosa. Otro asunto. ¡Qué dos peliculones de la Mostra! ¡Joder! No es que controle el inglés, qué va, es que no sé cómo se traduce. Me sé de memoria los títulos originales. Que es lo que tenía apuntado de alguna noticia. Dos asuntos archimanoseados por la literatura y el cine, pero… De nuevo, lo clásico, interpretado de una forma novedosa. “Call me by your name” y “Get out”. Sobre todo, esta última. No creo recordar desde hace años una historia tan absorbente, original e inteligentemente contada… No estaría bien decir más.
***
O quizás lo que me rapta es una estructura simbólica que suele preceder y concretarse en una estructura narrativa. Quizás es que la llevo meditando desde hace un tiempo. Y se va organizando en mi cabeza poco a poco. Eso es. Me hace andar abstraído. Aunque todavía no he abierto carpeta. También eso es simbólico para mí. En cuanto abra una de esas carpetillas antiguas con gomas que suelo guardar, ya sé que no habrá vuelta de hoja. Entonces querrá decir que tendré que escribir una historia. Una novela. Esto funciona así. En mi caso. Bueno, tampoco sería mal momento comenzar con el nuevo año. Cuando haya ventilado estas notas, que concluirán con este. Pero, ni una palabra. Ni una pista. Que se vaya cociendo por dentro.


24/09/18
Este sábado hicimos la clásica de Comillas. Con la tora. Bueno, aunque en esta ocasión rematamos en Oyambre. De feliz memoria para mí. Veinte años que no pisaba aquella playa. Qué recuerdos, copón. Y allí volví a pasear agarrado de la mano con esta chica mía.
Hizo un día más que perfecto para bici. Ni elegido a posta. Lo único, que pinché dos veces. Pero fue bonito porque pudimos ir todos: los nueve del grupo de globeros, en la burra; y las familias, en coche. Total, a comer veintiocho. El “Pájaro amarillo” se ha convertido en un superrestorán. Joder. Rematamos en Santander a dormir. Y al día siguiente también celebramos en familia la terminación de estudios de A. y que I. ya va a tercero.
***
Un comienzo del curso flojón. Sin mucha sustancia. Con la sensación que ya dije de provisionalidad. Lo tengo encarrilado. No es más que aguantar con dignidad para salir con la cabeza alta. Buenos compañeros los que han llegado. Profesionales. Que sigan ellos porque la vida tiene que andar. Es así. Somos gentes y perfiles y sombras que van hacia lo oscuro. Es sabido.
***
También, hace unos días, acompaño a Lou hasta Nestares, a las pistas de pádel. Por dar una vuelta, bajo hasta Reinosa a pie. Hace magnífico y busco una terraza en el centro. Un café con un cigarro. La colmena de la mente bulle y la imaginación se aviva.
Regreso y necesito parar a tomar una cocacola en Nestares. Otro cigarro. Me aprieta la cabeza por dentro: es otra historia diferente de la que vengo tramando desde hace un mes. No me gustan interferencias una vez que me he decidido por una línea. Pero así de caprichosa es la creación. Surge un nombre misterioso en mi mente, R.S. y me dejo llevar. Se va tramando solo, sin dificultad, un argumento (¡con lo jodido que me resulta otras veces!). 
Se conoce que me sentía tan a gusto y tan relajado que llevo una semana muy productiva. Encajando piezas hasta imponerse un nuevo proyecto. No es que quiera abandonar el primero, es que el segundo tiene más urgencia. Es su naturaleza así. ¿Cuándo comenzaré? Eso de demorar las cosas hasta la jubilación me parece una pijada.
***
Este viernes pasado, visita relámpago a Piña. Un entierro. Era obligado. A mi socio L. le parecía que no podíamos faltar. Fue una visita muy breve, pero me gustó. Como siempre que vuelvo al territorio del alma. La higuera del corral estaba de higos hasta el cogote. Qué delicia, comer de sus ramas. Sirviéndonos a placer. Como gorriones. Como tordos. Cada cual a la que salta. Como los millones de avispas que zumbaban y dejan algunos higos huecos, sin desprenderse del nudo. Hueros de ser libados.
Ojalá pudiera elegir el sitio de mi muerte. Sería entre esas cuatro paredes. Vaya puta mierda morirse en otro lugar que no sea ese ombligo en medio de un cruce de calles. Allí tendría que caer. Fulminado. Con la última visión de la espadaña resistente del San Pedro. Y del alto nido de la misma cigüeña eterna. Más muerto que un perro. Feliz.


27/09/18
Tarde característica del primer otoño. Maravillosa. Un larguísimo paseo con Lu. Para descansar las piernas de la burra, ayer. En silencio ambos. Solo interrumpido por la codicia de las zarzamoras, a los lados del camino, prietas de madurez a punto de estallar. Al giro en Villaescusa, un anuncio de tren. Antes de entrar en el túnel, el alarido musical e hiriente, prolongado, de su bocina. Puro instante dichoso que registro, único y perdido en la eternidad. Puesto que no sabemos nada que pueda ser duradero. Solo el matiz.
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Anda mi socio de la ceca a la meca. Todo el día. Dice que le duelen los riñones. A ver. No sosiega. También él aprovecha mañana y tarde. Todo lo husmea. Todo lo fisga. Luego me lo cuenta. Se repite mucho. L. es así.
A las nueve, sin variación posible, se prepara unas sopas de ajo. Con el automatismo y la regularidad de quien no necesita pensar. Y le saben divinas. Sin una gota de sal (¡cómo es posible!). Otra cosa es recoger. Barre, sí. A su modo. Deja la mitad de las migas arrinconadas. Se lo digo. Todos los días. Ni puto caso. A fin de cuentas, esto es lo de menos. Lo demás, lo que va de la cuchara al pantalón del pijama. Porque es cabezota. No corrige. Se sienta en la silla alejado de la mesa dos palmos. Y revirado. Conclusión: mucha distancia y mala posición para un pulso que no llega firme jamás de la cazuela a la boca.
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Sigo empeñado en la lectura de Jardiel. Y en el visionado de sus obras. Las que pillo en Yutu. Su relación con Lorca. Ese es el asunto. No estudiado, que yo sepa. Indago. Investigo. Encuentro algunas interconexiones. Me estimula narrativamente. Espero a que surja una organización en mi cabeza. O no. También la escritura tiene mucho de espera. Infructuosa, a veces.
Aparcadas en la mesa, tres novelas recientes. Estas también tendrán que esperar. Leer solo lo que tiene sentido en tu pesquisa intelectual. Hasta encontrárselo. Y, a poder ser, evitar interferencias de otras cosas. En lo posible. Porque ayer me desvié. Y me enfrasqué en la “Bilitis”, de Pierre Louys. Poco conocido, este francés. Pero a mí siempre me ha fascinado su mezcla de clasicismo y sensualidad. Su poesía es una estatua griega. Viva. Y desnuda. No sé cómo destapé este libro entre un montón de ellos.
Para esta noche dejo “Lugares comunes”, de A.A. En la dos. De vez en cuando pasan una buena. Esta me interesa, aunque ya tiene años. Pero toda ética artística me resulta atractiva. Porque toda mi novela es moral. En su fondo.
Al pasar por el súper, de vuelta del paseo, he comprado con Lou cuatro tabletas de chocolate. Mi debilidad. Puedo comerme una entera mientras veo una buena peli. ¡Eh! Y duermo como un perojo. Así dicen aquí. Por la cercanía con Cantabria. La verdad, nunca he comprendido qué cojones tiene que ver una pera temprana con el sueño tranquilo. En realidad, parece una contradicción. Tal vez sea que la pera exige paciencia y tranquilidad. Como el sueño Ya lo dice el refrán: la pera espera. Calambur.


02/10/18
Muere Aznavour. Una leyenda. Y con él, también, el niño que descifraba las primeras palabras en francés. En los baberos. En Pucela. No demasiada voz, es cierto, pero cálida, sedeña. Casi a la altura (por su repercusión mundial) de un Sinatra o un Julio Iglesias. Incluso más clásico. Sentimiento suave a ritmo de baile lento. Caigo en la cuenta de lo mucho que lo he escuchado. Cientos de veces y cientos de canciones. Algunas las canto de memoria. También su aspecto, tan poquita cosa, hacía su impacto en mí. Menudo y mayúsculo. Con esa determinación de comerse el mundo, alguien insignificante. La emoción de su voz, multiplicándole por mil. Este aspecto ciranesco, también es mío. Por todo ello, lo he venerado. Y seguiré escuchándolo.
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Amanecer frío que ha dejado una tarde quieta y justa de termómetro. Me encamino al pantano, hasta el extremo del embarcadero. A toparme inevitablemente con la roca de Gallo Malo. ¡Cuántas veces me conducen allí mis pasos! Fatal y animal al mismo tiempo. Es como caminar en busca de algunos de mis poemas de años atrás.
Hay una vista especial al enderezar el camino antes de la última vuelta. Desde aquí, un claro en los pinos permite la mejor instantánea. Con las montañas al fondo. Por encima del resol que viene de la entrada del pantano desde el oeste hasta la playa. Luego la carretera se retuerce para penetrar con su larga punta de tierra hasta mitad del agua. Una flecha, en realidad, el embarcadero. Punta de flecha quebrada o astillada. Justamente eso es el promontorio rocoso de Gallo Malo. A modo de farallón coronado de matorral. Como una cabellera salvaje. Con el pantano lleno, el pequeño macizo esconde sus secretos y apenas apunta su solidez en el agua. Desgajado del resto. En cuanto merma, como es el caso, vuelve a unirse mediante las praderas que hacen de fondo con la alfombra cimentada del embarcadero. Hoy tenía un pequeñísimo reguero de unión. Casi a punto de permitir el paso franco. Y entonces, nuevamente, volveré a subir la roca. Y quizás, milagrosamente, vuelva también el poema.
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Mientras enhebraba estas pocas líneas de la entrada de hoy, he tenido que hacer un alto en la tarea. Se presentan mis sobrinas a celebrar el cumpleaños de su muñeca Mara y hemos terminado como el rosario de la aurora. Lo primero, porque la muñeca se llama Melcho. Eso por descontado.
Esa moña se la regalé yo a mi madre el 2 de octubre del 82. Recién iniciada mi carrera docente. Como una gracia con el primer sueldo. Bueno, pues L., mi socio, se empeñó en traerla de Piña y regalársela a las niñas. Me parece bien. En la caja ponía 2 de octubre: hasta ahí, de acuerdo; pero el nombre de la moña ya lo traía puesto. Que es el que yo digo. Ni Mara ni mis cojones. La moñaca se llama Melcho. O lo toman o lo dejan. Y la mayor se ha enfadado, claro. Y me ha tirado una pedrada con un caramelo. Así que las he mandado a las dos a la mierda. A su casa. ¡No te jode! A ver, ¿de quién era la muñeca? De mi madre, ¿no? Pues entonces.
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Una pena. No tengo más tiempo hoy. Tenía unas notas sobre un asunto reciente y muy particular. Queda anunciado. En cuanto pueda hablaré sobre el suicidio. Un tema digno de Montaigne. No sé si podré con ello. En fin, quiero que estas notas lo aguanten todo.


11/10/18
Importa la cosa. Más que el caso. Los casos, por otra parte, más aterradores aún, contados de uno en uno: casi cuatro mil personas se suicidan al año en nuestro país. Diez al día, aproximadamente. No ver esto desde un punto de vista científico es lo realmente aterrador.
En ocasiones, las sociedades antiguas lo consideraban una cuestión de valor. El suicidio de un general romano era un acto honorable; o un síntoma de alto prestigio social en el filósofo griego. La cultura judeo-cristiana vino a subvertir dichas consideraciones. Para ser exactos, las volvió del revés: el suicida arrojaba con él un baldón de impiedad y deshonra. Esto no hemos sido capaces de revertirlo nosotros, a su vez, durante dos mil años. Ni siquiera soportamos una opinión firme sobre la eutanasia.
Sin embargo, el siglo XX lo repensó en sus albores (como tantos otros aspectos de la modernidad). No conozco un alegato favorable tan acerado como el del doctor Glas, en la obra homónima de Hjalmar Söderberg. Pero este era sueco. Una distancia insalvable con nosotros. Culturalmente, años luz. ¡Qué modernidad, por cierto, la de esta novela de 1905!
Aquí, entre nosotros, quien puso el dedo en la llaga fue Lorca, en su Bernarda Alba, de 1936. Federico entendió como nadie la sociedad vieja, por vía ejemplarizante de lo que no debe ser. A Bernarda no le importa la muerte de su hija. De hecho, ordena mirarla cara a cara. A Bernarda lo que preocupa es hacer creer que su hija ha muerto virgen. Es decir, su honra (la versión hispana y calderoniana del honor). Por eso pide, en los parlamentos finales, silencio. Silencio. ¡Silencio!
Lo increíble es que en la sociedad actual del XXI se encapote el sucidio con un velo de silencio. Cuando es un secreto a voces, se recurre al procedimiento más primitivo del hombre: no pronunciar una palabra de viva voz para que una realidad pase disimulada. Es el suicidio bisbiseado. Más corrosivo que el propio acto. Claro que esto solo ocurre en grupos sociales provincianos, paletos de estrechas orejeras. Y lo más insólito de todo es la conjunción de intereses o consenso entre el rebaño social y las instituciones, particularmente el periodismo. Solo un periodismo de boina capada, un periodismo chirle y pesebrero, puede declarar con estupidez antológica: yo no cubro suicidios. O sea, cuando la palabra cubrir y cobrar se maridan como peligrosos parónimos. Producir páginas y páginas de prensa sobre la muerte de alguien por suicidio sin escribir una sola vez la palabra “suicidio” es rizar el rizo de la ética periodística. O sea, el antiperiodismo. Tontos de baba que se creen periodistas. Código deontológico en ágrafos, ¿qué sentido tiene?
Es sabido, por lo demás, que la voz social de los de cejas juntas argüirá unas razones de orden superior: evitar el efecto llamada o no herir la sensibilidad del entorno. Detrás de las cuales, no existe más que la desnuda hipocresía. Y la incultura de los que no leen. Como pasó con Lorca, muerto a manos de esa barbarie. Un clásico: un libro en la mano en vez de una garrota. Porque no hay que confundir el amarillismo periodístico que se recrea en el morbo, en lo escabroso y escatológico, con la simple verdad de la noticia: muerto de cáncer, muerto de sida, muerto por suicidio. Y no es necesario un solo paso más allá. Este es el respeto y la delicadeza. El silencio siempre es un capote antiilustrado, un rancio tapabocas.
El suicidio es una patología psicológica que concluye por colapso. Y muchas otras veces queda en simple intentona. Prueba de que expresa una desesperada llamada de socorro. Y en una sociedad abierta y desarrollada, no admite otro tratamiento que el sanitario y propedéutico. Como una enfermedad más. Para eso hay que comenzar por reconocerlo. Llamándolo por su nombre. En el suicidio no hay deshonra ni desprestigio. Esto solo existe en la mente de los imbéciles. Etimológicamente. O idiotas, en su sentido antiguo y desusado.
El notario de Frómista dio en la clave de algunos males de nuestro atraso ancestral con otra paronimia afortunada. No lo recuerdo exactamente de memoria, pero era algo así como que en Castilla lo que mata no es el paludismo sino el palurdismo. Y de la austral argentina leo en estos momentos una novela tan descarnada como irónica, de raíz autobiográfica, sobre el suicidio de un banquero narrado por su hijo. Se lanzó al vacío desde un piso dieciséis. Se suicidó.

13/10/18
Los puentes deben aprovecharse para viajar. Que ilustra mucho, como decía el maestro Jardiel, pero menos que unas sesiones con señoras de varias nacionalidades. Eso me pasa a mí con los libros. Pues no hay mejor cambio de aires que leer, puesto que el único mundo que conozco respirable es el de la literatura. Este finde ha sido de teatro de sala. Una forma más de viaje.
Espectáculo maravilloso el titulado muy propiamente “Solitudes”, de un Kulunka Teatro. De máscaras y mimo, muy moderno. En ese sentido de la funcionalidad que tiene el teatro moderno. Chapó. De lo inmejorable no hay más que decir. Sino que se vea.
Ahora bien, otra cosa han sido Los Corsarios. Con casi medio siglo de existencia y casi medio centenar de repertorio, es difícil no reconocer un mérito superior. Lo tienen. Pero Corsario, con Traidor (de Zorrilla), marró. No siento tener que decirlo porque a mí nadie me paga. Lo que pienso, expreso. Hasta donde soy capaz.
Corsario, haciendo honor a su nombre, pirateó este Zorrilla. Un filibusterismo inaceptable con la que el autor tenía por su mejor obra. Ya desde el título se anunciaba una simplificación. Y, como el fatum romántico, se cumplió. O cansancio. O descuido. O desinterés. Tropezó en el primer paso. Quizá porque la obra no está bien leída. Simplemente. Y se malogró. Como si no pudiera evitarse la maldición final con que concluye o el temor con que la concibió su autor. Zorrilla nunca creyó capaz de representarla al actor para el que la escribió: Julián Romea. Porque había que representar y no presentar, decía Zorrilla. Porque la verdad del arte no es la verdad de la naturaleza. Una idea modernísima de un autor que ha saltado a la posteridad como alguien amortizado. Cuando no caduco. Las ideas preconcebidas me ponen la bilis efervescente.
No son solo los innumerables fallos de detalle. La primera escena de amor que se interpreta, por ejemplo, como si perteneciera a una comedia de enredo del Siglo de Oro. La unidad de trabajo (el director lo sabe de sobra) es la escena. Y esta, nada más empezar, se despista de su propósito. Esto no es el XVII, sino el último cuarto del XVI. Lo pone bien claro en las acotaciones iniciales. Es más que un detalle. Toda una escena confundida.
También se equivoca el actor (por lo demás, excelente), en el lance en el que finta con estilo de esgrima del XVIII. Una espada, ciertamente, que tenía que haber ocultado con mayor pericia para cobrar su sentido completo. O el juez vestido con un traje que parecía un viajero francés de principios del XX; un actor, por lo demás, muy pequeño de estatura para el carácter que le correspondía. ¿Y qué decir del desnudo gratuito? Más propio del destape de la segunda mitad del XX. Solo tuvo de regalo la hermosura de la actriz.
No. No fue solo el detalle. No se entendía el verso de una trama cuidadosamente compleja. Se escapaba incluso lo sustantivo de la anécdota del pastelero de Madrigal. No se comprendía del todo lo que sucedía. El texto se mantenía con un tono tan intenso y tan ladrado, que no daba respiro a progresar hasta alcanzar el clímax de cada acto. Se voceaban los actores como si estuvieran en un ambiente tabernario y adoptaban una gestualidad exagerada. Así que el paroxismo climático del remate no se percibió. Cayó el telón y el público se quedó perplejo y expectante. No aplaudió. No sabía que la obra había terminado. ¡En una obra romántica! ¡Todo un Síntoma!
Por fin, desaparecido el Romanticismo neto de la obra, desaparecieron también las figuras arquetípicas del autor y sus funciones: el padre como autoridad, la mujer como redentora y el canalla salvado. Con la particularidad de que Zorrilla logra aquí un desdoble de tipos, un juego de espejos, muy interesante. Tal vez por ello reclamaba con la obra en cuestión una merecida peana en la posteridad de los poetas dramáticos. Bueno. Que a mí no me convenció. En la creación artística no siempre se acierta. Ni siquiera los más grandes.

16/10/18
Teatro de sala. Por concluir la crítica. Brilló Zanguango, la verdad. Una función muy salada, de humor clásico, paródico. El actor principal, prodigioso; eso, lo dicho: en su salsa. Atrevido en la composición. Casi a punto de despistar a la señora que quiere reírse a carcajadas y no entiende muy bien de qué va la rollo. Porque no parece una comedia al uso. Hasta que se entra en faena. Y se aprecian verdaderos momentos hilarantes.
Y los de Titzina, desconocidos hasta ahora para mí, pusieron una función de nombre significativo: La zanja. Digno del primer realismo social de nuestra literatura del medio siglo anterior. Leyendo el folleto de mano me temí lo peor. Formados en la dramaturgia francesa… No es que conozca demasiado el tema, pero… ¡Lagarto! ¡Lagarto! Prepárate (me dije) para un peñazo de estilo Jean Paul y mayeros del 68… Hablo por impresiones, lo reconozco. Pero parte de la cuadrilla gabacha que he leído renuncia de la sana tradición jocosa en francés. Rabelesiana. Por hacerse los guais. Por esnobismo. Y suelen ponerse plúmbeos. Como esos intelectuales argentinos que quieren parecer franceses más que españoles. No sé si Borges, por cierto, se reiría alguna vez. Como Sartre. Los dos estaban aojados.
Titzina sorteó dignamente el reto. Creo. Un tema crudo, el de la explotación-colonización del Nuevo Mundo. Por ahí iba la cosa. Primero, una propuesta dramática avanzada de técnicas. Un poco confusa, quizás, de estructura. Además, ese contrapunto entre la historia reciente de la contaminación por mercurio y el discurso histórico de la conquista americana de Pizarro… No sé si quedaba bien. Con el apoyo de un texto que no llegué a oír claramente. Más narrativo que dramático. Mucha amalgama. Hablando de explotaciones mineras.
Pero si las cosas están bien hechas, enseguida se reencuentra uno en situación. Y pienso que esto lo lograron. Porque la técnica mantuvo el significado. La variedad dialogada me mantenía a la expectativa.
Lo que me causó más dudas tuvo que ver con la densidad de los contenidos. Otra amalgama, me pareció, de crítica social. ¡A ver! ¡A ver! O sea, ¿de qué estamos hablando? Me decía la cabeza. A ratos, percibía un mensaje con moralina. Maniqueo. En otros momentos era el Facundo de Sarmiento, lo que me recordaban. Tampoco supe si el texto citado era de Bernal Díaz del Castillo, la Historia verdadera… Eso me pareció escuchar. Aunque no me cuadraba. Era Pizarro, no Cortés. ¿O se invocaba al Padre Bartolomé de las Casas? Este desequilibrio de contenido y forma me remató. Aunque la función me dejara buen sabor de boca. No sé bien por qué.

18/10/18
Veo la foto en El Norte. La niña de la prima CM, a la que entregan un premio de excelencia por su brillantísimo bachillerato. ¡Cuánto me alegra! Con el tiempo, ¡nos distanciamos tanto de la familia! Y más desde que murió mi madre. Ya no llegan noticias frescas de Piña.
Hablo por teléfono con C. para felicitarla. Su padre recién operado de la espalda en el Clínico. Nada sabía. ¡Cuánta distancia! Se lo cuento a mi hermano. A la noche hablaremos más despacio. También su suegra. Ingresada. Fastidiada. Mayor. Enferma sin remedio de la tristeza de la vejez.
Y de pronto veo claro que estoy iniciando (ya está iniciado desde tiempo atrás) un lento peregrinar a Piña. Una procesión o un viacrucis. La cantidad de viajes que me restan por acudir allí acompañando a los muchos muertos que me quedan por despedir. Muertos que me importan mucho. Aunque ya haya enterrado a los más cercanos. Los más queridos. Los muchos viajes que haré por un territorio del alma para llorar por dentro a tanto pueblo mío. A tanta gente que me pertenece. Por sangre y por tierra y por sentimiento. Iré. Claro que iré.
Así que esta tarde se me ha terminado amustiando un poco. Pero no es un mal de otoño como creen algunos. No. Yo sé bien lo que es, de mis ojos para adentro. Heraldos negros. Eso es. Como los llamaba el poeta César Vallejo. Recuerdo enseguida que se cumplen cien años de ese libro. ¡Qué cincuenta páginas leídas cincuenta veces! Así que me he agachado a la estantería más baja, donde termina el alfabeto. Y he vuelto a leerlo de un tirón. Vallejo nunca cansa cuando es más él. Despojado de cáscara vanguardista. Sus poemas más hondos también irán conmigo siempre. Porque son aire de mi pensamiento. Vallejo es hondo. Abismal.
Desde siempre, en mí. Como atestigua la fecha con mi firma en su primera página. Diciembre del 82. Y luego, en el interior, un billete de talgo que hace de marcapáginas. Con otra fecha: octubre del 85. Lo cual quiere decir que lo tomé para viajar con él. De Torrelavega a Valladolid. Se lee bien claro todavía. Clase 2. Salida a las 15,35. Asiento SR. Me costó 1510 pesetas. Ahí lleva 33 años. Toda una vida cristológica. Cada vez que he leído a Vallejo, lo he considerado un poema más. Desprendido del conjunto. Pero adjunto. Como una hoja caída en el lecho de tierra. Al pie de su raíz. El poeta lo expresa mejor en sus versos: “Quién tira tanto el hilo; quién descuelga/ sin piedad nuestros nervios,/ cordeles ya gastados, a la tumba”.

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